Mi rollo en una cinta

  • Por Juan «El letrastero» desde su sección “Acuéstate y suda”

 

Hace unos días me enteraba del fallecimiento de Lou Ottens a la edad de 94 años. Así, de repente, lo primero que me vino a la cabeza, era que se trataba de alguien importante; y vaya si lo era. Este señor, con (que la prosodia nos coja pronunciados)… nombre de guardameta del PSV Eindhoven, no era otro que el inventor de la cinta cassette. ¡Ojo! Palabras mayores.

Ottens, trabajó como ingeniero en Philips, y fue entre el 1962 y 1963 cuando se sacó de la chistera, o de la mollera mejor dicho, tan preciado invento.

No voy a entrar en características técnicas, para eso ya está la Wikipedia. A lo que sí que me voy a atrever, es a profesar ese sentimiento profundo y de magnánimo respeto hacia tal objeto: la cinta de cassette.

Confieso que siempre estaré en deuda con la cajita (en francés) más enrollada que he conocido. Porque ella me acompañó en mi adolescencia y en mi juventud. Primero haciéndola girar en el reproductor mono. Luego llegó el estéreo. Más tarde, irrumpió el doble pletina (pirateamos más que Filibustero). Después la mini-cadena. Y luego… luego la medio ignoré por el vinilo, y el cd más tarde. Pero ahora que queda tan vintage y auténtico reivindicar el vinilo; yo quisiera romper una lanza por la cinta, ya que ella nunca te fallaba, salvo cuando se enredaba, obviamente. Uf, operaciones dignas de quirófanos habremos experimentado con unas tijeras y cinta adhesiva. Por no hablar de la técnica del rebobinado con boli Bic a lo largo de una clase de matemáticas.

Pero ahora que queda tan vintage y auténtico reivindicar el vinilo; yo quisiera romper una lanza por la cinta, ya que ella nunca te fallaba, salvo cuando se enredaba, obviamente

Este servidor, cuando acababa de comprar un vinilo, siempre de camino a la boca del metro, se detenía en un mini bazar de una calle del centro. ¿Y qué adquiría allí? Pues evidentemente, la cinta de rigor para grabar ese disco, con el fin de poderlo escuchar en el coche o por la calle con el walkman. Y justo en ese instante, te sentías hasta mal. Igual que si Pepito Grillo te estuviera maniatando a la conciencia con el rollo de una cinta magnética. Porque aunque le fueses infiel, siempre acababas recurriendo a ella para llenar tus oídos de las melodías que te cautivaban.

También debería mencionar a todo el arte que se podía desarrollar en la caja-tapa de una cassette. A mí… me encantaba hacerme las portadas. Y no portadas sencillas eh, no. Portadas desplegables, en las que se ponían hasta los nombres de los componentes de la banda. Sí, llamadme friki, pero escribía a máquina el nombre del productor, así como el estudio de grabación y las fechas de las sesiones. Para mí, aquellas cintas tenían vida propia. Y no había una igual que otra, aunque estuviesen repetidas. Siempre procurando empacharlas de minutaje. Que no sobraran más de cinco segundos. No sé cuántas veces, calculadora en mano… añadí canciones hasta que no cabía ni un acople final.

A mí, las cintas me han hecho mucha compañía. Viajes de corner a corner península dentro de una caja de zapatos. La caja en la que vivían las cintas de cassette de las vacaciones. Ahí te las llevabas, al pueblo. Y allí las hacías sonar, y las compartías, y te volvías a veces con otras tantas nuevas.

A mí, las cintas me han hecho mucha compañía. Viajes de corner a corner península dentro de una caja de zapatos

 

Ahora recuerdo sin rubor alguno, que con trece años tuve el “Blow up your video” de AC/DC en vinilo sin poderlo poner, ya que no disponía de tocadiscos. Y durante ese par de años que estuvo ahí, en la estantería de la habitación, sin desvirgue por parte de alguna aguja… fue una cinta TDK (hasta equipo de baloncesto hubo en Manresa eh), la que hizo de portavoz de los australianos; llevando el maná de alto voltaje a mi pabellón auditivo. Tremendos conciertos aquellos, raqueta en mano emulando a Angus… tempus fugit.

El menudeo de cintas era tal, que a veces ya no recordabas a quién se las habías dejado. Podría hablar de unas a las que les tenía más cariño que otras, pero no me parecería justo. En mi pueblo: A Pena Folenche (Concello de Trives), tiene que estar una Maxell de 90 minutos que nos sirvió de banda sonora un verano a una casi treintena de jóvenes. Y es que aquel “Ante todo mucha calma” de Siniestro Total cobraba vida propia en cualquier reproductor que nos pillara a mano, y en unas gargantas todavía frescas, quede constancia.

El menudeo de cintas era tal, que a veces ya no recordabas a quién se las habías dejado

 

También quisiera romper una lanza por las cintas que vivían en los expositores de bares y gasolineras. Recuerdo concretamente un macro bar que no cerraba de noche en Astorga. Cuando a las cuatro de la mañana te metías en pleno agosto un batido de chocolate y unas mantecadas como si nada; cosas de la adolescencia. Y era entonces, el gran momento, tras muchas horas de viaje escuchando “Radio 5 todo noticias”… ¡Uf!  Te dirigías al expositor precintado con candados pequeños; conocedor de que estabas palpando quinientas pesetas en el bolsillo del chándal para el viaje y los domingos de vacaciones, que con anticipación veraniega te habían comprado en el Pryca. Y ahí te encontrabas con la mirada lobuna de Junco, la de a punto de sucumbir al sueño de Mari Trini,  la pelusilla en el bigote del Jero de Los Chichos, los chistes de Eugenio, y una sonriente Ana Kiro. Pero… le dabas la vuelta, y ¡Eureka! Allí estaban Leño y sus grandes éxitos. Las mejores baladas del Rock. Scorpions y sus hits, etc, etc. Aunque había que tener cuidado, porque a veces no se correspondían con las grabaciones originales. Una vez, en esas paradas maragatas, compré una con una selección de temas, que me parecía algo imposible a ese precio. Y claro, fue montarnos en el coche de mi padre para cubrir la última etapa hasta Trives, y al empezar a girar la cinta…  ¡Anda!  El que tocaba la guitarra NO era Mike Oldfield, en todo caso: Miguelito Campoviejo. Y la voz no era la de Maggie Reilly. Por no decir que pronunciaba: “Munlay chadou”… tal cual.

¡Hablemos del “Milivanilismo”! No, mejor en otra entrega.

 

Podría estar aquí citando miles de anécdotas con las cintas de cassette que tanto nos dieron, y tan poco nos pidieron. Ya nombré aquella famosa PDM de 60 que me grabó uno de clase, y que en la pegatina de la cara A ponía lo siguiente: Los Suarez “Esta vida me va a matar”. Sin comentarios.

Así que, aquellos que os habéis debatido alguna vez entre una de cromo o de metal; de 90 o 60. Manos que hayan manipulado originales regrabadas con cinta aislante en las hendiduras cuadradas. Todos, sí… todos los que alguna vez se declararon con una recopilación de canciones. O aquellas personas, que por el simple hecho de pasarse la tarde del domingo con los bastoncillos del cerumen empapados en alcohol y limpiando los cabezales, creían que luego la voz de Lemmy Kilmister salía del Panasonic con un tono más nítido… A todos ellos, les insto a alzar las copas de forma analógica y no digital, y brindar por Lou Ottens.

 

Gracias por la música