Drusila

Drusila

Regina, una hermosa mujer de apenas pasados los cuarenta años, caminaba veloz hacia su trabajo por las complicadas calles de Buenos Aires, llamando la atención con su morena belleza.

Muchos temas ocupaban sus pensamientos, siempre atareada, hija, madre, pareja, amiga, un hogar que sostener, preocupaciones diarias, grandes y pequeños problemas que resolver.

A Regina le dolía el abdomen, en un principio no le dio mayor importancia, tragaba un analgésico de prisa y continuaba con su contienda diaria para ordenar prioridades.

Pero el dolor creció, ocupo demasiado territorio, imposible ignorarlo. Además adelgazo demasiado en poco tiempo, y se fue debilitando al punto que caminar era un esfuerzo.

Alarmada, consulto varios médicos, tratando de desalojar la lacerante puntada,y encontró variados diagnósticos, todos fallidos.

Pero insistió hasta toparse con un profesional que la encamino, diagnóstico inicial pólipos, nada grave, pero debía ser operada.

Acompañada por su hijo, quien en ese momento se convirtió casi en su padre, afronto una cirugía complicada, la recuperación desagradable, pero el dolor que la había torturado desapareció. Eso era lo deseado.

Un par de semanas después, tranquila ya, debió quitarse los puntos de la cicatriz, lo peor había pasado.

El médico se le presentó con el resultado de la biopsia, sencilla y suavemente le explico, que, lamentablemente era maligno, quizás había tocado un ganglio, que debería someterse a sesiones de quimioterapia, y le recalco que, por favor, las hiciera.

Antes que el velo negro del más puro terror cerrara sobre Regina, ella pensó que no podía ser, no fumaba, no bebía, llevaba una vida ordenada, hacia deportes, esa enfermedad siempre la asocio como un castigo para quienes no se cuidan.

La Enfermedad de la Mala Palabra, Cáncer, estallo y la desplazo del eje mismo de su ser, y todos sus problemas, grandes y pequeños, y todas las responsabilidades, y lo bueno y lo malo, lo bello y lo desagradable, todo lo que hacia su vida dejo de tener importancia, vidrios cayendo a su alrededor, rotos por el monstruo que devoraba sus entrañas.

Salió de la consulta con una única tarea, buscar un oncólogo, un tratamiento, buscar la cura, buscar la fuerza para luchar, para sanarse.

Le recomendaron un Instituto, Alexander Fleming, el oncólogo asignado resulto cordial serio y preciso, sin predicamentos de falsas expectativas que la inteligencia de Regina no las permitiría.

Entendió las reglas básicas en ese nuevo mundo, los médicos no hacían comentarios antes de tiempo,y , lo más importante, no debía buscar información en internet ni leer los resultados de los estudios, porque provoca más angustia innecesaria a quien no sabe del tema.

Entendió que la situación era dura en extremo, pero debía metalizarse con la cura, confiar en los médicos, drenar su terror, no bajar los brazos, luchar.

La quimioterapia duro seis meses, perdió su espléndida cabellera oscura, cejas, pestañas, todo tenía sabor metálico, ella misma se olía a metal, su piel se sensibilizo a tal punto que tocar unas simples llaves le producía dolor, sufrió vómitos, hemorragias, abatimiento, insomnio o largos periodos de sueño, sabía muy bien que se la estaba envenenando, pero, ese veneno podría matar al cáncer que pretendía matarla a ella.

¿Fue duro?, Si ¿Fue doloroso?, Si ¿Fue insoportable?, Si ¿Valía la pena?.

Pasaron más de cuatro años, Regina, una hermosa mujer en la plenitud de sus más de cuarenta años, sana y activa, camina veloz hacia su trabajo por las complicadas calles de Buenos Aires, llamando la atención con su morena belleza.

 

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