‘Este es el mejor cocktail que he probado. ¿Cómo has encontrado este lugar?’, pregunta Jonathan (no te vayas pa lo hondo – es antiguo, lo sé, pero para mí todos los Jonathan del mundo tienen ese apellido desde aquel verano). ‘Entré por primera vez por el nombre: Serendipia. Es una de mis palabras favoritas’, responde ella. ‘¿En serio? ¿Por qué?’, dice él. ‘Suena muy bien. Es como se llama a los accidentes fortuitos’, contesta ella. ‘¿Accidente fortuito? Pues en media hora me podré sacar el pito’, pensó él.

Sí, he escrito ‘pito’. Dejad de aguantaros la risa como mis alumnos de cinco años (que sepáis que, a partir de los seis, si dicen dicha palabra en clase, son los malotes del mundo y tienen un poder tal que podrían desbancar a la mismísima Merkel de un soplido). Lo he hecho porque estoy convencida de que, si esa escena ficticia hubiera ocurrido en la vida real, John Cusack estaría pensando exactamente eso y nada más.

‘Anda ya, flipada’, escucho decir a parte de las voces masculinas del auditorio imaginario que llevo en mi cabeza. La otra parte se ríe, porque sabe que es verdad. Los que se ríen, molan. A esos los he mandado al recreo, porque no tienen nada que leer aquí. Los otros están obligados a quedarse. No, no hay posibilidad de negociar la salida del auditorio. Ni levantando la mano, ni intentándolo por vuestro propio pie – a ver quién es el listo que es capaz de derrotar a una pizza con piña familiar armada a lomos de un TRex con armadura (es infalible. Si no te da miedo el TRex, te lo da la pizza con piña seguro).

Queridos castigados, me vais a permitir que comparta una pequeña reflexión con todos vosotros: las mujeres no somos tan tontas como os pensáis. ‘Lo sabemos, flipada’, dice un valiente que mira de reojo a la pizza. No. No lo sabes. Una vez callado el espontáneo, prosigo: la que os habla fue una vez una de esas chicas que defendía a capa y espada eso de ‘somos todos iguales, mujeres y hombres. Ni feminismo ni leches’. Pero era joven e inocente y, como ocurre inevitablemente con el paso del tiempo, crecí – con todo lo que eso conlleva.

‘Me aburro’, grita otro castigado. La pizza ataca y le lanza un trozo de piña. El espontáneo número dos es trasladado a la enfermería. Retomo el discurso: Crecí y me bajé el Tinder, por eso de investigar para recopilar material para futuros textos cómicos. Y después de varias citas, me di cuenta – era feminista. Pero casi más por obligación que por voluntad. Es lo que pasa cuando escuchas la frase ‘Es que las mujeres no teníais que salir de la cocina’ en mitad de una merienda. No era un chiste.

‘Pues claro que no era un chiste, es que es verdad’, grita el espontáneo número tres, que queda de inmediato amordazado y bajo custodia del TRex. Compruebo que el micro sigue encendido: Tras mis variados hallazgos en la época del Tinder, que compartiré en otra conferencia improvisada, decidí eliminar dicha aplicación y salir con gente que apareciese en mi camino de forma natural.

‘Pues suerte tuviste si te llamó alguien’, dice el espontáneo número cuatro. Tras hacerle una señal al dinosaurio guardián, pasé a hablar de mis experiencias: He tenido muchas experiencias. Muchos objetos de investigación. Muchas citas – algunas encubiertas, otras no tanto. Y he de deciros que vosotros, queridos futuros gañanes, sois más fáciles de leer que un cuadernillo Palau.

Sí, se nota cuando nos miráis las tetas. Y el culo. Sí, se nota cuando tenéis problemas de índole emocional que no queréis reconocer. Sí, se nota cuando vais a lo que vais. No, no hace falta que nos engañéis. Nos damos cuenta de que nos estáis emborrachando – y puede que, aunque aceptemos las bebidas, no nos queramos acostar con vosotros. Sí, se nota cuando nos juzgáis cuando os hablamos de los chicos con los que nos hemos acostado. No, no deberíais. Pero, si lo hacéis, gracias. Gracias, de corazón. Gracias, porque os estáis presentando. No, no nos interesa tirarnos a tíos como el espontáneo número dos, que llora en la enfermería porque le han tirado un trozo de piña.

Marilyn Monroe

 

‘Eres como una mezcla entre Bridget Jones y Cruella De Vil, amargada. Y sí, soy el espontáneo número cinco’. ‘De nada te sirve, porque ya lo sé, listo. Y por el culo te la hinco’, respondo yo. El espontáneo número cinco sale de la sala arrastrado por el TRex. Mi asistente, Alf, me pregunta alarmado que qué voy a decirle a la prensa cuando salga a la luz el escándalo del último espontáneo.

‘Un accidente fortuito’, respondo yo.

Alf se calma.

Me da la mano.

Salimos del auditorio.

 

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa