DrusilaLa fascinación que desde niños se tiene por la realeza en Argentina a los españoles les cuesta comprender.

La explicación es sencilla, para el argentino medio un rey, príncipe o duque es algo exótico, raro, tanto como para un español puede parecerle un cóndor o una vicuña.Estas tierras carecen de aristócratas, de títulos nobiliarios, de tiaras o coronas, se ven sólo en películas, se leen en cuentos, o se buscan en sueños.

Argentina, país, no tiene historia conocida que supere los trescientos años, poco tiempo para crear familias con rancios linajes, salvo los indígenas, claro esta, extintos.Argentina fue creada por europeos, y poco le interesa un príncipe quechua, el éxtasis va para el lado de la nobleza europea.

Pero, esta fértil y hermosa tierra tiene gran cantidad de sapos, la joven e inexperta democracia los beso, y los convirtió en politocratas. Cambiaron el color de su sangre, los políticos hoy ostentan sangre azul.

Lejanos, arrogantes, soberbios, viven en sus palacios, rodeados cada uno de su séquito personal de cortesanos, aduladores, servidores y guardias.Absolutamente alejados de la plebe, flotan narcóticamente en sus mundos empolvados dorados de confort y glamour.

Cada tanto, nobleza obliga, deben disfrazarse de gentuza común, treparse a una tarima, y croar con entusiasmo revolucionario discursos tan demagógicos como la proximidad de elecciones requiera, luego, con elegancia palaciega, se esfuman.

Cuando las elecciones están al llegar, vemos que los politocratas dan graciosamente la mano a algún obrero cuidadosamente seleccionado, o inventado, besar a los niños, prometer justicia social, prometer salud, prometer educación, prometer.

Hasta parecen estar informados de las carencias y miserias del populacho, los discursos escritos por buenas agencias de marketing e imagen.

Y más informados están sobre los derechos de la aristocracia, ya que sus descendientes heredan títulos, prerrogativas, grandes puestos y feudos.

Quizá por eso al pueblo le atraiga más la nobleza, un recuerdo de cuentos de las abuelas, y clama por una princesa auténtica que se atreva a besar a nuestros políticos, a un príncipe auténtico que tenga el coraje de besar a nuestra reina y los devuelva a su condición natural de sapos.