O Cebreiro

 

Hace muchísimo, corriendo el tiempo de nuestros tatatatarabuelos, cuentan los lugareños de localidades aledañas al Cebreiro que un jinete alemán cuya pretensión era llegar a Santiago a venerar al Apóstol se perdió en el monte. Procedía de A Veiga de Valcarce y se equivocó de camino antes de llegar a A Faba. Intentó volver a encontrar su itinerario transitando por sendas y “corredoiras” sin conseguirlo, hasta que cayeron las primeras sombras de la noche.

Dispuesto a descansar hasta el alba a la intemperie, se cobijó en un claro bajo la luminosidad de la luna. De repente, escuchó un silbido tal como lo profieren los pastores de la zona para reunir a sus rebaños. Después de tener como única compañía el desagradable “trino del cuco”, le llamó poderosamente la atención este sonido melodioso en medio de la quietud nocturna.

Tras unos momentos de oír algo semejante a una tonadilla, decidió ponerse nuevamente a horcajadas encima de la caballería. Entonces, ya que la cancioncilla se iba alejando, procuró ir en pos de ella. No sabía cuál sería su destino pero, tras un largo trecho, se convenció de que alguien trataba de guiarle. No se dio cuenta apenas del transcurso de su periplo, ascendiendo y descendiendo constantemente.

Llegado a un punto donde se ampliaba el horizonte, el sigilo más absoluto tornó alambiente. Miró al frente y creyó adivinar un espacio habitado: los pasos de su caballo lo encaminaban directamente hacia la aldea jacobea. Estaba entrando en el conjunto de pallozas de O Cebreiro.

Fue entonces cuando fue a orar y agradecer el favor al “Santo Milagro” (Nuestra Señora Santa María la Real) y se retiró a dormir, con el firme anhelo de volver a sentir y ver a su benéfico acompañante.

Con el albor del día siguiente, el peregrino se dirigió a la búsqueda de su inesperado samaritano que le había prestado tan gran servicio, internándose por todos los lugares cercanos en los que se pudiera hallar. Su exploración duró varias horas sin ningún resultado ni rastro alguno en que fiarse.

Retornando a la sagrada ermita serrana se dedicó a inquerir a sus pobladores en torno a un ser que, dedicándose al pastoreo, era el salvador de los que se desviaban de la ruta en la oscuridad. Nadie fue capaz de proporcionarle ni una señal ni otra indicación, por nimia que se considerase.

Sin embargo sí que fue calando en el interior de las gentes, por la descripción de las circunstancias y los ritmos y acordes referidos, que el Gran Faro y Norte de este trazado concreto únicamente es posible identificarlo con San Antonio (patrono y protector de los animales y bestias).

ADDENDA: “El responso”.

Pocos años ha que todavía existían en las poblaciones del área de Ancares, El Caurel y el Cebrero unos personajes, típicos “santones”, que poseían poderes de adivinación respecto a la cabaña ganadera y otros utensilios y pertenencias de las casas. Eran denominados “responsadores“. Su sabiduría era hermética, cuasi sacrosanta. Y es que, de lo poco que se ha logrado conocer, su relación transcendente la mantenían con San Antonio.

El ritual incluía rezos y meditaciones al objeto de alcanzar el don de la videncia. Por ejemplo, una manada de lobos atacaba a un rebaño e interesaba localizar a un buey. La especie de “santos espirituales” recibían el encargo de dar con él y, con una enorme discreción, comunicaban al solicitante la solución o previsión. Doy fe que en diversas ocasiones fuitestigo de su veredicto auténtico y verdadero.

En conclusión, quizá por su ubicación geográfica o aislamiento – o tal vez producto de la ignorancia-, algo especial y creíble hay en la devoción a San Antonio: la constatación del paradero o situación física de una llave olvidada o la predicción de la curación de “cerdos de ceba” son realidades que ha experimentado el que esto relata.

M.B.T.G.- El eco del Bierzo.