Drusila

Drusila

Tumba de Djehutihotep (1914-1852 a.c.), muestra la técnica del traslado de un enorme monumento mediante el arrastre sobre arena mojada.

Y fue el día en el que de los cielos bajo la poderosa nave intergalactica, bellos seres del espacio caminaron por la Tierra, posaron sus ojos en otros seres de morfología similar a la de ellos, pero, en estado lamentable, hambreados, mugrientos, piojosos, limitados en todo sentido. Entonces, los señores del espacio y del tiempo decidieron tener un detalle para con los humanos, usaron sus imponentes fuentes de energía para levantar unas piedras de algunas toneladas y ponerlas en círculo, luego, con otras piedras fabricaron pirámides, algunas estatuas, pulieron una calavera de cristal, dibujaron cositas. Y se marcharon.

Es un poco incongruente, pero mucha gente cree en ello gracias a otras gentes que comercian con el pensamiento minimalista. Y de paso destrozan cualquier estudio arqueológico serio, y lo que es peor, la imponente épica del hombre antiguo.
Ahora bien, nadie puede negar o asegurar la presencia de extraterrestres, como tampoco la de dios, o dioses. Nadie tiene ese saber. Salvo los fundamentalistas de la estupidez humana.
La mirada del hombre moderno vulgar para con el hombre antiguo suele ser condescendiente, los imagina tontos, supersticiosos, ignorantes y llenos de temores.

El Cromagnon es Homo Sapiens, como todos nosotros, utilizo “antiguo” por definición para obviar el peyorativo “primitivo”.

El hombre antiguo no podía permitirse ser ignorante o tonto porque en eso se le iba la vida, literalmente.

Nuestros antepasados, en sus monumentos, dejaron testimonio de genial astucia para la creación y aprovechamiento de recursos, los cuales son muestra de sus otros “recursos” para sobrevivir. Esa pocas veces ponderada inteligencia es lo que, ni más ni menos, permitió la continuidad y prosperidad de la raza humana.

Para nuestra cultura occidental, tecnológico dependiente, Stonehenge, Keops, Kefren, Micerino, Machu Pichu, Nazca, Teotihuacan, Moais, y demás asombra y desconcierta. Lo cual es bien aprovechado por los vendedores de humo.Es digno de un tema de estudio de psicología de masas esa terca negación a la brillantez de nuestros antepasados.

Es seguro que si hubiese un modo de traer a nuestra espeluznante época a un hombre adulto de la Edad de Piedra, bastarían unos pocos años de instrucción intensiva y tendríamos un individuo capacitado para moverse tranquilamente en cualquier gran ciudad. Ese hombre está altamente capacitado para la supervivencia.
Ahora, ¿Cuanto tiempo le llevaría al hombre tecnológico dependiente adaptarse a la vida en la Edad de Piedra?. Es más, ¿Viviría el tiempo suficiente como para aprender a conseguir fuego mediante el pedernal?. O ¿Sería el idiota de la tribu?.
Hablemos de escenarios reales, con su clima flora y fauna, no sitios escogidos con cuidado, para experimentos de supervivencia con camarógrafos, médicos, y algún helicóptero presto a evacuar en caso de accidente.

Volviendo a los monumentos, su ingeniería y resolución está estudiada seriamente, de tal modo que en arqueología experimental se logró reproducir los probables métodos de construcción.
A saber, poleas, palancas, cuerdas, cuñas de madera, arena, agua, fuego, vinagre y demás.
El vinagre, aplicado sobre piedras calientes, provoca un shock térmico que las parte sin más.
El fuego, utilizando la técnica adecuada, endurece las estacas de madera notablemente.
El agua, pule, parte, transporta y, además, es el elemento ideal para la nivelación.
La arena, también pule, se usa para talud de contención, y mojada es resbalosa como el hielo, sólo se trata de arrastrar mediante cuerdas de fibra vegetal o cabello cualquier cosa pesada. Muy pesada.
Las cuñas de madera secas se introducen en grietas, labradas con maestría, al mojar la madera se expande y consiguen romper la dura piedra con la forma deseada.
Con palancas poleas y cuerdas se elevan increíbles pesos.

Ingenio, esfuerzo, inteligencia, ¿o es que nuestra era carece tanto de ello que parece cosa de extraterrestres?

Con los elementos antes detallados, casi ofensivos en su sencillez, el hombre tecnológico dependiente no acepta que se puedan nivelar perfectamente sillares, alzarlos, y construir un muro orientado perfectamente hacia cualquier dirección deseada.
Menos levantar y encajar estatuas de varias toneladas, con precisión milimetrica. El hombre moderno se siente insultado, y en el colmo de su ofensa niega toda la maravilla creada por sus propios antepasados, y, curiosa xenofobia al revés, le da el crédito a los extraterrestres.

Ese prodigio que fue el hombre antiguo, autor de centenares de epopeyas, es objeto de execrable desdén, quizá porque su inteligencia portentosa está bastante diluida gracias al confort y seguridad de la civilización.
Dicho todo esto, un pequeño homenaje al antepasado que permitió la existencia de la humanidad, el hombre moderno no parece muy capaz de permitir lo mismo con su descendencia.
Dedicado con todo aprecio al Sr. Von Daniken.