Bares, qué hogares

  • Por Juan «El letrastero» desde su sección “Acuéstate y suda”
    • Homenaje de nuestro colaborador a esos ‘otros hogares’ que habitamos varias generaciones y representado por el Frankfurt Galicia

 

Empezaré confesando, o desvelando, mejor dicho, el motivo por el que esta entrega de “Acuéstate y suda” trata sobre unos determinados espacios que acaban siendo hábitats en ciertos casos.

Resulta que hace aproximadamente dos semanas, en una de sus visitas a Barcelona, mi amigo y colaborador también de este medio: Xosé Manuel Fernández (Hermanager), me envió la foto de un bar de esa ciudad en el que se era como estar en casa. Y uso el tiempo pretérito, porque ni él ni yo vivimos actualmente en la ciudad condal. Curioso me parece el caso que, al revisar la galería de fotos del móvil; compruebo que mis amistades no me mandan fotos de esa Sagrada Familia que me vio nacer, y en la que a ras de su base comencé a dar unos inconscientes primeros pasos con más mercromina que gloria. Hago un inciso acerca de esa obra de Gaudí y mi andadura por el mundo, nunca mejor dicho, pues guardo un souvenir de por vida del monumento: un tabique nasal desviado y un dedo corazón que se inclina levemente hacia un lado. Nada, cosas de crio. Pero a lo que iba: que esas amistades no me mandan fotos de monumentos, no, sino de bares. Curioso eh. Lo cual hay que analizarlo, sí, pero huelga especificar que hay establecimientos que se merecen la catalogación de monumento propio por la importancia que tienen.

Ya he comentado que hay muchos, pero ni es publicidad ni amiguismo, sino que se trata de un reconocimiento a lo que esos bares significaron, directa o indirectamente a un núcleo importante de población gallega que estaba lejos de su tierra. En mi caso, mi “home sweet bar” se situaba en la calle Córcega, y es el Frankfurt Galicia. Allí lo más normal era entrar y escuchar hablar en galego a un gran número de la clientela. Añado que el establecimiento tenía otro nombre, el no oficial: O Suso. Que así se llama su propietario. Entrar en ese bar en septiembre, a la vuelta de vacaciones, era la mejor vacuna para erradicar a la morriña.

Convertido en el epicentro gallego del barrio. Todavía recuerdo las caras palidecidas de la clientela cuando medio en broma medio en serio, Suso amenazaba con traspasarlo. Porque hay bares que son más que una barra y cuatro mesas. Hay bares que son vidas. Al Galicia acudías si te olvidabas la cartera en el trabajo y tenías que comprar algo, porque había la suficiente confianza. Si debías dejar algún encargo o paquete, también. Y cuando te invitaban a una boda… ¿Quién te podía planchar la camisa? pues se la llevabas a Geli (la mujer del propietario y berciana a la vez), y te la dejaba sin una arruga visible, lista para el primer lamparón del aperitivo nupcial. Aún tengo muy presente, que durante unos años estuve recogiendo un tupper de macarrones cada martes de lo que sobraba del menú, porque me encantaban y era una pena tirarlos a la basura; aunque siempre sospeché que cocinaban de más para que no me faltaran.

Entrar en ese bar en septiembre, a la vuelta de vacaciones, era la mejor vacuna para erradicar a la morriña

 

Esos detalles no los tienen en el Ritz, no. Ese compadreo latente de llegar a comer y compartir mesa con el de la frutería, el taxista, el peluquero, el carnicero, etc. Y que el mismo dueño se siente a comer con los comensales… eso da empaque al establecimiento, y sirve para fidelizar a una clientela que acaba siendo en ocasiones una familia. Unos asiduos al local, que organizaban quedadas en territorio gallego cuando estaban de vacaciones. Yo, a día de hoy, si paso por el pueblo de alguno de ellos, siempre suelo preguntar, por si están. Eran muchos los clientes que allí se concentraban y que luego se desperdigaban por nuestro querido córner galaico. Si Scorsese hubiese ido a degustar los almuerzos de cuchara de los sábados por la mañana… habría rodado algo inspirado allí (Uno di noi, palabra).

