Drusila

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El nacimiento de la mas bella de las diosas, Afrodita, fue bastante particular.
Urano en lucha con Crono perdió sus genitales que cayeron al mar. Como toda vida tiene origen en el océano debido a, vaya uno a saber que particularidad química, los despojos de la masculinidad de Urano fueron transformándose y soltando blanca espuma. De esa espuma, totalmente formada y con todos sus atributos surgió Afrodita.
Sublime figura de feminidad sin par, perfecta hasta para la alta exigencia de los inmortales, inmediatamente se la reconoció como diosa del amor, fecundidad, belleza y demás yerbas.
Es de destacar que el hecho de que la quintaesencia femenina y deidad del eros naciera del producto de una castración masculina denota quizá más humor que paradoja, o algún interesante conflicto en la psiquis de los dioses. Eso lo veremos en otro momento.
Igual, por lo ya contado, nació adulta, sin infancia.

En cambio, el nacimiento de Hefesto fue bien distinto, engendrado en el vientre de la gran diosa Hera, resultó un bebé tan horrible, que su propia madre asqueada por el aspecto del niño, lo arrojó sin miramientos del Olimpo. Convengamos a que una madre de la importancia de Hera no se la podía someter a la afrenta de un descendiente imperfecto.
Debido al fenomenal golpe por caer de semejante altura quedo cojo, sumando mas defectos a su lista. Ni hablar del carácter particularmente agriado que fomentó el poco tacto maternal.
Su padre, Zeus, lo rescató del lodo terrestre, regresándolo al hogar y dándole el título de deidad del fuego y fragua, ya el pequeño demostraba gran talento y habilidad forjando piezas de todo tipo.

Hefesto creció cojeando comprensible rencor, al fin pudo vengarse de su desaprensiva madre.
Construyó una cadena mágica con la que amarró a Hera a una incómoda silla de metal, amenazándola con dejarla ahí eternamente si no satisfacía su demanda. La pelea filio maternal debe de haber sido sumamente interesante en sus detalles, lamentablemente no hubo testigos para disfrutarla, en las altas esferas los conflictos se resuelven en privado.
Hera, desesperada por no conseguir liberarse a pesar de sus poderes, prometió concederle a su hijo conflictuado lo que quisiera, y él quiso la mano y todo el resto de Afrodita.
Hera accedió inmediatamente, y por más que la más bella de todas las diosas protestó, se indignó y gritó, la casaron con el poco agraciado Hefesto, Hera había dado su palabra, y pesaban particularmente sus promesas cuando no la perjudicaban en sus intereses personales.

El flamante matrimonio entre la exquisita Afrodita y el tosco herrero fue motivo de gran burla entre todos los olímpicos, quienes por el mero hecho de ser dioses no adquieren en consecuencia comportamiento propio de caballeros o damas.
Afrodita hundió su perfecta cabeza entre sus bien torneados hombros y Hefesto exhibía su desagradable sonrisa torcida.
Ella, acostumbrada a un modo de vida que nada tenía en común con la rutina de casada, tuvo un amorío con el apuesto y sanguinario Ares, en parte para olvidar a su desagradable compañero, en parte porque si, en parte porque era deidad sexual, y tantas partes había en sus partes que dejan de ser un todo.

Más, el dios herrero no dejaba pasar afrenta desde que nació. Tranquilamente permitió que su infiel esposa retozara ante las redobladas carcajadas que los demás lanzaban ante su testa de toro, forjó una fina pero irrompible red, y la arrojó en ese momento justo en el que los amantes estaban en su máximo disfrute, y en esa postura quedaron inmovilizados.
La hilaridad de los dioses ya era el colmo, desfilaron ante el ridículo espectáculo, los amantes obligados a un abrazo forzado, si bien sintieron gran admiración por el feo Hefesto y su fina venganza.
Cuando el herrero se aseguró que todos vieron y se rieron de su esposa y de Ares, se dignó a soltarlos. El dios de la guerra se marchó mascullando amenazas para recobrar algo de dignidad, sin embargo, Afrodita cambió notablemente, y es aquí donde las crónicas olímpicas dejaron de narrar los hechos, porque dejaron de ser heroicos, o trascendentes, ni siquiera interesantes.

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La diosa no solo aprendió la lección, además, se sintió fuertemente atraída por su antes despreciado marido.
Descubrió rasgos viriles donde antes solo veía tosquedad, se admiró por las maravillas que podía crear con fuego y metal, entendió que era un ser inteligente, hábil, que imponía respeto. Su habitual silencio y parquedad le pareció propio del sabio, en resumen, se enamoró genuinamente de Hefesto.
Y así comenzó a demostrárselo, atendiéndolo y acompañándolo en todo momento, el herrero estaba desconcertado, y esperó prudente que el inusual cariño de su esposa escondiera una cruel venganza, más nada de eso pasaba, y hasta él, poco habituado al afecto, entendió que Afrodita lo amaba. Compartieron el incómodo calor de la fragua volcánica, ella, en su afán de demostrar su amor, hasta se animó a ayudarlo en su pesada tarea.

No fue más que descubrirlo y Hefesto se convirtió en el gran galán del Olimpo. Adquirió seguridad, y fama de amante superlativo, diosas, dioses, semi diosas, semi dioses y demás entidades hacían cola para intimar con él. Gustosamente atendía a todos.
Nadie se reía de quien había logrado enamorar ni mas ni menos que a la diosa del amor.
El herrero, vanidoso como cualquier hombre mortal, se entregó a esa fiesta de admiración y deseo que jamás había esperado fuera él el protagonista.
Ya no le importaba donde y que hacia su esposa, porque bien sabía, ella lo esperaba llorosa, mansa y sumisa en el hogar.

Y así era, Afrodita, la belleza sin par que nunca tuvo infancia, se sometió a la autoridad masculina con tanta pasión como la antes dedicaba a sus amoríos, casta, fiel, esperaba el regreso de su esposo retorciendo angustiada sus largos dedos. Las infidelidades múltiples la atormentaban, gemía de celos, su dolor crecía.
Sin embargo seguía atendiendo la fragua, manteniendo el fuego vivo a costa de su delicada piel, buscaba solucionarle los problemas causados por piezas no entregadas a tiempo, se encargaba de todo lo que podía tan sólo para complacerlo.

Más nada podía hacer ni decir, Hefesto el hábil manipulador de metales, también manipulaba sus sentimientos, le decía que no era culpa de ella, que era culpa de él, que trataría de enmendarse, que cuando compartía el lecho con otra solo pensaba en ella, que en realidad seguía dolido por el tema con Ares, que debía superar traumas de la infancia, que ella era muy importante en su vida pero sentía que el camino de la infidelidad era el camino correcto para que en un futuro volvieran a estar juntos en armonía, que debía vivir todo aquello que en su primera juventud no había vivido por culpa de Hera, que se sentía inseguro frente a la vida por su cojera, que… Hefesto era un interminable diccionario de excusas.

Y lo peor, cada vez intimaba menos con ella, hasta que ni siquiera la tocaba.
La bellísima diosa no podía mas con su tristeza y desaliento, hiciera lo que hiciera no lograba despertar la pasión de su amado, veía como él forjaba valiosas joyas para ocasionales amantes, como salía y volvía sin siquiera molestarse en inventar una mentira piadosa. Ella era solo una cosa más en su atiborrada casa y taller.
Desesperada intentó darle celos, hasta tuvo algún que otro hijo extra matrimonial, pero, Hefesto se veía hasta aliviado de que ella saciara sus demandas amorosas con otros.

Afrodita, lentamente, comenzó a ajarse, se sentía fracasada, inútil, su aspecto deslumbrante se apagó en un largo y gris ocaso, imprimió en su expresión una mueca de indiferencia para protegerse de los demás dioses quienes, ya sabemos, de tacto no entendían mucho. Esa mueca le envileció el rostro con múltiples arrugas.
Sus poderes relativos a su rango se diluían, ya no podía despertar amor en los demás, ni deseo, ni siquiera fecundidad.
Hefesto se marchó con el tiempo, con una débil disculpa de despedida, y es lógico, Afrodita era solo una fuente de constantes reproches, no reía ni se mostraba espléndida como sus amantes, se había convertido en un ser quejoso, agrio, casi como había sido antaño su marido.

Se entiende por que el final de esta historia es tan deslucido, tan apático, que nunca mereció plasmarse en la gran crónica del Olimpo, sin embargo en la esfera humana este tipo de situaciones se repiten calcadas hasta el hartazgo, los humanos siempre intentan parecerse a sus dioses, por mas muertos que estén.

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustración y texto)