Paseo. Llevo manga corta y estoy sudando como una pata de jamón serrano. Es mediodía, tengo hambre. Voy tranquila, pero no debería – ya he empezado el curso y tengo que estar en clase a mi hora. Que nadie me va a regañar, vale, pero soy la profe y queda feo si llego tarde. Empiezo a hacer recuento mental de niños, a intentar recordar los nombres de los nuevos, a jugar a ‘qué libro va con qué grupo’. Eso yo, que no me acuerdo de qué he dicho esta mañana que iba a comer hoy.

Ensalada, eso era: canónigos, rúcula, tomate, maíz, zanahoria, aceitunas, huevo, pimiento, pavo, pollo empanado y morcilla (podéis decir todo lo que queráis, pero el ratio ‘verduras – morcilla’ está bien equilibrado. Y PUNTO). Cambio el rumbo. Camino hacia el supermercado y mientras tanto, sigo dándole vueltas al tema de las clases – ¿cómo lo hago este año para que los libros no se conviertan en una maratón? Un guiri pasa a mi lado con una tarrina de helado en la mano. ‘¿Dónde va el chalao este?’, me pregunto antes de darme cuenta de que una gota de sudor recorre mi espalda de arriba abajo. Es como si mi cabeza no asociase comer un helado con pensar en las clases – lo cual tiene sentido porque empiezan en Octubre, mes de cárdigans, manguitas tres cuartos y brisillas ninja que dejan resfriados por todas las esquinas.

Y es Octubre, pero no es como todos los años – hace calor y no lo proceso, no lo asocio, no lo acepto. Lo llevo tan mal que, como aún no me había resfriado a estas alturas, el otro día me eché una siesta al aire libre en medio del monte en el descanso de un rodaje nocturno. Al día siguiente, pronunciaba las ‘v’ como ‘m’ y las ‘p’ como ‘b’ – lo había conseguido, había ganado al mismísimo otoño.

Llego al supermercado. Cojo las verduras, el embutido, la carne. Me dirijo a la zona de los huevos y algo me deslumbra por el rabillo del ojo. Hay un olor impropio de ésta estación, no logro reconocerlo. Giro la cabeza y lo veo: TURRÓN. MANTECADOS. ALMENDRAS RELLENAS. BOMBONES. PRODUCTOS NAVIDEÑOS A GRANEL. Me quedo quieta durante un momento – mira que lo de pensar lo llevo regular, a ver si he forzado la máquina, ha petado y ahora veo cosas que no son. Para comprobarlo, le pregunto a una dependienta: ‘perdone, los roscos de vino, ¿dónde están?’. Me señala a su izquierda, me niego a mirar. Le doy las gracias, suelto todo y salgo corriendo.

Aunque tengo poco tiempo, decido ir al Primark a comprarme una camiseta que me hace falta. Llego, veo, cojo, bajo a caja. Mientras espero en la cola, escucho un sonido un tanto particular. Asomo la cabecita y: ESPUMILLÓN. ADORNOS. BOLAS BRILLANTES. FIGURAS DECORATIVAS. Suelto la camiseta en el suelo y, una vez más, salgo corriendo. Tengo convalidado el gimnasio hasta Agosto y una deshidratación que ni en feria.

 

Voy a comprarme un gel a la tienda de los geles. Me llama la atención un stand en el centro de la tienda. Me acerco: CALENDARIO DE ADVIENTO. Huyo. Soy Flash Gordon ya.

Llego a casa. Cierro la puerta. Me apoyo en ella. Hiperventilo. Cuando recupero un poco, miro el calendario: 16 de Octubre.

No entiendo la prisa. No entiendo el agobio. No entiendo las ganas de comer tanto turrón, de adornar tanto y tan pronto. Madre mía, un respirito, por favor, que con esto de adelantar las fiestas nos queda el canto del pelo de un calvo para hermanarnos con Disneyland (acabo de mentir, porque en Disneyland por lo menos hay HALLOWEEN – ‘Samaín’, ‘Noche de los muertos’, o cómo queráis llamarlo).

No he superado el shock todavía. No he vuelto a encender la tele: ¿Y si me encuentro con el especial de Raphael y dura hasta el 24 de Diciembre?

No puedo con la idea.

Por si acaso la idea puede conmigo, os lo digo ya.

Feliz navidad.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa