Alba Novoa

Alba Novoa

A veces pienso que no soy actriz. Lo prometo. No es que esté buscando un pretexto para escribir sobre mi profesión como lo hace cualquiera que quiere llamar la atención mientras espera un proyecto nuevo, o que busque palabras de ánimo vacías y sin sentido para inflar mi ya demasiado inflado ego. Es que me observo y no me veo. Es como cuando estás en el instituto y ves que no acabas de encajar en el grupo de amigos superguay ese que sale todos los fines de semana de botellón con trece años. Yo no me veo en ese grupo de actores superguays, supertalentosos y supermaravillosos que están todo el día fardando de lo buenos que son.

Oye, y no se cansan. Es como si fueran menos actores por no echarse flores. Y te dan clases a tí (oh, pobre ignorante), de cómo ser mejor actor a través de las redes sociales. Por todos es conocido que la calidad interpretativa de uno depende directamente de cuantas actualizaciones hagas en Facebook sobre tu último espectáculo. O de cuantas veces cambies al mes tu foto de perfil. O de cuantas veces compartas tu página de actor en tu perfil, suplicando ‘likes’ como quien no quiere la cosa. Cada vez que intentan convencerme de que la carrera de un actor se basa en la autopublicidad al 80%, en
respuesta, cito a dos de los cantantes de más peso en los 40 principales en la última década: Alejandro Sanz y Shakira, con su ‘Te lo agradezco, pero no’. Es una frase profunda, clara y corta. Debería producir un efecto concreto en ese/esa gurú de la interpretación (‘me vas a perdonar, pero soy subnormal, no quiero tu ayuda, quiero llevar mi carrera a la miseria más grande que se haya visto jamás’), pero no lo consigo. Sólo consigo que me miren por encima del hombro con compasión.

Después tenemos a los ‘Yyomás’. Ya. Ya sé que existen fuera del teatro, que no somos tan especialitos los actores (adoptad a un psicólogo. Ellos si que son especialitos y necesitan mucho cariño, hacedme caso). Da igual lo que tu cuentes, ellos siempre tienen una historia igual o mejor. Me gusta imaginar que juegan al poker y tienen la filosofía de ‘veo tu apuesta y la subo’. Es menos triste que pensar en la hipótesis de la baja autoestima y la necesidad de ser más que los demás. Por ejemplo: ‘Tia, de pequeña me vestían siempre de azul’ – ‘Ay, a mi también, qué casualidad’. ‘Pero, ¿sabes? Yo es que iba a ser un chico hasta un par de ecografías antes de que naciera’ – ‘Bueno, es que yo casi nazco con dos penes, pero al final no. Nací con dos tetas’. Ha ocurrido de verdad.

Ojalá no me pase nada, pero me encantaría palmarla cayendo de la planta 800 de un rascacielos en Dubai, golpeándome con ventanas; que, a la altura del piso 400 me alcance un disparo de una disputa extraña entre Schwarzenegger y Bush; después, que una gaviota me arranque un brazo de un bocado y el resto de mi persona caiga sobre un avión que me lleve hasta la pista de tenis esa que está en el aire, sobre el mar y me lancen con una raqueta hasta la otra punta de la ciudad. Y que, cuando me traigan de vuelta y me estén bajando del avión, se les caiga mi cuerpo (mis familiares me perdonen) del ataúd.

Tengo ganas de palmarla así para invitar a todos los ‘YyoMás’ que conozco al funeral y puedan fardar de cómo les ha pasado lo mismo. Pero peor. Si eso llega a ocurrir, primero, no os preocupéis por mí, el primer golpe hará que quede inconsciente y no sufriré; segundo, grabad a todos los desgraciados esos de mi funeral y subidlo a Youtube. Buscad partners y os haréis millonarios. Esa será mi herencia para vosotros.

Bueno, en realidad, gracias a ellos será mayor.