Drusila

Drusila

La provincia de Buenos Aires tiene aproximadamente la superficie de Italia.
Su geografía, en la mayor parte, es la denominada “Pampa Húmeda”, nombre no puesto al azar. Beneficiada por innumerables lagunas, arroyos y ríos con traza zigzagueante, forman una intrincada red fluvial conectada entre si. La suave pendiente del enorme territorio los hace fluir hacia el Atlántico.
Las lluvias, en general regulares, se acrecientan desde octubre hasta mayo, algunos años más copiosas que otros, con los lógicos aumentos de cauces y anegamientos de campos.
Así ha sido desde cientos de miles de años atrás.

Con el numeroso arraigo de poblaciones, la provincia dividida en 135 municipios, el armónico discurrir de las aguas fue alterado por poblados, carreteras y ciudades.
Sin planeamiento, sin considerar que cada tanto la naturaleza regula mayor cantidad de tormentas, la mega ciudad se extendió, con sus satélites urbanos diseminados por doquier.
Los antiguos cristalinos ríos fueron acumulando la basura propia de los pobladores descuidados y los servicios públicos más descuidados aún.

Toneladas de desechos, coches abandonados, muebles, cascotes de obras y roña fueron arrojados por décadas y en forma creciente a los ríos, tanto que Japón podría terraformar una isla de buen tamaño con eso. Las aguas, al encontrarse con diques monumentales de desperdicios, buscan siempre la pendiente natural hacia el mar. Anegan tierras que jamás se inundaron, o sencillamente quedan estancadas saturando la tierra y contaminando las napas subterráneas, obviamente cada vez más altas y menos permeables.

Cuando el agua entra a campos de cultivo, sus dueños sencillamente construyen canales que drenan sus tierras, hacia las tierras de los vecinos, claro. Y así, lo que en muchos países sería una bendición, en Argentina se transforma en catástrofe.

Nunca ningún gobierno tomo la tarea de crear canales hídricos lógicos, limpiar los centenares cursos de agua podridos de basura, jamás se implementó un plan de infraestructura que permitiera no sólo el normal curso del agua, si no que se pudiera almacenar para las épocas de sequía. Librada a su caótica suerte, año a año, la Provincia de Buenos Aires sufre en forma creciente el flagelo de las inundaciones, con no sólo las importantes pérdidas económicas y el sufrimiento de las personas, ademas con pérdidas de vidas humanas y animales.

Los políticos, quienes se destacan por su habilidad en echar culpas, arremetieron con el discurso del cambio climático. Pero esa excusa no es válida aquí, hoy se echan las culpas unos a otros, se pelean con elegancia propia de una prostituta de burdel. Cada municipio culpa al vecino, o intentan pequeñas obras más bien de maquillaje que en vez de solucionar empeoran las condiciones.

Hoy, 3 de Noviembre, en la Provincia de Buenos Aires se cuentan casi cinco mil evacuados, no hubo un tifón, no se produjo un diluvio bíblico, sólo una tormenta fuerte. Y, lo peor, es que ciertos poblados y ciudades van por la inundación número dieciocho en el año. Eso si, se han aprobado y enviado muchísimo dinero para las obras. Ninguna de las dos cosas están.

Tampoco se ve gran presencia de estado en medio de la desgracia, estado ausente salvo en la avidez para cobrar impuestos o lanzar discursos épicos.
Son las mismas gentes, los damnificados, quienes se ayudan entre si como pueden, unidos en la desesperación, se organizan, comparten comida, ropa, y montan guardia en los techos de las casas para cuidar lo poco que el agua les ha dejado. Es que encima son víctimas de robos.

Los gobernantes, por suerte, tienen sus moradas en tierras altas.