IMG_2424El barrio de la Recoleta alberga desde el siglo XIX a ilustres ciudadanos o ciudadanos sin lustre pero con fortuna. Es elegante, palacetes alternando con modernos rascacielos, tiendas sofisticadas, y vecinos de buen pasar. También alberga una particular necrópolis llamada Cementerio de la Recoleta. Es un sitio particular que prueba que muchas mortajas sí tienen bolsillo ya que los mausoleos compiten entre sí. Cual más magnífico, más ornamentado, más costoso y hasta bizarro.

Una ciudad de los muertos extremadamente lujosa. Descansan allí los restos de familias patricias, políticos, presidentes y demás yerbas. Una serie de bares, discotecas, restaurantes, con todo su bullicio nocturno y diurno, rodean al, por supuesto, silencioso cementerio.

Ahora bien, este lugar no es un camposanto, no es “tierra consagrada”. Alrededor de 1850 fue sepultado allí un localmente conocido masón que no aceptó los últimos sacramentos, el arzobispado de Buenos Aires, ofendido, no autorizó que sus restos reposaran en La Recoleta, sin embargo el entonces presidente Mitre, amigo personal del difunto decretó enterrarlo igual. El arzobispo, en el colmo de la indignación, retiró la bendición a la necrópolis, que técnicamente es solo un “osario”.

Muchos masones decidieron comprar su último territorio en ese lugar. Y se ven en sus mausoleos los símbolos de sus órdenes y distintos comentarios sarcásticos sobre la religión católica.

Entonces, quizás por su condición de tierra no bendita o por sus majestuosas calles internas pobladas de bellas construcciones, estatuas, monumentos, altos y bajorrelieves, el cementerio de la Recoleta genera más historias de fantasmas que cualquier mansión embrujada que como tal se precie.

La más conocida es la de la dama de blanco. Es una figura fantasmal que habita, supuestamente, en cementerios de todo el mundo. Toda necrópolis de cierta categoría debe tener su dama de blanco. Se la ha visto en Escocia, en Roma, en París, en España, en Tokio. Buenos Aires no podía ser menos.

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Cuenta la leyenda que a  la joven Rufina Cambaceres, la noche que cumplía sus 19 años mientras se estaba engalanando para acudir a un concierto en el teatro  Colón, su padre le regaló un maravilloso collar de esmeraldas. La muchacha encantada se colocó la joya y tras recibir un abrazo de su emocionada madre, sencillamente, cayó muerta.

Tres prestigiosos médicos de la época confirmaron que la doncella, efectivamente, estaba bien muerta.

Su cuerpo fue depositado en el mausoleo que la familia poseía en el cementerio de la Recoleta, vestida con su traje de gala de seda blanca y el collar de esmeraldas en su cuello.

A los tres días la cripta no estaba tan silenciosa como se suponía debería estarlo. Gritos ahogados, ruidos, un alboroto muy fuera de lugar. Tanto que la familia de la joven Rufina fue avisada.

Acudió presuroso el padre, acongojado aún por la muerte de su hija y preocupado por el destino del fabuloso collar que suponía estaban intentando robarle a la difunta.  Saqueadores de tumbas los hubo en Egipto y, ¿por qué no?, en Buenos Aires también.

Grande y desagradable fue la sorpresa cuando encontraron el ataúd de ébano movido y a su ocupante arañada, boca abajo, su bello rostro petrificado en un rictus de horror, por ser sepultada viva. La joven Rufina fue así muerta dos veces. Dicen que uno de los pocos casos de catalepsia probados.

Ahora bien, esta triste historia dio origen a suculentos chimentos y mórbidos cuentos de fantasmas.

Los chimentos de la época se dirigían contra la madre de Rufina quien, según las malas lenguas, era amante del entonces novio de Rufina, y para que sus encuentros amorosos se mantuvieran bajo sigilo y en paz, la mujer, narcotizaba a toda la familia, y esa noche en especial se le fue la mano con Rufina dándole una sobredosis encima antes de tiempo. Por cierto, el novio y supuesto amante de su suegra se llamaba Hipólito Yrigoyen, futuro presidente de la nación. En cuanto a las historias a las que si debamos darle más crédito, que son, obviamente, a las de fantasmas, la bella Rufina se convirtió en la Dama de Blanco.

Múltiples testimonios dan cuenta de sus apariciones en los caros restaurantes de la zona, en las discotecas, seduciendo a jóvenes deslumbrados por su increíble collar de esmeraldas. Taxistas, diarieros, camareros, desde hace más de un siglo juran y perjuran haber tenido un encuentro con la pálida doncella.

En las últimas décadas se le dio un aspecto más tenebroso aún, con la inquietante cualidad de vampira.

La joven Rufina no sólo parece dedicarse a asustar sino también a chupar sangre. Posiblemente por la compañía de difuntos políticos que la contagiaron de su vocación.

Otro caso interesante es el de un joven cuidador, humilde inmigrante, que trabajaba dentro de la necrópolis. Su sueño era poseer su propia tumba entre las de las encumbradas familias.

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Trabajó duramente durante muchos años ahorrando el dinero que le permitiría construir una impactante última morada. Mandó a elaborar una estatua de sí mismo en Italia, mostrándolo con sus herramientas de trabajo. Una vez finalizada la costosa obra, el ya no tan joven pasaba sus días embelesado frente a su tumba hasta que de tan ansioso que estaba por estrenarla, se suicidó.

Dicen que la estatua que representa al trabajador ostenta una singular sonrisa de satisfacción que el escultor nunca había tallado.

Fastuosos mármoles modelados por renombrados escultores, creaciones arquitectónicas de un preciosismo embriagador, callejuelas impecables donde todo es blanco o dorado, esta ciudad de los muertos donde reposan más de 20 presidentes, una presunta heredera de Napoleón Bonaparte, héroes y villanos, todos con el denominador común del poder y fortuna, mortales pero no iguales a los demás mortales.

Entre sus 350.000 moradores sólo uno descansa con el título de lo que fue en vida… sirviente, Rita Dogan, liberta que obtuvo tal honor en recompensa por su fidelidad a la familia para la cual trabajó durante casi toda su vida. Es de desear que esa pobre alma no siga prestando servicios para los otros 349.999.

Pero vayamos a lo  nuestro, sigamos con los fantasmas. También yace un conocido matrimonio del siglo XIX que no tuvo ni una disputa durante los últimos 40 años de su vida conyugal dado que no se dirigían la palabra. Cuentan las crónicas que la situación en vida de ambos generaba múltiples incomodidades a su familia, quiérase o no, algo debían comunicarse entre ellos y por lo tanto recurrían a terceros. El esposo fue el primero en fallecer y su monumento lo muestra orondo y feliz en su sillón. La esposa muere pocos años después, con órdenes estrictas de que su estatua le diera expresamente la espalda y con el gesto más despectivo posible a su cónyuge.  Y así quedaron representados.

Parece ser que en el más allá también hay recados que hacerse para lo cual estos dos espíritus beligerantes utilizan a los desprevenidos paseantes para que le comuniquen algún mensaje al otro, tal cual lo hicieran en vida. Más de uno se sobresalta al escuchar claramente una agria voz femenina que susurra a su oído “dile a ese que se aparte porque voy a pasar” o “dile a ella que no aparezca porque estoy en tertulia con mis amigos”. Aseguran haber cronometrado a algunos batiendo el record de Usain Bolt.

Como ya hablamos de la condición de tierra no consagrada allí descansan suicidas, asesinos, masones y una muchacha que en su momento conmocionó a la sociedad porteña enamorándose y consumando su amor, sacrilegio obsceno si los hay, hubo y habrá, de un cura, encarnado por Imanol Arias en la película que lleva su nombre por título: Camila, de apellido O’Gorman. A los 19 años subyugada por el cura Ladislao Gutiérrez, huyeron juntos a la provincia de Corrientes. Convivieron en concubinato bajo nombres falsos. Así y todo, fueron denunciados. Siempre hay ojos vigilantes de la moral. Y sin más trámite fusilados por orden de Juan Manuel de Rosas, presionado por múltiples voces quien cargó con los 3 cadáveres, ya que ella estaba embarazada.

El mausoleo de la familia O´Gorman luce hoy día, vetusto, sin ornamentos, sobrio y desolado.

Dicen que dicen que la tristeza de Camila es tal que trasciende la muerte y sus pálidos gemidos claman por su Imanol, perdón, Ladislao enterrado bocabajo vaya a saber en que basural de la provincia de Buenos Aires.

¿Por qué tanta actividad paranormal en la Recoleta? La respuesta es evidente, estos difuntos han tenido una vida, en su mayoría, colmada de lujos y placeres. Es difícil conformarse con la nada cuando se tuvo todo. Y también es difícil resistirse a admirar los monumentos de si mismos con pomposos epitafios por más espíritu polvoso que se sea.

 

Drusila

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Artículo por Sonia Drusila Trovato Menzel

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