Que el éxito te pille consagrado

  • Por Juan «El letrastero» desde su sección “Acuéstate y suda”

 

Érase una vez en un bar. En una charla de esas de “vamos a arreglar el mundo, pero de momento ponme otro licor café…”, que se tocó un tema que puede parecer banal, pero que siempre me ha llamado mucho la atención: estoy refiriéndome a la conquista del éxito. Eso a lo que tanto se aspira y se anhela en la sociedad actual. Bueno… y en la de otros tiempos. Aunque existen ejemplos que quiebran esa norma. Que la encaran. Que la regatean. E incluso, se permiten el lujo de hacerle un caño al estrellato con la pierna de apoyo. Gente que te hace ver que la consecución del éxito es como el disco de una radial, que lo mismo te sirve para cortar una barandilla excesiva, como para quedarte sin dedos, en el caso que no sepas manejarla con tino y precaución.

Triunfar, no siempre es sinónimo de felicidad. Que a nadie se le olvide el caso de Kurt Cobain. El que fuera alma mater de la banda de Seattle Nirvana, jamás asimiló ese viaje en palmitas al olimpo musical. Si además, se le suman adicciones, relaciones tortuosas, y una personalidad muy frágil, todo lo opuesto de la imagen que pudiera ofrecer en escena… pues apaga y vámonos. Y eso es lo que hizo Kurt cuando orientó el cañón de la escopeta hacia su barbilla. Previamente al funesto disparo, había escrito una nota dedicada a su amigo imaginario de la infancia, al que le puso el nombre de: Boddha. En ella dejó una frase para la eternidad: “Es mejor quemarse que desvanecerse”. Cita que empastó el canadiense Neil Young en la letra de su “Hey Hey My My”. Desgraciadamente, el club de los 27 ya tenía a otro miembro en sus filas.

Triunfar, no siempre es sinónimo de felicidad. Que a nadie se le olvide el caso de Kurt Cobain

En el caso contrario, tenemos por ejemplo a la banda de Hardcore Fugazi, pionera en llevar a la práctica la máxima del “Hazlo tú mismo”. A pesar del éxito que obtuvieron, nada baladí si repasamos sus cifras y actuaciones;  su filosofía no cambió. Cabe resaltar que no todo el mundo le diría un “NO” a 10 millones de dólares. Ellos lo hicieron. Rechazaron tan suculenta oferta. Y para dejar bien claro que llevaban a la máxima su filosofía independiente, se lo comunicaron de palabra al mismísimo presidente de Atlantic Records a la salida de un concierto.

En el campo de la literatura, es significativo el caso del escritor Jerome David Salinger, autor de la aclamada novela “El guardián entre el centeno”. Tras alcanzar el éxito a gran escala con su citado primer libro en 1951, se refugió en el anonimato que le ofrecía su retiro voluntario en  su casa del campo, dejando la faceta literaria aparcada de manera indefinida,  concretamente hasta su fallecimiento en 2010. En unas declaraciones en 1974 al New York Times, lo expresó de manera concisa: “Existe una paz maravillosa en no publicar”.

La lista de los que digieren bien el éxito y tocan con los pies en el suelo es extensa. Servidor mantiene la teoría, que no sé cuánto tendrá de cierta (viniendo de mí… puede que no je, je.), de que la mayoría de los autores, artistas, etcétera, a los cuales el hecho de ser aupados hasta la cumbre del éxito y la fama les importa un bledo y medio rábano, es porque tienen una personalidad muy definida. Además, también sostengo que han experimentado algún que otro fracaso. Y es ahí a lo que me refiero, a que únicamente fracasa el que lo intenta; el valiente, el inconsciente, el atrevido… pero a fin de cuentas, el que apuesta por algo. El que se queda aferrado al cojín del acomodo, no entiende de riesgo. Pero tampoco prueba ese genuino sabor que se queda en el fondo del plato hondo del triunfo. Estoy refiriéndome al momento preciso del aterrizaje. Justo  cuando miras de reojo a tu alrededor. Cuando los aplausos  se declaran en huelga. Cuando los parabienes salen a la carrera, sin ni tan siquiera dejar huellas. Pues es ahí mismo, cuando toca calcular la distancia y el tiempo que transcurrirá hasta tomar tierra. Así es como rescatarás a la picardía asumida a píe de adoquín, y te percatarás que todavía queda un chusco de pan al final de la mesa con el que rebañar. Y rebañar con felicidad es algo tan gratificante que no lo supera ni la haute cousine francesa. Palabra de rebañador.

Únicamente fracasa el que lo intenta; el valiente, el inconsciente, el atrevido… pero a fin de cuentas, el que apuesta por algo

En ocasiones, el éxito llega a destiempo, como en el caso de Sixto Rodríguez. Y a esto voy. Recomendaría a todo el mundo la historia de este músico-poeta-cantante estadounidense, aunque de origen mexicano. Hace años me cautivó su historia, gracias a un documental: “Searching for a sugar man”. Recomendable al 100%. Hasta ese momento, la figura de este hombre era desconocida para la gran mayoría del mundo. En esta película real, se cuenta como Rodríguez podría haber estado en el mismo escalón del pódium que Bob Dylan. Pero tras editar un par de discos, de los cuales se vendieron no más de media docena, fue puesto de patitas en la calle por la compañía discográfica debido a tal fracaso. Motivo por el cual, volvió a desempeñar trabajos duros y precarios en Detroit, sacando adelante a su familia. Sin embargo, este hombre había abrazado el éxito sin saberlo, por una casualidad, ya que sus canciones gozaban de gran popularidad en la Sudáfrica sacudida por el Apartheid. Curioso ¿no? Mientras Rodríguez se partía el lomo trabajando en derribos y construcciones, en Ciudad del Cabo sonaban sus temas en copias piratas (alguno sacó tajada). Se difundieron a modo de protesta, sirviendo de banda sonora a la lucha por una sociedad libre. No voy a contar el desenlace de la historia. Es más, la primera vez que visioné el documental, no me podía creer que el éxito hubiese sido tan injusto con él, y paradójicamente, que el propio Sixto manifestara sin ningún tipo de rencor: que alguien se había hecho rico, mientras él llegaba a su humilde casa con el cuerpo roto después de la jornada laboral. Ni el mejor guionista, podría haber creado esta obra.

Mientras Rodríguez se partía el lomo trabajando en derribos y construcciones, en Ciudad del Cabo sonaban sus temas en copias piratas (alguno sacó tajada)

Por eso hay que saber estar, y “exitar”. Y a los que las mieles del éxito les coja en el día de las mandíbulas abiertas… que tengan bien presente: que del cielo cae lluvia, nieve… y puede que granizo… con flúor y efecto blanqueador, sí, pero bien compacto. Y que los angelitos negros de Machín, también descienden veloces cuando ven a tanto pisco suelto que se autodenomina artista.

Se sirven collejas al vuelo. ¡Cuidado!

  • Por Juan «El letrastero»