2002. Mientras pintaba una casa cubierta de nieve en un cuadro al óleo, una compañera de clase de pintura me pregunta que cuando me voy a casar. ‘Yo? Nunca’, respondí con total seguridad. Mi profe se acercó a mi y me dijo: ‘No se puede decir de esta agua no beberé’. ‘Lo que tú digas, profe guapo’ (porque mi profe de óleo era guapérrimo), pensé yo. ‘Y en cuanto piensas que no lo vas a hacer jamás, lo haces’, prosiguió mi profe. No, no me casé con doce años. Y menos con mi profe de óleo (Hola, David). Echando la vista atrás me doy cuenta de que me enseñó, sin quererlo, algo muy importante: que la vida está hecha de paradojas.

 

Las paradojas son algo así como el tonto de turno que te da con el dedito en un hombro y se va corriendo para el lado contrario para que no lo veas y darte el susto (y tú, por no hacer el feo, te haces el despistado y le dices algo así como ‘Oh! Dónde estabas?’). Te hacen ver que las cosas no son planas, lisas, unidireccionales, si no que tienen volumen, raíces, varias dimensiones. Por ejemplo, seguramente el tonto de turno que hace lo del dedito sea capaz de resolver una ecuación de segundo grado en la cabeza en menos de un minuto mientras tú necesitas lápiz, papel, calculadora y el libro de matemáticas de la ESO. Y los apuntes. El tonto es más listo que tú. BAM. Paradoja ninja.

La última gran paradoja que he tenido el placer de experimentar en mi vida ha tenido que ver con el ego. Siempre me ha dado mucho miedo eso del ego. Es como una cucaracha capaz de prender cohetes – no lo necesito en mi vida. Siempre he estado muy preocupada por ello – cómo controlarlo, domarlo y evadirlo (porque el ego es como un contrato de telefonía, no puedes darlo de baja, tienes que aprender a vivir con él). Cómo impedir que afectara a los demás, cómo ser más humilde. Cómo, cómo, cómo. Una obsesión que, sin acento, me habría llevado a protagonizar un episodio de ‘Mi vida con 500kg’.

Y un día, decides dejarte llevar. Que le den al mundo, yo no tengo un ego desmesurado para ser lo que soy. No tengo que preocuparme por eso. Yo soy normal. Yo soy una persona que no haría lo que hace esa otra persona. Yo soy moralmente mejor que esa persona porque pienso así. Yo no me rebajo a ese nivel, perdona. Yo sé que es mala persona, aunque no la conozco. Yo tengo talento, porque no presumo. Yo sé. Yo conozco. Yo puedo. Yo hago. Yo más. Siempre más. Yo soy capaz. Yo soy.

Y tú no eres nada más que otra víctima. BAM. Paradoja ninja – años preocupándote de no ser como no quieres ser y de repente te das cuenta de que te has convertido justo en eso. En un saco de expectativas autoimpuestas y adquiridas que no tienen sentido alguno; de objetivos desorbitados; de circunstancias irreales; de juicios injustificados y estúpidos que no valen para absolutamente nada; de infelicidad, básicamente, porque no se puede ser feliz siendo lo que uno no es.

Te quitas las gafas de realidad virtual (el ego no es más que eso) y te miras al espejo: no sé por qué digo que soy esto, si no lo soy. No sé por qué me siento superior a ti, si no lo soy. No sé por qué hablo mal de ti, si no me he dado la oportunidad de conocerte. No sé por qué te digo que eres mala persona, si no lo sé. No sé por qué siempre me pongo por encima, si no lo estoy. No sé por qué te digo que soy esa, si esa no soy yo.

Te quitas también las esposas de los pies y el saco de la espalda y oye, como que vas más ligera. Como que los miedos se disipan y el horizonte se amplía. Los oídos se te destaponan y los ojos se te abren. La memoria se te despierta y te habla: ‘Quítate los guantes y enfángate viva, que te encanta’, ‘eh, que no pasa nada si te comes las migas con pan. Nos reímos y punto’, ‘oye chata, que tengo aquí una caja que tiene escrita la palabra empatía. La abro o qué pasa?’.

Cuanto más ego tienes, menos te conoces y menos te respetas a ti mismo. Cuanto más necesitas para sentirte especial, menos especial eres. Cuanta más admiración y halagos necesitas, menos te quieres. Cuanto más Kim Kardashian quieres aparentar ser, más Leticia Sabater eres.
BAM. Paradojas ninja.

(David, si has leído esto, manda una señal de amor. Venga, hasta luego).

 
 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa