Hay un gato durmiendo en una silla, al sol. Estoy en la playa tomando algo con gente, pero el gato es lo único que me llama la atención: está enroscadito, mucho (para que lo veáis igual que yo, os diré que es como esos gatos de mentira que venden pegados a una cama de gato en las tiendas de decoración). Tranquilo, se le sube el lomo y se le baja cuando respira. Nada le perturba. Y yo estoy igual, hasta que reparo en que tres señores (echémosles unos 55 a cada uno – y si me paso, me da igual) no dejan de mirarme. Aquí una que está en un chiringuito, pies en la arena, pareo en la cintura, parte de arriba del bikini puesta. Una señora que está con ellos, al reparar en lo que estaba ocurriendo, le llama la atención a uno de los susodichos. Él contesta: ‘Pero si es que las mujeres que van así van provocando, ¿qué le hago yo? Es lo que hay’.

‘Es lo que hay’. No hay cuatro palabras que me den más coraje en la vida (y no hablo de valentía, hablo de aversión). Dejemos a un lado el aspecto feminista de la cuestión (me va a sentar mal la manzanilla y no quiero. Aparte, bastante tienen estos señores ya, que dicen que una tablilla de planchar en bikini va provocando en la playa – hábitat natural para bikinis, trikinis, bañadores, trajes de baño de cuerpo entero, cuerpos sin más o, si estáis en el Atlántico, sudaderas y pantalones largos. Estos señores ya tienen bastante con su tontería como para que les venga yo a poner verdes. Que se pongan ellos al día).

Después de este paréntesis eterno, recupero la línea principal: ‘Es lo que hay’ = Coraje. No me gusta. ‘Es lo que hay’ para mí implica lo mismo que el pollo a punto de caducar ahogado en limón que te ponen en algunos restaurantes: o te conformas y te lo comes (con patatas con sabor a pescado seguramente) o hambre si te quedas (si no, cambia de sitio).

La conversación en mi mesa gira ahora entorno al ego de los profesionales de diferentes campos. Obviamente, me tenía que salpicar. Tras intentar explicar que no todos los actores vemos la interpretación de la misma manera, llegó el debate sobre la función del arte y con él, aparece la asunción (no la vecina, ‘asunción’ del verbo ‘asumir’) de que el arte tiene que vender para ser válido. Tiene que dar dinero, su función principal es entretener y sacar beneficio, todo lo que se oponga está basado en una idea de arte muy europea, muy del ‘artista solitario que piensa que es mejor que los demás porque sufre mucho’. Y, ¿sabéis qué? Que es así y ES LO QUE HAY.

He gritado en mayúsculas y soy consciente. Pido perdón. Aparentemente, es totalmente justificable que cualquier persona que salga de un reality o que tenga X número de seguidores en sus redes sociales tenga más facilidad para acceder a un trabajo en interpretación que los que nos dedicamos (en la medida de lo posible) a ello. También se ve que indignarse un poquito porque eso ocurra es sacar el pie del tiesto.

A ver, desde luego que tienen algo de razón: al fin y al cabo, el trabajo no va a venir a buscarte a casa. Hay que hacer cosas. Leí el otro día que un actor (artista en general, por no ser muy exclusivitos de la vida) es una empresa y tiene que venderse como tal. OK, de acuerdo. Pero es que ya no tenemos sólo que ir a castings y vendernos como artistas ante la industria (porque seamos realistas, si queremos comer, aparte del público, es de lo que dependemos), si no que tenemos que hacerlo como publicistas también.

Tenemos que tener un público al que vender lo que hacemos. Tiene narices, ni que fuéramos un Corte Inglés aquí convenciendo a Carolina Herrera de que va a vender mucho en nuestro establecimiento. Que somos personas (raritas, muchas veces. Casi todas las veces) que nos dedicamos a comunicar a nuestra manera (rarita, muchas veces. Casi todas las veces). Que ya tenemos bastante con la función que tenemos que desempeñar (que no nos desangramos al hacerlo, pero tampoco es un paseo por el parque si se quiere hacer bien).

Y aparte de esto, tenemos que aguantar el intrusismo. Mira, que una entiende que la vida lleva a la gente por caminos insospechados, que el que ha vendido fruta toda su vida puede interpretarte un Shakespeare impoluto (la fruta es un terreno trágico, si no que se lo digan a los plátanos del Mercadona, que no duran amarillos ni cinco minutos después de sacarlos del super). Lo sé, todo es maleable y volátil. Todos tenemos muchas capacidades. Pero de ahí a tener que ver como gente que sale de un reality consigue papeles sólo por haber salido en la tele, hay un trecho. Y, eh, que ya son actores. Ya pueden ponerlo en el currículum.

 

‘Nena, pero es que muévete más. De verdad, las cosas están así. Es lo que hay’.

Miro al gato.

Ay, gato: qué suerte tienes de ser un gato.

 

Por Alba Novoa 

http://albanovoaf.wix.com/albanovoaf

Alba Novoa