Sonia Drusila Trovato Menzel

 

Fueron más de doce horas de vuelo tenso, la mayor parte nocturno. Cuando amaneciá apoyada su frente en la ventanilla sólo veí­a la mar. No conseguí­a asimilar que estaba a diez mil metros de altura, y aun menos que viajaba como saeta hacia España.

No tení­a lazos de sangre, ni antepasado alguno de esas tierras.

Abruptamente el “Mar Maior” dejo de estar, estallo la costa y el avión se adentró tierra firme.
Ante su atónita mirada se desplegó bajo sus pies el más increí­ble cuadro, inmenso collage geométrico con todos los ocres posibles, he aquí­, España.

Se llora por tristeza, por alegrí­a, o rabia, sin embargo lloro sin saber por que.

Barajas, multitud, confusión, pero las voces con acento local despertaron recuerdos de infancia, pensó en el acento de padres y abuelos de sus amigos.

Fue el inicio de toda una trama de sensaciones intransferibles, lo extraño y lo familiar.

Retomo el viaje por la autovía, otra vez el frío vidrio de una ventanilla en su cara, se convirtió en ojos, oídos y olfato, pura percepción.

Los colores, el celeste del cielo extrañamente apagado, ocres impactantes, y verdes oscuros, venerables. Rápidos pasaban árboles y sierras, y, súbitamente apareció.

Se irguió en el paisaje un castillo, auténtico, silencioso anciano de piedra.

No se puede explicar lo que siente alguien nacido y criado en Buenos Aires al toparse con un castillo. Se acerco reverente, toco con suavidad las piedras, escucho el eco de los cuentos que su Oma, su abuela alemana, le narraba acerca de los castillos de su Alemania natal, otra vez lloró.

No se disponía de mucho tiempo, al coche otra vez la ruta, miraba distraídamente unas gigantescas siluetas metálicas de toros negros, preguntándose que simbolizarían.

Aun temblando por los castillos, algo más antiguo hizo que jadeara, un anfiteatro romano.

Con total incredulidad caminó por las gradas, hurgó por los rincones, y presa de euforia termino en medio del anfiteatro, gesticulando y recitando para espectadores muertos un par de milenios atrás.

Para quien nace y vive en Buenos Aires la palabra milenio es un término abstracto, no algo tocable.

Otra vez en camino, con los ojos semi cerrados de cansancio y la cabeza tratando de aceptar tanto visto, sin imaginar lo tanto que faltaba ver, estudiaba las sierras escalonadas por generaciones de personas trabajando duramente por tierra de cultivo, pensó vagamente en su propia tierra, perfumada, fértil y generosa librada a las malas hierbas, cedió al hipnótico sopor.

Avanzaba el atardecer, la ruta se elevó sobre una colina y le mostraron una gruesa línea azul profundo en el horizonte, el Mediterráneo, fue como un golpe eléctrico, un sonido fuerte y mudo, Mare Nostrum, Cuna de Civilizaciones, Poseidón, Heracles, fenicios, griegos y romanos, piratas sirenas y batallas, las Hesperides, los triremes, naufragios y gestas. Las hojas de todos los amados libros de historia y mitos bailaban con alegrí­a frenética.

Incapaz ya de absorber tantas sensaciones en pocas horas, presenciaba inmóvil como la lí­nea azul se ensanchaba, y se arrodilló allí­, en la arena, frente al increí­ble azul.

Las olas le parecieron pequeñas comparadas con las del tumultuoso Atlántico, el agua transparente, no turbias como el RÃío de la Plata, no olía a mar, no vio marcas de mareas, se hizo noche y siguió allí­, alzó su cara ante la luna y, descubrió que crecí­a al revés.
Vio otras constelaciones, no encontró la cruz del sur.

Sintió serenidad, tranquila felicidad, sabía que habí­a mucho por ver y aprender, y empezó a enamorarse de España, una tierra en la cual era totalmente extranjera.

 

Sonia Drusila Trovato Menzel