• ‘En la vida de toda persona, cuando se acerca al periodo de los 27 – 29 años, las estrellas y los planetas se alinean exactamente de la misma manera en la que estaban cuando esa persona nació. Las personas se enfrentan a sí mismas. No hay escapatoria’ .

 

Eso no lo he dicho yo. Lo ha dicho Lykke Li, una cantante sueca (la de ‘I follow rivers’, esa canción que todos hemos escuchado e incluso bailado y nunca sabemos cómo se llama. Aunque diga veinte veces el título en la canción). Leí la frase una noche fría, oscura y solitaria en la que compartía cama con Instagram. Pasé. Lo recuerdo perfectamente: ‘chacha, tómate otra que estás muy serena’. Seguí viendo fotos así sin más. ‘Hay siete terminaciones nerviosas en el cuerpo humano y tú has conseguido alterar todas y cada una de ellas’. Eso. Eso suena más a mí. Esa frase me entiende.

Pasaron los años y cumplí 27. Sumida en el ‘final countdown’ de mi veintena, un día me encontré redescubriendo valores, sueños e ideas, momentos que siempre habían sido míos y que había ido perdiendo con la cosa esta de convertirme en una adulta.

Después de haberme pasado diez minutos a carcajada limpia tras haber escrito la palabra ‘adulta’, vuelvo al artículo. Que conste también en acta que, llegada una edad, la crema de cacao comida a cucharadas no termina de sentar bien.

Retomo tema, que me voy por las ramas como los monos. No os gustan los monos? Son tan monos, tan…ya paro y retomo de verdad. Que digo yo, y si es verdad lo de la sueca esta? Y si pasa lo de que se alinean los planetas? A mí, como dije al principio, no me hizo tilín la reflexión astrológica de esta mujer (yo, personalmente, soy fan de Esperanza Gracia y de nadie más). Pero copón, que se están empezando a ordenar las cosas, se están empezando a resolver y estoy empezando a tomar decisiones. Carallo, brujería pura.

Lo único que no se está ordenando, por desgracia, es mi habitación. Hay cosas que no cambian ni aunque se alineen los planetas. El armario seguirá siendo un almacén de ropa con ‘porsis’: ‘por si tengo una reunión’, ‘por si tengo una boda’, ‘por si me echo un novio al que le incomode un poco eso de que me vista como un vagabundo’ (‘Por si’ debería ser sinónimo de ‘vintage’); la cesta de la ropa sucia, deseosa de que un día la saques a pasear por el pasillo y os toméis algo en el cuarto de la lavadora; y por último, y no por ello menos importante, LA SILLA/CÓMODA (no la silla cómoda, reparen en la barrita del medio, por favor). La silla, ese lugar de transición entre el armario y la lavadora donde se levanta el accidente geográfico más importante del hogar: el monte de los ‘sigueahí’ (cualquier parecido con el monte de los Sinaí es pura coincidencia): ‘sigue ahí’ sin oler, ‘sigue ahí’ planchado ya (‘por si’. Esa prenda acaba de comenzar su viaje textil).

Y hablo de ropa porque no alcanzo a ver el resto de objetos que componen mi estancia: cuenta la leyenda que mi cómoda tenía un espejo y, si te mirabas en él a primera hora de la mañana y decías ‘Beetlejuice’ – Bitelchús, para los normales – tres veces, el sujeto aparecía y se desmayaba del mismo susto que le daba verte de buena mañana.

Cuando pueda volver a darle el susto a Bitelchús, querida Lykke Li, cuando eso ocurra, cuando mi cuarto esté bien organizado y se mantenga durante más de dos horas seguidas, sólo entonces empezaré a creer en lo de la alineación de los planetas. Mientras tanto, seguiré siendo la que irrita las terminaciones nerviosas desde la cama, a través del móvil y comiendo nocilla a cucharadas.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa