• Poquitos talentos tengo. Supongo que es cosa de la edad: cuando eres una mindundi de 17 años piensas que puedes hacer todo tipo de cosas, pero cuando creces aprendes que las cosas que haces bien, bien… son muchas menos que ‘todo’. De hecho, me he dado cuenta de que sólo hay dos cosas en las que me podrían dar un master: en hablar inglés y en quejarme.

 

Lo del inglés está de lujo en realidad, porque es como una llave al mundo. De verdad lo digo. A mi me metes en Google Maps, me arrastras por el mapa, me sueltas en cualquier parte y me manejo. Es algo muy brutal, sobre todo cuando te ha enseñado gente que se ha esforzado para enseñarte el porqué de las cosas – del idioma, de su uso, de las diferentes culturas que lo usan (y sin aburrirte). Estoy orgullosa de eso. Más todavía cuando los nativos te dicen ‘seguro que se te ha escapado algo’ y tú puedes responder ´¿sobre qué? ¿sobre lo que decías de que los españoles somos vagos o de que los actores somos unos muertos de hambre?’ (era un monólogo, y aunque me reviente, el segundo cliché es muy cierto. Hoy he comido en un Vips y he hecho stories para Instagram hasta de los calcetines del camarero. Qué lujo, qué bienestar, qué pechuga de pollo tan seca por favor. Por nueve euros. Me está saliendo cara la gastroenteritis, oye).

Lo de quejarme, lo llevo peor porque sé que es un rollo vital. Pero la vida y la ironía son lo mismo que el vodka y el Nestea: una combinación perfecta (por muchos infartos cerebrales que les den a los camareros cuando pido en la barra, el vodka con el Nestea está muy bueno. Por lo menos, tiene sabor, no como el gin tonic del Señor). A lo que iba: que lo de quejarme no me gusta, pero es lo que mejor se me da. Si pudiera tener una tarjeta pondría ‘Alba Novoa: Quejadora y perdedora de cosas profesional’. De hecho, si yo alguna vez ganase un Oscar mi discurso sería algo tal que así: ‘Podría agradecer este premio a muchas personas, pero es que me han dado muy poco tiempo. No veas como pesa la estatuilla esta, ¿no? Ay, hombre, Juan, quita el foco un momento, que no veo cómo me aplaude el auditorio en pie. Sólo quiero dec…’ y en este momento me cortarían el micrófono y me arrastrarían mientras yo pataleo y grito ‘¿véis cómo es poco tiempo?’. Sólo por esto que acabo de escribir mi hermana me va a quitar el Oscar de mentira que me regaló por mi cumple.

Total, que el otro día me llaman para hacer unas entrevistas en inglés a unos candidatos para una oficina de turismo. Todo rutinario (ya sabéis, inglés con acento español, dos carreras con sus respectivos masters por candidato) hasta que llegó Ismael. Ismael es un chico de mi edad. Va en silla de ruedas y tiene cierta parálisis. Me quedé loca. Loca. Y sus circunstancias no influyeron en mi valoración. Nada de discriminación positiva. Cuatro idiomas. Una carrera. Una capacidad impresionante y, sobre todo, una sonrisa puesta en la cara siempre.

Esa misma noche, fuimos a ver a una amiga que ha pasado hace poco por una situación muy delicada de salud. Me quedé fascinada escuchando las cosas que me contaba y con la naturalidad con la que lo hacía. Si me hubieseis preguntado en el momento, os habría dicho que había sido un día normal. Pero a la mañana siguiente, después de darle vueltas al cuerpo en la cama, me di cuenta de que no lo había sido.

Nos quejamos por vicio puro. A veces nos hace falta, por eso de desahogar, si, pero el problema viene cuando lo cogemos como hábito. ¿A qué podemos sacarle faltas? (si miramos a nivel personal, no nacional, porque en ese sentido tenemos tantas quejas que, si las escribimos, levantamos todos juntos el Círculo de Lectores otra vez) ¿De verdad necesitamos cosas más allá de lo justo y necesario para ser felices?

Desde ese día, mi talento para quejarme se está convirtiendo en talento para admirar. Admiro a la gente como Ismael, que no pierde la motivación; a la gente como nuestra amiga, que sigue y sigue con la fuerza que ella tiene. Los admiro y quiero aprender de ellos. Lo mismo esto último me hace ser mejor persona.

Lo mismo no.

Pero mientras me haga olvidarme de lo de quejarme, bienvenido sea.  

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa