Alba Novoa

Alba Novoa

Nos obsesionamos con las cámaras. Las de vídeo, las de fotos, las de los móviles. Nos obsesionamos tanto con ellas que hasta compramos palos para hacerlas (soberana estupidez. He dicho). Le damos tanta importancia a las imágenes que tomamos con estas máquinas que intentamos guardar todas y cada una de nuestras vivencias en una pantalla (ahora que somos tan modernos de la vida). Las queremos todas, no queremos perder nada. Pero, de ese modo, las perdemos todas. Pierden su sentido. Son una mera forma plasmada en un papel.

Crecí en aquella época en la que llevar la cámara (como objeto independiente, ojo. Mi teléfono móvil, cuando conseguí tener una cámara de fotos en el móvil, hacía fotos que parecían sacadas del Minecraft) al instituto era de ser muy guay de la vida. Por suerte, o por desgracia, no tengo cada momento de mi infancia-adolescencia guardado en un marco digital. Tengo una ciudad.

No, no he dado un ‘golpe de ayuntamiento’ (si vale ‘golpe de estado’, vale ‘golpe de ayuntamiento’ desde ya). Tengo mi ciudad. Es única, preciosa y mágica. Única, porque no hay dos iguales (por lo menos, no tiene réplica en China, como París). Preciosa, porque hay que esforzarse para no quedarse embobado ante esa playa. Mágica, porque sólo con respirar me traslada a mil lugares diferentes:
A aquellas dunas en las que hicimos todos la croqueta. A aquella tarde en la que (por fin) terminé la colección de peluches de los Fruttis. A aquellos recreos en los que cantábamos en los bancos. A las tardes de biblioteca en las que nos inventábamos mil historias. A los batidos de mango a las doce de la noche. A la tarde que me quedé en la academia toda la tarde. A su olor a la salida del partido. Al primer partido. Al primer beso. A la primera merienda del primer día de cole. Al día que hice que me echaran de clase de música para estar con él. A las clases por la tarde. A los eternos dilemas de Super Pop (la solución a los problemas de la vida siempre estaba en sus tests, obviamente). A los cantos de las gaviotas (en estéreo, escuchables en toda la ciudad). A los días que diluviaba y me esperaba bajo la cabina para bajar juntas los últimos cinco minutos de trayecto hasta el instituto. A los últimos Donettes que comí junto a él antes de irme. A las manzanillas para el dolor de barriga (mentira, sólo quería saltarme las clases de inglés). A los paseos eternos con charcos en las zapatillas.

Es abrumador poner un pie en mi ciudad. Los recuerdos te bombardean a cada paso que das. Tanto que a veces te arrepientes de haber vuelto. Pero, qué bonito es cerrar los ojos y volver, aunque sea por un instante. Dejar que te invada la sensación y volver. No guardo fotos o vídeos de esos momentos. Quizá sea eso lo que los haga preciosos (de bonitos y de valiosos).

Nos obsesionamos con buscar una cámara con muchos megapíxeles, pero nos olvidamos que la mejor cámara que podemos adquirir la llevamos incorporada.

Los ojos. Hablo de los ojos. Y del resto de los sentidos también.

Feliz año, hombres y mujeres de bien.