Drusila

Drusila

Terremotos, tsunamis, huracanes, tornados, erupciones volcánicas, se dice que el planeta se sacude cual perro saliendo del agua para quitarse de encima a la molesta humanidad. El hombre no es tan importante como para merecer semejante reacción. La geología cuenta una larga saga de acontecimientos catastróficos, la tierra fue durante gran parte de su historia un verdadero infierno según el concepto humano, y nada asegura que no vuelva a serlo.

Los periodos de tranquila estabilidad fueron escasos, ahora se esta transitando por uno de ellos, lo cual no significa que sea la normalidad, que así debe ser. En tiempos terrestres hace sólo unos segundos que término la última glaciación, y todo ese Armageddon no tuvo como protagonista al homo sapiens.

El hombre se coloca en el centro de todo, universo, sistema solar, creación, y suprema muestra de supuesta valía, centro y causa de la destrucción total. Se dice, que si las hormigas desaparecieran de un día al otro, la catástrofe ecológica sería inmensurable, en cambio, si la humanidad desapareciera, no pasaría nada.

En la mente colectiva va formándose una ambigua idea, la naturaleza mira ceñuda a los seres humanos, urde conspiraciones espeluznantes, pronta a descargar su furia. Enemiga, jueza y justiciera, más temible que el Jeovha exterminador, una idea pueril. El hombre es un depredador singular, al contrario de los otros depredadores no cumple función alguna en beneficio del orden de la vida.

Improductivo, mugriento, logró la extinción de más de un centenar de especies, desertificó densas forestas, contaminó ríos, deja a su paso guano estéril, un animal inútil, nada aporta al sistema equilibrado o desequilibrado y en constante fluctuación mucho antes que el primer homínido se alzará sobre sus cuartos traseros. A propósito, se entiende como equilibrio natural cuando las condiciones geológicas y climáticas benefician y hacen más confortable la existencia humana. Sin embargo, erupciones volcánicas, tormentas colosales y, porque no, una nueva glaciación también son actividades normales de la tierra. Y por cierto equilibradas.

Dicho esto, el hombre es sólo un bicho más, y en muchos aspectos inferior en importancia a las bacterias, y se irrita por no poder doblegar la vida a su total voluntad e interés. La naturaleza no es amiga ni enemiga, sólo es. Y por cierto, mucho más poderosa que la humanidad, eso asusta y desconcierta a quien fue hecho a imagen y semejanza de su dios. En su estupidez busca doblegarla o protegerla, antes de protegerse de si mismo. Clama por la protección del medio ambiente, trata al mundo como si fuera frágil y el mismo pudiera aniquilarlo de una patada, pero, ningún jurado de animales y plantas lo nombro protector.

Lo que es cierto, sin lugar a dudas, es que fue expulsado del Edén, pues cuando consiguió ponerse de pie, miro al resto de la creación, se convenció que todo ello era de su propiedad y servicio, y perdió el paraíso de la Santa Animalidad.

Detalles son detalles, y es necesario detenerse en ellos. Subido a un endeble trono de lata oxidada, con bolsas de plástico cayendo en insólita nevada, sobre una tierra agrietada, surcada por riachos de petróleo derramado, el hombre mira con placer morboso el enchastre por el creado. Montado en su soberbia, imagina su gran obra, la destrucción planetaria.

Es superflua tanta teatralidad, no logrará el cataclismo final, lo máximo y seguro que puede aspirar es a la aniquilación de su propia especie. El planeta tiene el poder de curarse a si mismo, hasta de la radiactividad, si estallara una guerra nuclear a nivel mundial, pasado un par de milenios más o menos, luciría un nuevo y exuberante verdor, y muchos animales desaparecidos, si, y muchos otros de nueva estirpe. Y una ausencia, la humanidad.

El punto es que el hombre tendría que aceptarse como una especie más, abandonar el ridículo complejo de hijo único, darse cuenta a pesar que hiera su ego que por más que contamine, ensucie, y desbaste por sádica satisfacción de creerse amo poderoso, la vida sigue, y seguirá tranquilamente sin el.