Cuando he vuelto a Barcelona, visitar el Frankfurt Galicia es una de las prioridades. Entrar y que te digan: ¡Juanito!, es algo a lo que me niego a renunciar, porque es rebobinar hacia un tiempo pasado, y tal y como he dejado plasmado anteriormente: es recordar esos macarrones, o que el día del entierro de mi madre cerraron el bar por asistir al funeral, o el invitarte a cenar en su casa en una nochebuena de esas en la que estabas solo, etc. Repito, eso en el Ritz no ocurre. Por cierto, en mis tres décadas como cliente habitual del Suso, no tuve la oportunidad de probar nunca una salchicha de Frankfurt, no sé si la harían, supongo que sí, pero teniendo caldo gallego, lacón y pulpo, pedir el bote de kétchup podía ser motivo de miradas que ni Harry “El sucio” igualaría. Lo cual ya deja las cosas claras: identidad propia. Si tuviese que establecer un paralelismo entre ese bar y una banda de rock… el Frankfurt Galicia sería un híbrido entre Motörhead, AC/DC y Rosendo; trasladándolos claro está, al sector de la hostelería. Por fiabilidad, sencillez, hermandad, calidad y autenticidad.

En mis tres décadas como cliente habitual del Suso, no tuve la oportunidad de probar nunca una salchicha de Frankfurt, no sé si la harían, supongo que sí, pero teniendo caldo gallego, lacón y pulpo, pedir el bote de kétchup podía ser motivo de miradas que ni Harry “El sucio” igualaría

 

A todo aquel que diga que en los bares no se aprende nada bueno, me voy a permitir el diferir al respecto. En los bares se pueden adquirir conocimientos de la vida en sí. Y también se puede conversar de cultura. Ya lo dijo el escritor gallego Juan Tallón, cuando afirmó que: “Hasta en el peor bar te puedes encontrar a Paul Auster”. O como utilizó mi madrina literaria y prologuista Fernanda Paz en mi última presentación,  en A Pobra de Trives: “Que estemos hoy aquí, es el resultado de que se puede salir de copas y hablar de literatura”. Me guardo otra entrega para el recorrido por las barras trivesas.

Un servidor, sin ir más lejos, ha creado personajes de ficción inspirados en personajes reales, de esos que suelen habitar los bares. Llegué a tener mi ruta por los antros del Raval más inhóspitos como fuente inspirativa, en los que hacerte el despistado y poner la antena captando historias era la estrategia principal. Escuchar a octogenarios con riñonera, luciendo camiseta sin mangas de Brasil, y con el nombre de Romario a la espalda… contando sus vidas, o cantando un aria de la ópera de Rigoletto a viva voz… era impagable. Si Guiseppe Verdi levantase la cabeza, le hubiese aplaudido, que es lo que hizo el personal. Documentos históricos de la calle.

Pero no quiero desviarme del tema principal. Y es que como recordaba, en Barcelona se llegó a crear entre nosotros una ruta de bares gallegos; no tan comprimida como la compostelana, que empezaba en la cafetería O París y finalizaba en la cervecería Dakar (eso sí que es un Rally), pero que cumplía su cometido a la hora de unir. Noches engullendo los gigantescos bocadillos del “Bágoa” en la Plaza Letamendi. Algunas filosofadas trasnochadas en el “Anduriña”. Las bombas y los “pancheos” en el Casiñas. Los carajillos en el “Ourense”. Las entregas en mano del “A Micro Pechado” a Manolo Piñeiro (DEP) en el bar “Morriña” de Nou Barris, los entrecots de cena “ligera” del “Navia” en Joanic. Y así un sinfín.

En ocasiones, un bar puede llegar a ser la delegación de cualquier centro regional. Puede ser embajada, o una oficina de servicios. Porque mentiría si dijese que no es cierto ese caso de: “Déjale pagado un gintonic a ese  paisano de Monforte que viene por aquí y que trabaja en *******, que seguro que te soluciona el problema con la factura esa que te quieren cobrar”. Eso no te sucede en el Ritz, no.

En ocasiones, un bar puede llegar a ser la delegación de cualquier centro regional. Puede ser embajada, o una oficina de servicios

 

Por lo tanto, amigos míos: Seguid mandándome fotos de esos monumentos por los que nos dejamos las huellas dactilares en sus barras, sus vajillas, o en sus persianas; abriéndolas a destiempo, para preguntar a más deshora todavía, si ya estaban cerrando o abriendo, como el que alberga la esperanza de la bola extra en la máquina de pinball a modo de la última cerveza. También, invito a recrear momentos como el que protagonizan Tom Waits e Iggy Pop en la película “Cofee and cigarrettes” (En algún lugar de California). Aunque no hace falta irse muy lejos, bueno… en el tiempo sí. Por lo que saquemos hierro a todo asunto, por importante que sea, visionando a Siniestro Total con su tema “Menea el bullarengue”  en el mítico “Bar Kwai”, pues ahí se encuentra la incógnita despejada de cualquier noche insomne.

“Sea tan amable y diga que le debo…”