Drusila

Drusila

En el noreste de la provincia de San Juan existe este sitio extraordinario, que la Nación Diaguita, hoy extinta, al menos como Nación, lo llamó Ischigualasto, significa “Lugar de Muerte”.
El hombre moderno lo llama Valle de la Luna.
De unos ciento cincuenta kilómetros cuadrados, forma parte de una antiquísima cuenca de seis mil kilómetros cuadrados.
Declarado Patrimonio Natural de la Humanidad, desnuda formaciones geológicas, y una reserva paleontológica del Triasico, sembrado de fósiles, es un cementerio al descubierto.

El lugar explota con sobrecojedora belleza, las piedras que el viento talló durante siglos, se elevan tomando diversidad de formas, los colores de los distintos estratos contribuyen a aumentar la fascinación, los amaneceres y atardeceres esplenden, y el silencio se impone.
La cúpula de las noches límpidas se apoya en ese valle, y el cielo ostenta tres dimensiones.
Sin embargo, es tan bello como hostil, temperaturas extremas, árido, con escasa vegetación.
La fauna es reducida, liebres, guanacos, zorros, y a veces bajan los majestuosos cóndores.

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No hay grandes diferencias de alturas, sin embargo, domina un volcán extinto, llamado cerro Morado, formado enteramente por lava. De unos mil ochocientos metros, visto desde el oeste asemeja notoriamente el perfil de un indígena acostado boca arriba.

Siendo literalmente un cementerio del Triasico se siente la solemnidad de una catedral sin muros.
Muy cerca de allí, el paisaje cambia radicalmente, con otros valles, pero de fisonomía opuesta, fértiles, verdes, el contraste asombra.

La ciencia explica el fuerte cambio en tan poca distancia, y las leyendas también.
Se cuenta que Ischigualasto era un sitio acogedor, lleno de vida y vegetación, poseía una singularidad, un pequeño ojo de agua con propiedades sanadoras.
Los indígenas lo conocían bien, era un sitio sagrado, y acudían con gran respeto solo para salvar a jóvenes valientes o virtuosos o niños inocentes señalados por el chamán. A algunos las aguas no hacían efecto, lo cual era respetado como una decisión.
No abusaban del don de esas aguas, entendían que la vejez o el destino debía seguir su curso y nadie tenía el derecho de cambiarlo.

Cuando la Conquista, arribó al lugar un paupérrimo grupo de soldados españoles, gentes enfermas de cuerpo y alma, a golpes de espada arrancaron el secreto del ojo de agua a los indígenas.
Sin prestar atención a la sacralidad del lugar, ni a los ruegos de los pobladores para no mancillarlo, todos ellos se arrojaron a las, hasta entonces, límpidas aguas.

Todos ellos portaban pestes desconocidas allí. Las aguas nada hicieron por ellos. Salieron, mojados, tan enfermos como entraron.
Furiosos, creyéndose burlados, terminaron de pasar por sus oxidadas espadas a los pocos indígenas que lloraban desesperados, no por sus muertes inminentes, si por ver como el agua se enturbiaba sombríamente.
Luego, cometieron el último acto de odio irracional, orinaron y escupieron al manantial.

Pachamama, Madre Tierra, Gaia, reaccionó con temible cólera ante la afrenta, ese sitio era un regalo para el hombre justo, Pachamama entendió que los hombres no lo merecían ya.
Una grieta absorbió rápidamente el ojo de agua, luego, capa tras capa de vegetación y tierra fértil fue eliminada, hasta dejar a la vista el antiquísimo sitio de muerte.
El mensaje fue claro, nada es para siempre, gigantescos esqueletos de criaturas poderosas quedaron expuestos, fósiles de plantas exuberantes, cursos de caudalosos ríos secos para siempre, el reino de la piedra árida y nada acogedora mostró sus colmillos, los soldados no lo entendieron.

 

Sonia Drusila Trovato Menzel