Me despierto por la mañana y, mientras expando el aguacate por la tostada, repaso todo lo que tengo que hacer durante el día. Por mucho que quiera, no recuerdo (y tampoco me esfuerzo – para qué hacerlo si tengo una agenda, un móvil y un corcho con un calendario). Llevo las cosas al escritorio y, mientras desayuno, escribo, estudio, atormento ideas y respondo mensajes.

Miro el horario del gimnasio: ¿me echará de menos tanto como lo echo de menos yo a él? Sé que los dos nos sentimos bien cuando voy a verlo pero, ¿seguirá sintiéndose así aunque no lo vea tan a menudo como de costumbre? ¿me estará esperando? ¿me dejará entrar cuando yo pueda volver? Abro la app del banco y confirmo que mi gimnasio me quiere, me espera y me dejará entrar cuando sea el momento. Por ahora, aún no ha llegado. Te quiero gimnasio, a ti y a tus clases de zumba, pero yo las cosas las llevo poco a poco.

Termino los quehaceres mañaneros y cojo el bus para ir a la academia en la que trabajo por las tardes. Cansada de imaginarme que soy la Beyoncé de mi pueblo y gano un concurso gracias al que haré una gira mundial con King África, decido buscar algo para leer en el móvil. Entro en Facebook y navego entre artículos catastrofistas y sensacionalistas (el clickbait es la muerte indigna, señorías). Encuentro uno que me llama la atención: ‘El tiempo libre ha muerto’.

Hago click y leo. Habla de la necesidad que tenemos hoy en día de ocuparnos todo el tiempo para sentirnos útiles. De cómo esa ‘ocupación extrema’ nos da cierto estatus a la hora de interactuar con la gente (rollo ‘estoy súper ocupada, tía. Mi vida es muy interesante’). De ansiedad, de vivir abrumados constantemente por todo. De cómo Bill Gates se jactaba de que había dejado el golf y dormía bajo su escritorio porque no tenía tiempo para nada por culpa del trabajo. Qué tonto eres hijo (y rico, si, que no me olvido. Pero tonto, hijo mio. ¿Quién quiere tiempo para el golf pudiendo ir a bailar?).

Llego a la academia. Mis niños se quejan: no tienen tiempo, no paran de hacer cosas. Alguno me llora porque no va a tener tiempo en una semana entera para jugar a la PlayStation (que en el fondo es algo que me alegra – la cosa no funciona con las generaciones nuevas es que no juegan al Monopoly y no saben de qué va la vida. Tanto Fortnite ni Fortnita, hombre ya). Alguna me llega con carita de cansancio y, cuando me trae los ejercicios, me cuenta que su madre la va a llevar al parque el sábado y le brillan los ojos.

Salgo de la academia. Cojo el bus de vuelta y la cabeza ya no da. Llego a casa, ceno y me quedo zombie mirando la televisión. Duermo. Y, al día siguiente, vuelta a empezar. Días enteros durante semanas enteras, non stop. Entiendo que, llegados a estas alturas, algunas/os me digan lo típico de ‘es que si no tienes tiempo, es que tienes trabajo. Si tienes trabajo, qué suerte tienes, que la mayoría de la gente está en paro’. Oigan, y están en lo cierto. Que sí, que tener trabajo hoy en día es una suerte y yo soy muy afortunada, ¿verdad?

Eso es lo peor. Tener que sentirnos afortunadas/os y presumir de estar ocupados, sean cuales sean las condiciones de la ocupación. Qué triste tener que darle la razón al artículo, tener que admitir que ya no existe el tiempo libre, que ha desaparecido por obligación (económica y social, irónicamente). Que lo hemos cambiado por algo tan frío como las redes sociales porque no tenemos tiempo de ir al cine, de tomarnos algo o de cualquier actividad que implique relajarnos y disfrutar de un tiempo para nosotros. Que no tiene pinta de volver a hacer acto de presencia, porque los peques cada vez lo disfrutan menos.

Qué feo ver cómo nos perdemos a nosotros mismos en una rutina diaria.

Bueno, nos perdemos todos menos Bill Gates.

Él sabe dónde está.

Y su escritorio, también.