Alba Novoa

Alba Novoa

‘No te entiendo, de verdad. Estarás muy cansada, pero es que te quejas por todo’, dijo él. ‘Es que no estás atento a lo que tienes que estar’, dijo ella, ‘no deberías escuchar mis palabras sin escuchar lo que dicen mis ojos’. ‘¿Cómo dices?’, preguntó él. ‘Que dejes de mirarme las tetas y escuches con atención’, respondió ella. Él le miró a los ojos, con cierta dificultad. Extrañado, lanzó otra pregunta: ‘¿Y bien? ¿qué tengo que ver?’. ‘¿No ves nada especial?’, dijo ella mientras la desesperación empezaba a ganarle al vino.

 

‘Brillan. Tus ojos brillan’, respondió él. ‘Queman. Brillan. Si pudieran, echarían chispas cual bengala en el sujetador de Katy Perry. ¿Quieres saber por qué?’. Él no respondió, pero a ella no le importó porque…pues, porque no. ‘Estaría todo el día lanzando odas al viento. Odas a la mar, por estar tan bonita cada noche (y aún más la de hoy). A las casualidades mágicas, de película que se convierten en tremendas historias que contar, aún a sabiendas de que son una tontería. Odas a todas y cada una de las flores que han sido arrancadas para mi por mocos con patas. Odas a los abrazos y las muestras de cariño gratuitas que recibo todos los días. A las carcajadas que arranca de mis entrañas cada dos por tres. A la dulzura y las gamberradas de los niños. A los días que me alegran por dentro, aunque no sonría del todo. A mi cama, gran señora y amiga. A los cumpleaños que empiezan con mágia y amaneceres en la playa. A los amigos que aguantan más que los forzudos de los circos. A la muerte cerebral que hay después de largos días de ensayo. A la capacidad de hacer un mundo de un granito de arena. A los momentos en los que puedo gritar a los cuatro vientos ‘YO ME LLAMO RALPH’ con orgullo y satisfacción, porque me doy cuenta de todo lo que me queda por aprender. Al chocolate, por existir. A sus ojos. Y a los suyos. Y a los de ella también. A los sueños cumplidos y a los que están por cumplir. Al cariño. Al amor. Al momento en el que aprendí que no tiene que ser correspondido para que te llene. A las libretas repletas de recuerdos que me hacen viajar en el tiempo. A los que no se van y a los que se fueron. A las experiencias nuevas. A los experimentos. A la falta de cordura. Al País de Nunca Jamás, ese del que nunca llegué a irme. Al mundo, por ser un parque de atracciones tan grande. A no ser de ninguna parte. A romperme en pedazos e ir escondiendo uno en cada ciudad que piso. A jugar todos los días. A la risa. A los planes que nunca llegan a buen puerto. A los que se realizan. A los momentos tristes. A los momentos alegres. A los regulares. A todo. ¿Ves? No me quejo de verdad, es por vicio en realidad. Es inercia. No soy tan interesante como pensabas, ¿eh?’ dijo ella.

‘Eres una rancia, tía‘, le dijo él.

‘Y tú un gilipollas. Hoy no mojas‘, le dijo ella de broma. Pero de verdad.