Drusila

Drusila

La perra sentía el inminente parto, y dio todas las señales convencionales a su humana- cazadora. Arañaba la puerta de madera de la madriguera grande, tanto para entrar como para salir, sin descanso. Cavaba pozos por todo el jardín, era claro que preparaba distintos sitios para parir. Pero, su humana- cazadora ignoraba las señales.
La perra jamás comprendió como siendo tan buena cazadora carecía totalmente de olfato.
Los demás perros de la jauría se mantenían a prudente distancia, ya que el olor del nacimiento era muy fuerte.
La perra quería parir dentro de la gran madriguera, era uno de los lugares más seguros.

La mujer estaba harta del comportamiento de Hella, su hermosa perra de aspecto lobuno.
Había arruinado ya la madera de la puerta con sus frenéticos arañazos, ni hablar de todo el jardín destrozado con enormes pozos. Hella se comportaba como una malcriada, parecía una embarazada humana con tanto capricho repentino.

La perra sentía ya los suaves espasmos, pero su humana- cazadora no estaba. Aguantó.
Su humana-cazadora solía volver a la puesta del sol.
A pesar de sus muchas fallas y defectos,la perra confiaba en ella, quizás, sus instintos eran diferentes.
Dadora de comida y agua, nunca amenazaba con muerte, jamás mordió, mostraba su enojo con unos molestos chillidos inofensivos, compartía territorio, y no competía por el macho alfa. Tenía la rara costumbre de tocarle el lomo o la cabeza con frecuencia, algo que no le desagradaba.
Por fin, su humana- cazadora llegó, no la miró a los ojos, así que la perra se escabulló al interior de la gran madriguera.

La mujer casi fue derribada por Hella al entrar a su casa, y no sólo eso, tuvo echarla de arriba de la cama, donde se subió apenas pudo. Entonces entendió, y extendió para su amada mascota una manta en el piso, prendió un cigarrillo y se sentó cerca de ella.
Hella ignoró la manta, arqueó el cuerpo con gracia, su hocico y cuartos traseros flexionados casi rozando el suelo, inmediatamente apareció el primer cachorro.
La mujer aplaudió y alentaba con dulzura, Hella comió rápidamente la placenta, el cordón umbilical, y lamió la sangre, recién cuando todo quedó impecable atendió al bebe, lamiéndolo enérgicamente, la mujer, con un poco de asco, sonrió indulgente, pensaba en la manía de limpieza de la parturienta.

El espasmo fue suave, la perra sintió caer al cachorro, pero no había tiempo que perder, si bien la gran madriguera era segura no debía confiarse en ese momento. Podía haber depredadores cerca y el olor del nacimiento era muy fuerte. Debía hacer desaparecer el rastro, comió rápido todo lo que desprendía olor, y luego se dedico a estimular al cachorro con la rudeza necesaria, cuando el gimió al fin, se dedico a quitarle suavemente esa sustancia pegajosa que atraía a los insectos. Una vez empapado de su saliva lo dejo que se arrastrara hacia su calor.

Eso se repitió tres veces, la mujer estaba encantada, los bebés perritos lucían hermosos, el piso impecable, definitivamente Hella no parecía una perra, todo tan limpio y ordenado. Los examino bajo la atenta mirada de la madre, simpáticas bolas peludas y negras.
La mujer colaboraba colocando en las mamas de Hella a sus hijos, para que succionen y reciban tibieza, ella sabía que los recién nacidos no producían su propio calor corporal hasta unos días después.
Los mantenía a todos juntos, impidiendo que se separen, siempre alguno parecía despegarse, o Hella misma cambiaba de posición y ella los reagrupaba.

La perra estaba preocupada, la humana-cazadora manoseaba a sus cachorros, no le agradaba, pero tampoco percibía peligro, además ella era la cazadora, tenía derecho. El problema estaba en que con su insistencia en colocarlos pegados a ella le impedía evaluar el vigor de los pequeños, el último en nacer era demasiado lento. Ella debía estimularlo más, obligarlo a buscar el calor por si mismo. Su humana-cazadora se empecinaba en entrometerse.
Mostró su disgusto levantándose y alejándose un poco, pero fue inútil. El tercero cada vez se movía menos.

La mujer fumaba y disfrutaba del bello momento. Siempre había algún cachorro un poco separado del resto, y ella lo colocaba con suavidad contra la madre. Hella lamía obsesivamente a sus crías, el mundo era perfecto, todo marchaba bien, la mujer decidió que era momento de cenar. Tranquilamente se marchó a la cocina, con la nueva familia en la sala.

La perra comprendió que el cachorro estaba ya agonizando, confió en que se apague dulcemente. Cuando su humana-cazadora al fin se marchó manipulando fuego, ella separó al pequeño, el frío del piso haría más rápido el desenlace.
Su humana-cazadora tenía habilidades sorprendentes, como crear fuego y hacer surgir agua, pero se comportaba torpemente al prolongar la agonía del cachorrito condenado.
Al fin el pequeño corazón dejo de latir, y el tenue olor de la muerte se elevaba sutil, siendo una amenaza para los otros, ya que otra vez alertaría a posibles depredadores.
La perra sabía lo que debía hacer de inmediato.

La mujer regreso un tiempo después, gritó horrorizada al ver como Hella devoraba a uno de sus hijos. Se lo quito de las fauces, pero, ya no había nada más que hacer.
La mujer se debatía entre el espanto y la incredulidad, regaño duramente a Hella.
Colocó en una cajita de cartón al pequeño cadáver, para enterrarlo de día, pasó la noche en vela vigilando a Hella, temerosa que se comiera a otro, cada tanto repetía que bien puesto tenía el nombre, sólo una criatura del infierno podía hacer esa bestialidad.

La perra no entendía porque su humana-cazadora había lanzado el chillido agudo de enojo, y menos el porque no alejaba al cachorro muerto de los vivos, el olor ya era demasiado fuerte, una invitación a los depredadores, la perra debía proteger a su progenie a como de lugar.
Pero su humana-cazadora se comportaba de ese modo tan antinatural, tan inexplicable.
A pesar de los chillidos seguía junto a ella, seguro sabía del peligro, por eso montaba guardia.
La humana-cazadora tenía esas reacciones extravagantes y peligrosas, igual la perra decidió confiar y descansar, nunca había fallado con la comida ni con el agua, la humana sabía lo que hacia.
La perra durmió profundamente.

 

Sonia Drusila Trovato Menzel