Drusila

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Ricardo Barreda era un odontólogo de clase media alta que vivía con su mujer, su suegra y dos hijas, adultas y profesionales ambas, en la ciudad bonaerense de La Plata.
Una casa cómoda y agradable, una ciudad universitaria con calles abovedadas con inmensos árboles de Tilo.
Sin embargo, el odontólogo Barreda sostenía una situación conflictiva con su familia. Un día, producto de una discusión trivial con su esposa, se hizo de una escopeta y la mató, seguidamente, en pocos minutos, hizo lo mismo con su suegra, y sus dos hijas.

El asesino Barreda, luego de ejecutar a las cuatro mujeres indefensas, se ocupó de crear la escena propia de un robo violento, se deshizo de la escopeta, salió a pasear. Se encontró más tarde con su amante y se dispuso a pasar un momento placentero con ella en un hotel de paso.
Al anochecer regreso a su casa, donde aún estaban tendidos los cadáveres de su familia, telefonea a la la policía, y declara que su familia fue masacrada por ladrones.

Algo no encajaba en su relato, y era su propia actitud, evidente falta de emoción, frialdad mal disimulada, y, según los oficiales de policía, una subyacente satisfacción.
El asesino Barreda, al que se le debe reconocer gran astucia es consciente que no podría sostener su relato mucho tiempo, decidió declararse culpable.

Eso si, alega emoción violenta, retrata a las cuatro mujeres asesinadas como gorgonas que se complacían en atormentarlo, las describe las más variadas humillaciones de palabra que el digno odontólogo no podía permitir. Las pobres mujeres, en rigor mortis, no podían dar su versión. Se permitió reconocer una pequeña dosis de desequilibrio mental pasajero causado por el desprecio que decía sufrir, en resumen, las culpables fueron ellas, el era la víctima.
Se lo condena a prisión perpetua.

Corría el año 1992, los crímenes en aquellas épocas no eran tan rutinarios en la Argentina como lo son hoy, la sociedad fue conmovida, parricidio, femicidio, todos eran gentes que nada tenían de marginales. Se siguió con fruición el juicio y la condena.
El asesino Barreda siempre se mostró altivo, y hasta un poco ofendido por haber sido juzgado y condenado. Sólo refirió un poco de pena por su hija menor, a la que profesaba algún afecto.
Con el resto, suponía que había actuado correctamente, castigándolas como merecían.

Ya en prisión estudió abogacía, y participo activamente en su propio caso. También pudo establecer una relación amorosa con una mujer vía epistolar.
En el año 2008, sólo 16 años después de la masacre, la supuesta y justa condena perpetua fue revocada con el beneficio de arresto domiciliario. El estratega fue a vivir a la casa de su nueva novia, en el coqueto barrio porteño de Belgrano.

Concedió entrevistas pagas, como una gran celebridad, y en cuanto al arresto domiciliario lo desobedeció las veces que le vino en gana. Cuando se acumularon las denuncias de los vecinos, indignados de verlo pasear a su antojo, no hubo más remedio que encarcelarlo otra vez. A pesar de su indignación.
A principio del 2011 obtuvo otra vez el beneficio del arresto domiciliario, y en marzo del mismo año la libertad condicional. Su declaración fue sorprendente, “Ahora voy a poder salir a pasear, el arresto domiciliario me limitaba mucho”.
Y así, el asesino Barreda pasea su osamenta por las calles de Buenos Aires, con aspecto de señor honorable y ofendido.

Recordemos, una vez más, asesino de cuatro mujeres, dos de ellas sus hijas.

No voy a emitir juicio sobre ese individuo, con narrar los hechos basta. Pero, si voy a emitirlo sobre el fenómenos social que el asesino Barreda produjo.
Comenzó con toda una variedad de bromas condescendientes, se le dedicaron canciones, aparecieron pequeños clubes privados de hombres con el nombre de “Barreda, Barredita”.
El inconsciente colectivo de parte de la sociedad festejó al asesino, tanto en hombres como en mujeres nació una extraña idolatría en torno a su seca figura.

Siempre adusto y severo, no tiene nada de encantador o simpático, todo lo contrario. Su gesto despectivo parece atraer más. No hay explicación coherente para semejante desatino de las gentes. El espantoso crimen se disuelve, es una anécdota, las cuatro mujeres fueron cosificadas por parte de la sociedad. Nadie recuerda siquiera sus nombres.

Barreda, el asesino, se convirtió casi en una estrella para una buena cantidad de enfermitos a los que si se les realizara un test de inteligencia daría negativo. Hasta cobra suculentas sumas por brindar un reportaje, toda una personalidad.
Muchos hombres y mujeres lo elogian, lo justifican, ídolo de miserables, hasta la justicia fue extraordinariamente suave con el.
“Tuvo huevos para hacer lo que muchos fantasean” llegan a decir algunos descerebrados, que por sólo pensar así merecen estar entre rejas.
Estudiemos a los ídolos de una parte de la sociedad y tendremos en claro sus características, lástima que no se les pueda hacer una autopsia masiva para estudiar esos cerebros retorcidos.

En estos días el asesino Barreda volvió a ser noticia, por desavenencias con su novia, mujer anciana y con evidentes signos de decrepitud. El asesino Barreda parece no tenerle paciencia, ni siquiera agradecimiento por, de alguna manera, ayudarlo a salir de prisión.
Los reporteros se abalanzaban complacientes y respetuosos sobre el como si fuera un personaje farandulesco, y el solo mantenía la boca cerrada en un rictus de profundo desprecio.

Consiguió manipular a su anciana novia, ya que si ella decide separarse el no tiene donde vivir, en realidad si, su lugar es la cárcel.

A veces deseo que los fantasmas si existan, y esas cuatro mujeres se le presentaran una y otra vez, con una sola pregunta ¿quien te ha dado la autoridad para ejecutarnos?.

Nota: En el momento de enviar este artículo Barreda ha regresado a prisión, ya que la justicia considera que la mujer con la que ha vivido corre peligro en su compañía.

Pero, él se encuentra bien y satisfecho, atendido a cuerpo de rey.