Hay pocas cosas que la gente como yo podemos temer más que a un OVNI lleno de alienígenas cantando por Manolo Escobar en klingon: las cenas de nochebuena, nochevieja y demás reuniones festivas con la familia. Soy soltera, sin niños (propios, prestados tengo muchos), hago lo que me gusta y no debo explicaciones a nadie (y si las debo, no las doy. En términos explicacioniles, soy egoísta. Con los bombones no, con las explicaciones, sí. Irónicamente, aquí me hallo explicándote, querido/a lector/a, por qué no doy explicaciones. Como me he perdido hasta yo en este eterno paréntesis, voy a reencaminarte con un resumen de lo que he dicho antes del mismo). En resumen, soy feliz.

Ahora mismo (y no lo diré muy alto), soy feliz. He empezado feliz las navidades. Me he olvidado de ponerme el traje del Grinch para las cenas. Pero no porque me guste, sino porque hay que ponérselo. Es una cuestión de supervivencia – si no te pones el traje conceptual del Grinch, te conviertes automáticamente en carne de cuñado pata negra. De tía reserva del 60. De vecina que tiene el cd de Jesulín de Ubrique en la encimera del salón en un altar y dice que ella no ve nunca el Sálvame, pero lo pone tan alto que escuchas sin querer todos los dramas de María Lapiedra desde el baño, que está en la otra punta de la casa.

Entonces, yo he me he tirado de cabeza a la piscina de las comilonas familiares navideñas. Así, sin flotador (bueno, aunque ya me está saliendo). Llegados a este punto, he de decir que he mentido (Señor, perdóname): no me olvidé de ponerme el traje de Grinch. No me lo puse porque no quería – cero ganas de estar fingiendo amargamiento vital para evitar un linchamiento emocional encubierto entre mantecados y turrón. Yo, este año, venía preparada para luchar pacíficamente, es decir, para soltar zascas como catedrales. Para poner puntos en bocas. Para retorcer por dentro de la misma manera en la que te retuerce el alma el móvil cuando se queda sin batería y estás hablando con alguien por Whatsapp (hito). Recordadme, por favor, que otro día hable de las felicitaciones navideñas que todos adoramos pero odiamos en silencio porque nos petan la memoria del teléfono. Y SON TODAS IGUALES. VIENE PAPÁ NOEL, LO SE. PUEDE BAILAR, LO SE. ¿Quieres ser original? Regálame un pony con un gorro de fiesta en la cabeza. PERO. NO. ME. PETES. EL. MÓVIL.

Total, que llego a la cena con mi jersey de la nutria navideña (gran jersey, por cierto), con una gran sonrisa, y con los puños preparados como Mazinger Z. Abro la puerta. Saludo. Me siento. Miro la mesa y pienso: ‘¿Si ayer al mediodía comimos un pollo asado y patatas y éramos los mismos, por qué ahora parece esto la mesa de la Preysler?’. Que si jamón con huevo, que si salmón, que si pollo, que si croquetas, que si queso, que si caviar, que si paté, que si patatas con sabor a zamburiñas, que si gambas, que si mejillones, que si…(podría seguir enumerando, pero me hace falta otro artículo para eso nada más). Copón, un bocadillo de mortadela, dulces varios navideños, regalos y a pastar. ‘Vaya cutre, Alba’, pensará más de uno. ‘¿Te gusta fregar?’, respondo yo. Minipunto y punto para el equipo de las prácticas.

Nos ponemos a comer, y oteo el paisaje. Miro a todos a los ojos, impaciente, ávida de preguntas cuñadiles. Pero no. Nadie. Todo el mundo comía. Nadie discutía. Mi prima (AKA El animalito), cenaba tranquila. Calma extraña. Desconcierto. ¿Qué está pasando? La ansiedad me invade: ¿Nadie quiere saber si tengo novio? ¿novia? ¿animal de compañía? ¿Nadie me va a recordar que mi arroz no es como las pastas Gallo y se puede pasar? ¿mi madre no me va a repetir eso de que quiere ser abuela? ¿por qué nadie se inquieta por mis decisiones profesionales? ¿por qué nadie me pregunta cuándo voy a salir en Canal Sur? ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

Ya os lo digo yo: han perdido la esperanza. Me han dado por perdida. Han superado el trauma ellos solos. La decepción. No he cumplido sus expectativas. Ahora todo el peso recae en mi hermana pequeña.

¿Acaso soy un fracaso? (atended, que la pregunta es dramática, pero rima). Qué desastre.

‘Abuela, ¿las croquetas son de jamón?’

Afirmativo.

Que le peten.

Sigo siendo feliz.

 

  • Por Alba Novoa 

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Alba Novoa