Drusila

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La envidia es una pasión corrosiva, producto de la íntima certeza de fracaso o ineptitud personal. El envidioso se crea una consciente ficción de valores y atributos, pero, cuando aparece en su entorno alguien que los posee de verdad, el deseo de malograr triunfos ajenos se convierte en un arma de destrucción.

La envidia tiene la característica de camuflarse en críticas supuestamente bien intencionadas, comentarios orientativos, consejos falaces, y descalificación. En acciones aparentemente constructivas el envidioso entabla una batalla sucia, ya que sabe bien cuales son sus motivaciones, no así el atacado, quien, pocas veces puede darse cuenta de la situación mezquina en la que, involuntariamente, se ve envuelto.

No existe la envidia sana.

Siendo como es una pasión signada por el fracaso, propia de mediocres emocionales, es más dañina cuando se presenta en el entorno familiar. Y una de las formas más abyectas de la envidia es la que padecen los padres contra sus hijos.
Lamentablemente, los progenitores envidiosos son más comunes de lo que es de esperar, y se muestra de diversas maneras.

Es un hecho triste, daña, los hijos rara vez están preparados para entender la mezquindad de sus padres. Y es así que se logra cortarles las alas para que no puedan levantar vuelo, tan sólo porque aquellos que deberían impulsarlos,tienen los pies cementados en el fango.
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Un hogar común puede albergar comportamientos retorcidos de los padres, que no llegan a perversiones, pero quizás las bordean. Y así, usando todo tipo de artimañas, el padre envidioso consigue aplastar a su hijo, moldeandolo de tal modo que lo convierte a su imagen y semejanza, es decir, un futuro insatisfecho.

Ahora bien, antes de proseguir, vale aclarar que por el sólo hecho de concebir y parir no convierte mágicamente a las personas en justas, sabias y abnegadas. Deben existir valores preexistentes que son sublimados con la paternidad.
También se aclara, que, de lo que aquí se habla, si bien es más común de lo que se cree, no es regla, por suerte.

Los conflictos ligados con la envidia suelen aparecer en la adolescencia o primera juventud, cuando muchachos y muchachas comienzan a brillar con la añorada y perdida juventud de los padres. Algunos adultos, no aceptan el paso de los años y la consiguiente limitación en oportunidades de equivocarse y empezar de nuevo, remediar errores, elegir, y tampoco tienen la voluntad de hacerlo.

Existe un momento en el cual ya no es un padre y su hijo, si no dos hombres, ni una madre y su hija, si no dos mujeres, y en los mayores se desata una gran crisis, producto de una suma de frustraciones existenciales, mezquinamente ven a sus hijos como rivales, o referentes de lo que podrían haber hecho y no pudieron.
Por supuesto, se insiste en que hablamos de personas enfermizas emocionalmente, incapaces de dejar el natural fluir de experiencias y apoyos enriquecedores, libres de intereses propios, el envidioso no puede ser generoso ni con actos, ni con consejos.

La sociedad occidental imprime con fuerza mandatos de triunfo y juventud eterna, se necesita gran riqueza interior para eludir falsas prioridades, para ser independiente de las tendencias impuestas, pero, hay gente que sucumbe ante la imposibilidad de cumplir con dichos mandatos, y se exacerban entonces las pasiones propias de envidia.

Y así se producen sinnúmero de situaciones bizarras, donde madres ahítas de cirugías estéticas y gimnasios compiten en todo con sus hijas veinteañeras, ropa, hombres, fiestas, y las disimuladas batallas son feroces. Padres “pendeviejos” coqueteando con las amigas de sus hijos, como adolescentes arrugados. Las madres no pueden con la frescura de los veinte años de las hijas, y los padres deben exhibir billetera para seducir.

Y lo peor, son las descalificaciones, la crítica destructiva, los consejos maliciosos, a cual sea la actividad que los hijos deseen emprender o no. Miserias que se derraman, imposiciones que no cesan aunque el hijo se independice y marche a vivir solo, machaques constantes, imposición de culpas, manejo de enfermedades, todo es bueno para que el envidioso consiga su objetivo.

Y así, miles de hechos, en apariencia triviales, pero, gracias a una segunda mirada, se nota con claridad que lo que los producen es, la envidia. Algunos jóvenes afortunados consiguen liberarse, otros, sencillamente son “amaestrados”.
Lamentablemente, los padres que actúan de esa manera son los peores enemigos, ya que los lazos de afecto ahondan las consecuencias.

Se repite, la envidia nunca es sana, nunca es constructiva, y si emana de los padres, es una de las fuerzas más destructivas a las que un individuo puede enfrentarse.

Ilustración y texto: Sonia Drusila Trovato Menzel