Esto es una carta dirigida a aquella espectadora. Esa espectadora que se quedó tan a gusto bajo el techo de aquel convento. No. No se tiró un pedo sin que nadie se diera cuenta. Se quedó tan a gusto como se puede quedar alguien al afirmar, rotundamente y con total seguridad, que ‘Doña Inés es muy fea’.

Querida espectadora, siendo servidora la Doña Inés de aquella noche, no puedo hacer más que agradecerle su apreciación. Lo digo de corazón. Nunca, en mis veinticuatro año de vida, nadie me había dicho que ‘no era guapa, que era simpática’. O que lo que llevaba puesto no me sentaba bien del todo. O que parecía la madre de Brian (Brian no es mi vecino, es el de ‘La vida de Brian’ de los Monty Python. Ved la película para obtener la imagen que quiero evocar en vuestros cerebros. Grasias) vestida de Doña Inés.

Nadie me lo había dicho, se lo puedo asegurar. Verá, yo crecí pensando que, algún día, destronaría a la belleza brasileña de Gisele Bündchen. Todos me decían que lo conseguiría. Pero, ¿sabe? Yo, en realidad, ya me olía algo. De hecho, empecé a sospechar cuando mi tabique nasal me impedía terminarme el contenido del vaso sin inclinar la cabeza hacia atrás. O cuando el chico que me gustaba se ponía nervioso y besaba al primer chico que encontrara cuando yo pasaba cerca y le guiñaba el ojo. O cuando, en clase, leíamos relatos fantásticos y al salir la palabra ‘orco’ todos me miraban a mi. Pero, gracias a usted, he abierto los ojos de una vez por todas. Los abrí en cuanto salí de escena y me miré al espejo.

Me veo en la obligación, querida espectadora, de pedirle disculpas. Lo siento. Siento haber pensado que podía ser actriz y entretener o hacer sentir a un público sin ser una belleza digna de un catálogo de lencería o de una campaña navideña de perfumes. Siento haber salido a escena sin haber tenido en cuenta el dolor de ojos que finalmente le provoqué y que hizo que se viera usted en la necesidad de reventar de aquella manera en mitad de mi monólogo.

Pero lo que más siento de todo es que usted no tenga la imaginación, el respeto y, probablemente, la personalidad que tienen el resto de los espectadores de aquella función. Imaginación porque, aunque nosotros trabajemos para evadirles del mundo, ustedes tienen que poner una para entrar en nuestra ‘fantasía’. Nosotros ponemos la puerta y les damos la llave en mano. Hay gente que sabe que hay que meter la llave en el cerrojo y hay gente que usa la llave para escarbar en su nariz. Respeto porque, aunque
tenga una nariz como la de Cyrano y doble barbilla, he trabajado durante bastante tiempo para que usted pueda o bien escuchar el texto y seguir la historia, o rajar sobre lo corta que me queda la túnica. Y personalidad porque (señora, ahora le voy a abrir los ojos) no todo lo que sale en el ‘Hola!’ mola.

Le dejo, estoy muy ocupada disparando pelotas de gomaespuma al minion que le he regalado a mi hermana con mi pistola nueva del malo de Toy Story. Voy vestida de pingüino, por si le interesa comentar mi vestuario. Me va a importar lo mismo que lo que le importa a un rico que le toque la pedrea de la lotería.

Alba Novoa

Alba Novoa