• ‘Nada pasa porque sí’ rezaba aquella noche un cartel que colgaba de la pared de una calle escondida en Málaga…

… Me encanta esa frase. Me la tatuaría si no me obligase a explicar, en un futuro lejano e irreal, las razones por las cuales se ha caído por la ventana la radio de mi vecina mientras yo le ayudaba a programar el mando de la TV y ella estaba trayéndome galletas en agradecimiento (ES QUE PONE LA COPE A TODO VOLUMEN A LAS 8 DE LA MAÑANA EN VACACIONES POR AMOR DE DIOS QUÉ VIDA ES ESTA – y me enfado así, sin signos de puntuación ni nada, porque es que no me gusta despertarme con Carlos Herrera todos los días).

Pero la frase es preciosa. Es reconfortante. Es como una madre que te consuela cuando las cosas van mal, te reafirma cuando van bien y te empuja cuando tienes más miedo que Drácula en la sección de iluminación del Leroy Merlín. Te ilusiona, te anima y te ayuda a pensar que hay un caminito y lo bueno (o lo más mejor) está por llegar. Es guay, es bien, te hace sentirte en una película de Hollywood (o validar la que te has hecho en la cabeza, entendámonos. Esa es la opción más probable) – bueno, vale, es bonita pero os diré lo que no es: realista.

O eso pensaba hasta ayer. Porque sí, porque ha pasado. Me he enamorado. Pero de verdad, no de ‘nos acabamos de cruzar en la calle y me has mirado para que me quite pero lo he interpretado como amor puro. MIRA ESE DE ALLÍ, HERMANA, QUÉ MOTO TIENE’ (moto, literal. Me he venido al pueblo y eso embrutece, lo quieras o no, con todas las consecuencias). No. Me he enamorado de verdad de la buena.

Después de verlo por primera vez, he esperado una semana para volver a tomar contacto con él y ha respondido, no me ha dejado en visto. Cuando me ha hecho falta ha estado ahí sin peros de ningún tipo (Y EL ANILLO PA CUANDO, me pregunto). Nos hemos visto un par de veces nada más, pero sé que lo nuestro es para siempre. Me escucha como ninguno y sabe lo que tiene que hacer para que me vaya con el mejor sabor de boca posible. Nunca me ha fallado y dice que no le gusta mezclarse con otros. Tiene un sentido del humor muy ácido, pero igual es dulce y suave. No sé, es brutal todo.

Todo empezó una tarde en la que yo estaba un poco de bajón (en parte por la regla, en parte porque mi verano sabático se ha torcido un poco, pero ya no importa), y decidimos ir a pasear por la calle principal del pueblo (la ÚNICA calle principal importante del pueblo, que es la que lleva al Lidl y al Alcampo). Había una heladería ‘nueva’ (de hace tres años) que está antes de la heladería estrella del lugar. Hacía calor y no había ánimos como para andar cinco minutos más (lo sé, lo sé), así que, en un acto de osadía, decidimos sentarnos en la heladería ‘nueva’. Podríamos haber caminado un poquito más y hacer lo de siempre, pero no.

Me acerqué al mostrador y lo ví. Me miró de vuelta. Y lo supe, supe que era él.

– ‘¿Qué le pongo?’ – preguntó la heladera.

– ‘Una tarrina de helado de tarta de limón, por favor’ – respondí.

Y así fue como encontré la felicidad en un triste día de julio. Si no nos hubiéramos cansado, si no hubiera hecho calor, si hubiera estado trabajando, no habría encontrado al amor de mi vida.

Y yo que pensaba que era el menta choc, oigan. Qué estupidez.

Algún día me casaré con el helado de tarta de limón.

Guardad la fecha.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa