Seguramente no sea la primera vez que empiece un texto así, pero llevo una tarde y media para escribir algo y lo único que he conseguido es comerme sola una bolsa entera de SchokoBons. No sé por qué me sorprendo si esta mañana he ido al Ikea, he comprado lo justo y he podido montar bien los muebles. El cupo de suerte hoy está lleno, la inspiración por aquí no pasa ni pa’ Dios (amén).

Mi hermana acaba de entrar en el salón. Le pregunto que de qué puedo hablar. ‘De kiwis’, me responde ella. Por dentro, se está acordando de todos mis familiares (los cuales son los mismos que los suyos) porque ayer le compré tres piezas de dicha fruta en la frutería (‘¡hombre, no los vas a comprar en la farmacia!’. Este ‘chiste’ lo patrocina mi yo de 5 años’. Ya apuntaba maneras desde pequeña, sí señor) y yo hubiera jurado que estaban duros, pero al parecer no lo están. Ella se va de fin de semana. A mi no me gustan los kiwis. Se tiene que comer los tres kiwis para no tirarlos. Me río de Coronado y los yogures. Mi hermana, más todavía. Los que van en su mismo autobús seguramente no se rían tanto.

 

Kiwis. Pájaros. Frutas. Kiwis. Duros. Blandos. Kiwis. Sabrosos. Estéticos. Kiwis. Zespri Green. Zespri Gold. Kiwis. Es una fruta elitista, una fruta que puede permitirse el lujo de anunciarse en prime time en televisión. Es sabia, cultivada en China (con toda esa carga de valores ancestrales que tiene de serie todo chino que se precie) y recogida a mano, de manera delicada, poco a poco. Es una fruta muy especial. Sin embargo, te la encuentras en la frutería entre las manzanas de euro el kilo y las naranjas de mesa.

Cambiando de tema, he empezado a leerme un libro muy chulo sobre la creatividad. Llevo cuatro páginas. Sé que es chulo porque tengo ganas de leerme hoy otras cuatro (atrás quedaron las noches aquellas en las que devoraba ‘Fray Perico y su borrico’. Ahora voy poco a poco – la única publicación que me leo de un tirón es la Cuore. Y. Así, sin nada más: y). No me preguntéis más. La cuestión es que abría la introducción (capitulazo, por cierto) con el siguiente concepto: la vida es especial y el hecho de que estés aquí leyendo este libro porque has nacido te hace especial.

Atiende: que me han dicho que soy especial y no ha sido mi madre o un tío a las cinco de la mañana en un pub. Me lo ha dicho un señor que no me conoce de nada. Soy especial porque el espermatozoide de mi padre se juntó con el óvulo de mi madre y esa mezcla resultó en la combinación genética que dio lugar a esta bomba de relojería que es servidora. Soy capaz de ver y sentir cosas y distinguirlas. Quizás me haya dicho que soy especial porque he podido pagar quince euros de libro (y pagarle a él un café con mi compra). No me gusta esta última idea – soy especial. Soy guay. Soy chachi. Soy un milagro divino. Genético. Justo lo contrario de lo que pensaba mi madre cuando la liaba porque no quería las lentejas.

Al enterarme anoche de mi estatus, he bajado esta mañana a la calle con la cabeza bien alta. La mirada, obviamente, acompañaba. Ni que decir tiene que los hombros de los demás me quedaban bajos. Lo especial suele tener una cualidad que lo hace inaccesible, deseado, imperturbable. Y yo era eso. Toma ya, Antonia. Qué alegría, qué potencia, qué hype vital. Lo que no sabía es que, a consecuencia de sus propias cualidades, lo especial se endurecía, se volvía menos maleable, rígido, frío. Arisco. Difícil de tratar. Lo ‘especialito’ se convertía en una víctima de sí mismo y ahuyentaba a los ‘no especiales’.

Lo especial se volvía duro y amargo. Justo como un kiwi inmaduro. ¿Será que las personas somos como los kiwis? El señor del libro tiene razón: todos somos especiales porque nacemos, pero una vez en el mundo, somos bien iguales. Esta última frase que he escrito es el proceso vital del kiwi: los especiales son los inmaduros, los que todavía no se han desarrollado, los que no han caído del árbol y no quieren ver que les queda mucho por delante; los normales, los maduros, los que han sido recogidos y ya son lo suficientemente chinos (filosóficamente hablando) como para admirar la vida tal y como es y disfrutar de ella.

Todos somos kiwis. Pero ya os lo digo, que lo he visto: más merece la pena ser un kiwi maduro que ser uno verde. Más sabroso todo. Más dulce. Más bonito. Todo es más ‘disfrutón’. Ser un kiwi maduro sí que mola.

Los kiwis maduros son bien.

Excepto para mi hermana.

Para mi hermana, hoy, no.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa