“Educación Germinal Básica”

  • Una visión diferente de la «E.G.B.»
  • Por Juan «El letrastero» desde su sección “Acuéstate y suda”

¿Quién no se ha quedado nunca atónito esperando que le devuelvan el saludo alguna vez?  Seguro que en muchas ocasiones hemos dado los buenos días o las buenas noches, o tal vez ese escueto hola, esperando que nos correspondiesen con otro saludo. Dando igual que fuese con tono acaramelado, o en forma de boomerang de mera cortesía, que no hipócrita; eso no entra en el menú, por lo tanto, no hay que tragar con ello. Pero si lo valiente no quita lo cortés… el ser educado se traduce como un evidente síntoma de saber estar. Podemos caer bien o caer mal, pero el que sabe caer, lleva ya mucho camino vertical recorrido para ir a cualquier parte sin necesidad de dar la nota.

Tampoco se trata de pasarse, pues reconozco que hay casos y casos. En los míos personales, guardo el de: “Cuando vayamos a casa de los parientes de San Fiz (Concello de Trives), cómete todo lo que te pongan en el plato. Da igual que te guste o no. Lo han cocinado y somos los invitados”. Esas palabras de mi abuelo; afilador y hombre de campo, pero con unas formas casi exquisitas. Y hago hincapié en lo de casi, ya que sus buenos modales tenían una grieta, y era que tras comer, pulía con esmero su dentadura con un pañuelo impoluto en plena mesa. Conviene aclarar, que únicamente en presencia de los de casa, y en su propia casa. Pero eso es perdonable, debido a que para él “os dentes” eran lo que para un megalómano algún disco de coleccionista y de valor incalculable. Sin embargo, recuerdo anécdotas de gente que no le conocía y se pensaban que era médico o abogado, nada más lejos para alguien que apenas pudo ir a la escuela. Y no es que no quisiera, sino que no pudo. Lo cual no quitaba lucir una exquisita educación. Ya que no siempre la cultura y la educación van de la mano… al hemiciclo me remito. Sobran las palabras.

Cuando vayamos a casa de los parientes de San Fiz (Concello de Trives), cómete todo lo que te pongan en el plato. Da igual que te guste o no. Lo han cocinado y somos los invitados

 

De mi abuelo aprendí a tragarme ajos enteros, provenientes de algún abrupto sofrito. Aunque sufrí de niño la norma excesivamente gentil; digámoslo así, de por educación no aceptar lo que te ofreciesen en casa ajena a las primeras de cambio. La acción consistía en algo similar a esto.

-¿Quieres chocolate? 

-No, gracias.

-¿No te gusta?

-Sí (poniendo cara de besugo degollado y salivando, con la mirada clavada en la tableta)

– Pero… ¡Venga! Toma un poco. (Ahí respirabas. Ya eras consciente que el permiso estaba concedido, y el VAR había dado por bueno el gesto y la intención; yendo tus dedos al encuentro de aquellos rectángulos que el Señor Elgorriaba producía.

-Graciaaaaaaaas.

Pronunciabas feliz, y con la boca invadida de cacao; haciendo, ahora sí, caso omiso a ese único dentista que siempre rompe la norma en los anuncios de dentífricos. Para que nos entendamos: el que no recomienda usar la mejor pasta del mercado, ni cepillarse con regularidad los dientes. En otras palabras, el más profesional, ya que si todo fuese como los nueve de cada diez dentistas aconsejan, en años tendrían que cambiar de profesión. Pues son las caries a ellos, lo que los lobos al pastor.

 

