• Por Juan “El letrastero” desde su sección “Acuéstate y suda”

Fotografía propia. Autoría Juan “El letrastero”

 

Cuando el que se queja, lo hace de forma reiterativa y reincide en dicha acción, se le suele calificar de quejica, así de simple. De la misma manera, que a todo aquel que no cesa en su afán por hacer o decir tonterías, también se le atribuye otra calificación: la de tonto.

Y tontos hay muchos, y de muchas categorías. Yo mismo me autodenomino un tonto convencido. Ya sea por animar mi crepitar ardiente de esa ingenuidad infantil a la que no pienso renunciar jamás, o a tal vez, por el hecho de que me quede voluntariamente rezagado; aflojando la marcha y distanciándome del pelotón de cabeza, o sea, de aquellos que se pasan de listos, cuando lo que realmente hacen es abrir la caja de pandora de la estupidez. Son los especialistas en airear el vuelo de la hojarasca, que planea a la altura de nuestras rodillas, y que por el arte de su impune quejumbre, nos expone al píe del resbalón más vil.

Entendería cualquier queja, sí. Incluso que lo hagan los escaramujos por ser denominados como “tapaculos”. Pero puede, que hasta ellos tengan más vergüenza “tontera” que cualquier cuadrilla armada con paraguas. Grupos danzando a sus anchas por las calles reclamando libertad. Sí… para lo que ha quedado la libertad eh. Para que la paseen de boca en boca y con olor a naftalina por los barrios con las rentas medias más altas. Estoy convencido que en cuanto sepan el valor que tiene la libertad, la subirán a hombros, para recalificar todo lo que un día pisó. Y luego, seguramente la inviertan y la multipliquen a su favor. Así nos quedaremos igual que ella, de piedra; que es de la forma que me he quedado al verles en los medios de comunicación.

“Aquellos que juraban a cada frase por un tal Snoopy, con una dicción muy de polvorón de Estepa en el paladar”

Puede que los “Cayetanos” de hoy en día,  sean sin duda el producto resultante de aquellos “Borja Maris”. Puede que los segundos fuesen el prototipo inofensivo de los primeros. Ese conjunto de… rostros tersos, que no pasaban de un par de pegatinas de estaciones de esquí pirenaicas en sus deportivos descapotables. Aquellos que juraban a cada frase por un tal Snoopy, con una dicción muy de polvorón de Estepa en el paladar. Los que se dirigían al resto de mortales, con un tono de voz lo suficientemente alto como para llegar a ser hasta molesto. Supongo que relacionarían el hecho de ser humilde y pobre, con el de la sordera. No sé… puede.

El caso es que el “Cayetanus común” viene a ser un “Borja Mari 2.0”, que consume tanta libertad y justicia como reclama. Al mismo tiempo que sin despeinarse (il gomina patris),  se erige en un Robin Hood a la inversa. Flipa Flip, ahora que Maya no te ve.

“Un jevi que se precie, no vive en una urbanización de lujo, y mucho menos llega a cumplir setenta años”.

Y ante mi estupefacción,  empuñan un utensilio de cocina tan de prole como puede ser una cazuela. Y ya puestos a merced del despropósito: leer ciertas declaraciones de un músico de la escena heavy de los ochenta, muy barón y poco rojo… pues ahora sí que ya me he desconcertado del todo. La patata que faltaba para el kilo. Aunque como dice tajantemente un amigo: “Un jevi que se precie, no vive en una urbanización de lujo, y mucho menos llega a cumplir setenta años”.

Así que, me aferro con la mano prieta al título de esta sección (Acuéstate y suda), asumiendo con una calma sanchopancesca que mis neuronas se hagan el harakiri al acabar este escrito, al igual que lo hizo el gran Emilio Salgari tras tanto infortunio sufrido.

Pido mil perdones. Comencé hablando de la tontería y los tontos, y ahora me siento como el aprendiz aquel del taller, que en su primer día de trabajo mandaron a buscar la llave 13/14… y no regresó jamás.

Porque tonterías las justas, sí… aunque sean necesarias. Yo las hago a diario, y me gusta. Y me costaría pasar un día sin que mi mujer no me soltara un: “Mira que eres tonto”, con tono jocoso.

“Y en un descuido de mi cautela, me escapo para jugar al escondite”

Por lo tanto, me enfundo la camiseta que me regaló mi Mamen, y que me cura de tanta “tontunería” en pro del rock. Y en un descuido de mi cautela, me escapo para jugar al escondite. Corro veloz a la pared y palmoteo sus ladrillos con brío, mientras vocifero: ¡¡¡Por mí y por todos mis compañer@s!!!  ¡¡¡Salvados!!!

*Ah… se me olvidaba, la llave 13/14 no existe.