Drusila

Drusila

Joaquín Sabina tuvo su agosto durante casi todo septiembre en Buenos Aires. El cantautor andaluz supo crear desde hace tiempo un fuerte vínculo con su público porteño, sabe seducirlo y dejarse seducir.

Y esa intensa relación se manifestó claramente en cada una de las diez presentaciones ofrecidas en el Luna Park, emblemático escenario de entronización por excelencia, tanto de músicos locales como de otros países.

No es fácil llenarlo, y menos diez veces.

Nombrado “Huésped de Honor de la Ciudad” se le vio relajado y feliz, elegante duende nocturno, traje verde y bombín, disfrutando del espectáculo tanto como su público.

Estableció su diálogo emocional con gran arte. Bromas, risas, y las canciones de 500 Noches para una Crisis, su décimo cuarto trabajo.

Impecablemente acompañado por sus músicos, ofreció todos los shows con la misma maestría. Y obtuvo la devolución de cientos de voces en entusiasmado coro.

La ironía, como arma defensiva ante fuertes dolores del alma, hecha poema, tiende a sublimarse y convertirse en potentes emociones que invariablemente son identificadas a experiencias personales por distintas gentes con distintas historias.

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Por eso, quizás, el arte de Joaquín Sabina pertenece de manera íntima y privada a sus seguidores, como si el artista reflexionara al oído de cada uno, en un diálogo íntimo y personal.

Todo, en esas tantas presentaciones, llevaban su sello tan particular, hasta sus dibujos, proyectados en pantalla gigante, crearon la escenografía.

Respetado y querido, ese andaluz medio porteño como le gusta definirse, dejo el recuerdo de lo que debe ser un gran show.