‘Madrí. Madrid. Madriz’. Así evoluciona mi acento durante el trayecto del AVE Málaga – Madrid (que pillase acento madrileño en el trayecto Málaga – Zaragoza sería muy top. Raro, pero muy top). Algún día intentaré averiguar el porqué de mi acento aleatoriamente camaleónico. De momento, me conformo con sobrevivir a este fin de semana: Madrid es demasiado grande para pasearlo y mis gemelos lo notan – menos mal que hablo de mis músculos y no de dos criaturitas independientes con la increíble capacidad de lanzar quejas varias veces por paso.

Plaza de Cascorro (Lavapiés, Madrid)

 

Gemelos. Niños. No quiero ni pensar. Es que, desde hace un tiempo, estoy en esa época preciosa en la que todo mi Facebook se basa en publicaciones de compromisos, bodas, niños de amigos que acaban de nacer (o peor: QUE CUMPLEN AÑOS), y anuncios de pruebas de embarazo (pero de esas que son tan avanzadas que el niño te manda un Whatsapp diciendo que está ahí, aunque lleves una semana de embarazo). Oye, es que una no es de piedra. Que yo nunca he querido niños, ni casarme, ni nada, pero macho, ya llega. Aquí estáis todos poniéndoos super serios con esto de la vida y yo todavía considero un triunfo eso de comer pimiento en la ensalada y cebolla en la pizza (porque la piña, jamás. JAMÁS).

Voy a despejarme al Primark de Gran Vía, como buena catetilla de mundo que soy. Atiendan, porque es la primera vez en mi vida que me ha dado ansiedad en una tienda – escaleras mecánicas más concurridas que las del metro, ni un hueco para andar (no hablemos de eso de llevar la cesta, porque ni Tom Cruise en Misión Imposible), colas en todos los probadores, peleas por llaveros, destrucción, sufrimiento, CAOS. Socorrito de mi vida. Salgo y me doy cuenta de que no habría sobrevivido el momento de ir a comprar la tacita de Chip. Comparto con mi madre mi crisis existencial – ‘Pero, si yo podía con esto y con más, ¿qué me pasa para que yo salga con sudores, respiración agitada y sin ropa?’ Silencio incómodo. Me doy cuenta de que no he terminado de explicar bien el contexto. Lo hago, y ahora es mi madre la que respira. Ríe. ‘Es que te haces mayor’. EH. Que no. Yo soy como Joey, el de Friends: tengo un pacto con Dios y seré la única persona del mundo que jamás llegará a los 30. Como Peter Pan. Como un huevo de codorniz con patas y cabeza (no tiene sentido, pero me ha hecho gracia y es mi texto, así que ahí se queda).

Cuelgo el teléfono. La verdad es que, en secreto, muy para adentro, hace un tiempo que me lo planteo. Lo de crecer y madurar y esas cosas. Será una soplapollez y cosa del cansancio, pero todo esto del Primark me ha tocado la bola del pecho, esa que llevo trabajando mucho y que voy sacando poco a poco. Voy a comprarme una libreta y un boli. Tengo que escribir.

He quedado con unos amigos en Lavapiés, pero de camino me cuelo en Microteatro, por eso de poder decir que he hecho cosas culturales y eso. Llego a Lavapiés. Mis amigos se retrasan. Libreta y boli. Eso toca ahora. Me siento en el bar y empiezo a soltar peso en el papel. ‘Esta va a ser la primera vez que termine de escribir algo en la gran ciudad’, pienso mientras le doy un sorbo a mi zumo de tomate. ‘Mentira’, contesta el universo a través de tres chicos (muy apañadetes, todo hay que decirlo) que deciden venir a hablar conmigo después de observarme durante un rato. Todo va bien hasta que el ‘tirillas espabilao’ me quita la libreta y pretende leerla. En todos los grupos hay un tonto, y este era el de ese grupo. Tras tener que arrebatarle el documento de sus manos, les digo que ‘hastaluegui’, que ya nos vemos, que si eso ya, yo ya…vaya, que adiós.

Mis amigos siguen sin llegar y no me importa. Sigo escribiendo:

‘Quizás ha llegado el momento. Tarde, pero ¿a quién le importa? Cada uno tenemos nuestro ritmo, nuestras pulsaciones, nuestro caminar. Quizás eso es lo bonito de la vida: entender que todos somos diferentes – los unos de los otros y nosotros de nosotros mismos, de lo que éramos a lo que somos. Bendito el momento en el que se derrumba el fuerte de la adolescencia adulta y nos quedamos sin nada para empezar de cero, para empezar a construirnos de verdad. Cuando empezamos a respirar de verdad, a entender que todo tiene su tiempo y su lugar. Cuando logramos distinguir lo verdadero de lo de cartón piedra. Cuando aprendemos a escuchar las percepciones ajenas y a quedarnos con lo que de verdad necesitamos. Cuando nos damos cuenta de que querer y ayudar vale más que criticar y triunfar. Cuando valoramos más la ‘paz’ que los conflictos estúpidos. Cuando aceptamos que somos un saco de conflictos internos (y que eso es lo que nos hace crecer). Cuando aprendemos a recuperar la mejor versión de nosotros mismos y a aceptar todos nuestros defectos. Supongo que cuando nos queremos como un todo y nos cuidamos es cuando estamos listos para salir ahí fuera. Cuando nos damos cuenta de que sólo nosotros (y nadie más) podemos ser nosotros mismos. Ese es el momento en el que comienza la transición de kiwi verde a kiwi maduro’.

Llegan mis amigos.

Les cuento que me voy a tatuar una frase en el brazo.

‘¿Qué frase?’, preguntan.

‘Yo soy yo’, respondo.

Mis amigos me miran con cara rara.

‘Palabra de Kiwi’, añado.

Error.

 

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa