Me miro en el espejo. Lo parto, hoygan. Hoy salgo y lo parto. He aquí una pava que se ha estado currando todo el año en el gimnasio para partirlo hoy. Mallas negras, top a juego, chaqueta gris, maquillaje perfecto, y el pelo – por una vez en mi vida – extremadamente bien peinado. Zapatillas blancas. Ella, divina para bajar a atiborrarse de tapas.

Cojo las llaves y la bolsa del Mercadona que me ha dicho mi madre que le baje a la del bar de debajo de casa. Bajo. Mi hermana, que está esperándome en el portal, me mira. Abro la puerta. ‘¿Dónde vas? ¿Qué eres, la Kylie Jenner del pueblo?’, me espeta mi hermana con la única intención que puede manejar una hermana en una situación así: reírse de mí.

Podría haber reaccionado de muchas maneras: podría haber pasado de ella; podría haberle cerrado la puerta en la cara; podría haber llorado y haberle suplicado clemencia, un indulto bien merecido (después de todo ya hace 15 años que dimos por finalizado el trágico episodio del descabezamiento de las Bratz. Ya va siendo hora de que me perdone – o no, ¿quién podía preferir esos aliens cabezones a las Barbies? De verdad, no lo supero). Podría haber sucumbido a una pataleta infantil, haberme ofendido. Pero, ¿sabéis qué? Que me descojoné (perdón por la palabrota, pero es que ‘partirme de risa’ me resulta más infantil que la pataleta y la palabra ‘palabrota’).

Y me descojoné con ganas. ¿Por qué? Porque era verdad. Porque era gracioso el hecho de que mi aversión a las Kardashians (y demás) estuviera en horas bajas y decidiera vestirme como una de ellas después de ver sus Snapchats. Porque era para reírse el hecho de que me hubiese maqueado tanto y hubiese terminado como una señora que se ha puesto lo primero que ha pillado para bajar corriendo al Mercadona a última hora porque se le ha olvidado el pan.

Depresión. La depresión nos vuelve irritables y nos hace ver las cosas de un modo diferente. Nos vuelve ‘Don Quijotes’, nos hace ver que los molinos son los enemigos a batir, cuando no lo son ni por asomo. Nos pone unas gafas que hacen que se distorsione absolutamente todo y nos pone en el peor extremo de las cosas. Nos obliga a responder exageradamente a ciertas situaciones.

No me da miedo decir que somos una sociedad deprimida – menos todavía después de ver lo que ha pasado con Rober Bodegas. Independientemente del contenido del monólogo en cuestión, ¿qué nos ha pasado? Recuerdo que, cuando era pequeña, se hacían chistes con todo, todo y todo (esto es también de cuando era pequeña). Poca gente se ofendía. Sin embargo, hoy no podemos hablar de bizcos, de cojos o gordos (bizcas, cojas y gordas, para que haya igualdad), a no ser que queramos ser el vertedero de la frustración de toda esa gente que no tiene más que hacer en su vida que denunciar cosas en Twitter.

Puede que patine con lo que voy a decir aquí (y quien me conoce sabe que yo lo de patinar, regular, que nunca pasé de los FisherPrice), pero lo voy a decir igual: nos estamos convirtiendo en seres asépticos y estúpidos. Llegará un punto, si esto sigue así, en el que nos tendremos que conformar con ver vídeos de gatitos monos, caídas, y cámaras ocultas francesas (si habéis viajado en avión, sabéis de qué estoy hablando y ES EL HORROR. SI QUIERES ATERRORIZARME DIME QUE TIENES HORA Y MEDIA DE ESO, SIN PAUSAS Y QUE NO ME PUEDO DORMIR).

Aquí todos dejándonos reventar por las circunstancias vitales que se nos imponen por gente a la que le importa un carajo lo que nos pase mientras tengan el saco lleno, pero vayamos a por la gente que intenta hacernos la existencia más liviana, a por los que nos hacen reír. Opositemos a la policía del humor, que es lo que se lleva ahora. No cobras en dinero, pero sí en superioridad moral ante el resto de mortales. Si amenazas de muerte y haces que se disculpe un cómico públicamente, te dan una plaquita que pone EL FUCKER DE LA ÉTICA HUMORÍSTICA.

 

Personalmente, creo que las personas que no aceptan que lo que ocurre encima del escenario no se corresponde con la realidad de manera objetiva tienen un problema grande, sobre todo cuando toca comedia. Es fácil identificarse con el drama, pero a veces es duro verse reflejado en la comedia y reírse de ello. Una persona deprimida fácilmente puede identificarse como víctima, pero rara vez se reirá de sus problemas.

Lo malo es que ahí está el poder, la vida.

Saber reírse de uno mismo es sinónimo de felicidad.

Ser la poli del humor es la muerte.

No queráis la muerte.

Si la queréis y no conseguís la plaza, robadle una Bratz a mi hermana.

Ahí no hay fallo.  

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa