El mundo ha cambiado pero la canción de Manu Chao permanece. Aunque se titule “Me gustas tú” y el verso más conocido originalmente se refiera al nombre de una estación de metro en el contexto de un recorrido por las entrañas de Madrid galopando a lomos de la Línea la expresión “próxima estación Esperanza” (que además da título al disco) ha adquirido vida propia y utilizándola a ratos, uno hasta se la cree un poco e incluso se reconcilia.

El mundo ha cambiado y habrá fuerzas que ofrecerán resistencias para asumir estos cambios, pero la transformación ha sido inevitable y nos miramos desconcertados. Vivimos en un escenario de crisis global que no resulta necesario explicar: crisis de estado, crisis política, crisis humanitaria, crisis económica, crisis social, crisis ecológica, crisis demográfica, crisis territorial, crisis cultural… y hay quienes culpan de estas crisis, les avala su máster en necedad, a quienes sólo están escapando de otros infiernos.

Podemos afirmar que nos encontramos en una crisis sistémica que ni ha sido la primera, ni será la última. Cualquier informativo en cualquiera de sus secciones hará mención a los problemas causados por alguna de estas crisis; problemas excepcionales que terminan siendo parte de nuestra rutina. Chapoteamos peligrosamente en los vertederos en los que se acumulan los restos del siglo XX.

Pero el verdadero peligro no son los dirigentes ni sus decisiones equivocadas. El peligro viene del silencio; el peligro somos nosotros: la gente de bien que no queremos problemas; quienes nos limitamos a darnos golpes de pecho cuando el drama zarandea nuestros principios y deja en cuero nuestros valores. A tiempo estamos, aunque sea poco, de cambiar el rumbo.

No creo que los tiempos de crisis sean tiempos de oportunidades, máxime desde que está contrastado que ni siquiera es eso lo que dice el tan manido pictograma chino. Eso puede quedar bien en una conferencia en la que no están las víctimas. La oportunidad no es solo voluntad, también es conocimiento, capacidad, medios… patrimonio del que suelen carecer los más necesitados.

La carta de navegación para el nuevo rumbo se llama participación. Participación entendida como la capacidad de involucrase en las decisiones. Participar es intervenir. La participación como antídoto.

El siglo XXI tiene que ser, y de hecho está siendo, el siglo de la participación de las personas en las organizaciones y por lo tanto también tiene que hacerse extensible a las empresas. La participación de las personas en las organizaciones es el elemento clave que permite construir una sociedad diferente.

La participación traerá una nueva empresa, en una nueva sociedad, que se caracterizará por el papel predominante de las personas en la toma de decisiones y avanzará hacia proyectos colectivos, con objetivos comunes. Esto implica sustituir, al frente de los equipos, a jefes por líderes.

La empresa ha cambiado también su orientación: se orienta a las personas, al cliente, a su grupo de interés; también ha cambiado su compromiso. La empresa del siglo XXI está comprometida con su entorno.

Nos vemos abocados a un cambio cultural para seguir sobre el escenario. En el siglo XXI, el dueño de las acciones no es el dueño de la empresa; la empresa como elemento clave para la transformación social, es más que el capital; las empresas son tecnología, son medios, son ubicación, entorno, sociedad; son relaciones individuales y colectivas.

Cambiemos el rumbo, la resignación no está permitida. 

  • Artículo elaborado por Santiago Molina Jiménez

Santiago Molina Jiménez