Ahora, con el paso del tiempo veo que igual no era necesaria tanta implicación en los modales, o que con un: “Bueno, un poco” a la primera cuestión acerca de si querías chocolate, ya bastaba. Aunque también aprendías tus “breakings the law” a medida que tu adicción al cacao aumentaba. Resulta, que mi madre iba a visitar a una prima suya al “Congreso”, que es como ella se refería al barrio barcelonés del Congrés. Eso, a mí, con seis años me creaba un conflicto mental, pues pensaba que aquel piso se encontraba dentro de lo que veía cada día en casa en el telediario mientras comíamos: El Congreso de los Diputados. Así que, cuando me planteaba a eso de las cuatro de un sábado que íbamos a ir a la casa de la tía Carmen del congreso, y que allí no había niños. Y también que iba a estar sentado en el sofá durante tres horas, con la única diversión de mirar un cuadro en el que al fondo de un paisaje yo siempre divisaba unos pechos, que supongo que sería alguna nube defectuosa en el trazo del pintor que lo hizo. Pero no… eran unas tetas. Surrealismo que dirían los entendidos ¿no?. Pues a lo que iba; una vez llegado el momento magdalena-café con leche, y tras caer en la cuenta que yo estaba allí, presente; en silencio, aislado, y con la única diversión de contar los lomos de exquisita encuadernación por parte de los libros que conformaban la extensa biblioteca que el tío Manolo poseía… ¡tachán-tachán-tatachán! Hacía en el salón su aparición la caja de galletas. Y era ahí, cuando mi madre me advertía: “No te comas solamente las que están envueltas en papel, eh”. Y yo asentía. Seguro de que al menor despiste, empezaría a levantar aquella división de fino plástico anaranjado que separaba el otro piso del surtido de galletas. La estrategia era tener siempre a la vista uno de aquellos mantecosos círculos que no iban recubiertos de chocolate, y cual trilero ramblero, ir dejando el piso del fondo de la caja huérfano de galletas de chocolate envueltas en papel dorado y plateado.

Porque al colegio se va a aprender, pero la educación te la dan en casa.

 

Otro día, contaré más anécdotas de este tipo, pero a lo que realmente iba era que todo aquel que sepa colocar un por favor cuando pide algo, o un gracias cuando recibe; además de un sincero hola y adiós a la persona que se encuentra o le atiende, le está sacando ventaja a cualquier pisco maleducado que se tercie. Porque al colegio se va a aprender, pero la educación te la dan en casa. Y ahí, habrá de todo: los que la demandan y no se la dan. Los que la buscan por su cuenta. O los que se baten el cobre en la universidad de los malos modales, sin darse cuenta que ese lastre van a arrastrarlo toda la vida, y con ellos su troupe.

Tal y como le dije a una conocida que se mostraba muy orgullosa de que su hijo fuese muy espabilao, y echao pa´lante“Cuidado eh, porque la línea que separa el descaro de la mala educación es muy fina”. Y tampoco conviene confundir al tímido y al prudente con un borde o un panolis. Porque no es lo mismo.

Cuidado eh, porque la línea que separa el descaro de la mala educación es muy fina.

 

Eso sí, no vayamos ahora a ir de finolis por la vida. Porque un peinetazo, o un mandar a alguien al epicentro de la escatología… todos lo hemos hecho. Pero eso sí, con clase, todo suena mejor, y a veces el que calla vale más por lo que calla, que por lo que expresa. Se puede ser educado con la mirada. También con la tan cacareada y poco demostrada actitud.

Recuerdo al “Campa”, un antiguo compañero de trabajo, que con su funda azul, manchada por la grasa de los reductores y los años de extenso recorrido por la vida, se cruzaba a las 5:50 la fábrica de punta a punta removiendo su café-carajillo, diez minutos antes de empezar su turno. Bien, pues él, sabedor que muchos otros compañeros, adjuntos, y demás integrantes del catálogo jerárquico de aquella factoría cervecera no le iban ni a dar los buenos días, soltaba a “maleducado pasado” un: “¡BUEN DÍA!” con un tono tan alto, que le resultaría imposible de alcanzar ni al voceras de Led Zeppelin. El maleducado, como era de esperar, sufría un espasmo del susto; siendo ridiculizado por la estridente educación del “Campa”. Se traducía aquella escena en una simple y mera lección. Servidor, contemplaba la escena mascando una galleta de chocolate, de las de papel. Y a la que el “Campa” se sacaba la petaca del bolsillo y se ofrecía para verter unas gotas de DYC en mi café… me acordaba de mi abuelo y le decía que no, que tan temprano… no. Con la diferencia, que su insistencia se resumía y simplificaba en un: “Tú te lo pierdes”.

Si eso luego, a la hora del Ángelus”.  Añadía yo… educadamente y con la sonrisa aireada en los abanicos que la picardía de la calle enseña.

 

El ‘Campa’… soltaba a “maleducado pasado” un: “¡BUEN DÍA!” con un tono tan alto, que le resultaría imposible de alcanzar ni al voceras de Led Zeppelin