Drusila

Drusila

Alicante, un caluroso atardecer en época de Fogueras, las calles abarrotadas de gentes en la gran fiesta. En horas, los enormes monumentos de papel y madera iban a ser quemados.
Delegaciones de muchas partes de España se hacían presentes, desfilando con sus trajes tradicionales y sus músicas.

Ella seguía a todas las que podía, entusiasmada como una criatura, todo era sorprendente para esa Rioplatense habituada a su gris ciudad.
Era una extranjera disfrutando esa gran fiesta pagana.

Hasta que “ese” sonido la detuvo en seco. Mezclado con la algarabía le llego sin embargo con fuerza, no sólo a sus oídos, a algo dentro de ella que se sacudió como un animal dormido pronto a despertarse.

Gaitas.

la foto
Dio algunos saltitos para distinguirlas encima de la multitud, y a la distancia vio como se alejaban unos finos mástiles de madera bellamente labrada y ornamentadas con flecos sedosos, mientras el sonido también se perdía.

Su reacción sólo puede compararse con la de una laucha atrapada por el hechizo del Flautista de Hammeln, zigzagueando de calle en calle, buscaba a la voz de las gaitas que habían enmudecido, por instantes veía el fugaz flamear de los flecos de seda entre la enorme cantidad de gente.

La búsqueda se hizo complicada, parándose encima de cualquier cosa que le diera mejor visión, preguntaba por los gaiteros, donde habían ido, iba y venía rastreando. La Fiesta dejo de interesarle.

Pensó que los había perdido, y extrañamente desalentada se apoyó en un pequeño árbol. Para su sorpresa, justo cruzando la calle, vio a los gaiteros instalados en la concurrida terraza de un bar, bebiendo pintas de cerveza, riendo y hablando en un idioma que desconocía.

Con inusual timidez se les acercó pasito a pasito, y una vez frente a ellos les pidió en un titubeante murmullo que por favor tocaran una canción para ella.
No hizo falta hacerse rogar, en un instante fue rodeada por cinco gaiteros, un tambor, y una muchacha con una pandereta.

Y, de los muchos momentos mágicos que ella había vivido hasta entonces ese fue el que la marcó para siempre.

La música se derramó, increíblemente entendió de que le hablaba las voces de las gaitas, le contaron de las leyendas y gestas, de un antiguo pueblo de celtas, de mares bravíos, de bosques desdibujados por las nieblas, de paisajes de ensueño, profundas gargantas de montañas y sinuosas rías, de cuentos que quizá fueron reales, vio a Galicia, azul, verde y gris. Todo fue transmitido sin una sola palabra, los sones fueron claros en sus decires, y ella, ajena a todo eso lo entendió. Y se enamoró.

Unos minutos alcanzaron y sobraron, tartamudeó un gracias tembloroso y se marchó cabizbaja,
Los músicos volvieron a sus cervezas y risas sin imaginar la transmutación realizada en esa porteña.

Nunca dejo de perseguir ese sonido, penetrante, profundo, ni cuando regreso a su país, nunca dejo de leer leyendas, interpretar su cultura, tratar de entender ese idioma. En Buenos Aires encontró cientos de centros gallegos en plena actividad, casi todos teñidos de fuertes nostalgias, y otros activistas furiosos de políticas que no entendía.
Claro, no podía entender, ella no tenía una gota de sangre gallega.

Lentamente trató de comprender a los gallegos, descubrió que son duales, realistas hasta la exasperación y al mismo tiempo con todo tipo de pensamientos mágicos.
Que difícilmente contesten a una pregunta si no es con otra pregunta.
Que tienen una socarrona forma de bromear que llaman retranca.
Y que en muchos de ellos sigue viviendo el celta lanza en mano.
También que jamás los entendería del todo.

Nunca pudo ella viajar a Galicia. Siguió siendo un gran amor océano por medio. Un amor que jamás sería correspondido. No le importó.

Porque que a ella, con sólo escuchar su música, le alcanzaba y sobraba para soñar con esa tierra mágica.

Texto e imagen: Sonia Drusila Trovato Menzel