Drusila

Drusila

La escena transcurre en una disco de Buenos Aires, Río de Janeiro, Madrid, Nueva York.
En la barra se acodan dos individuos; uno joven, bien formado, atlético, bebe una cerveza Quilmes, cada tanto consulta la hora en un viejo móvil de pantalla verdosa. El otro, que puede ser su abuelo, bebe Dom Perignon, y para ver la hora ostenta un valioso Rolex. Una hermosa muchacha es invitada por ambos a compartir sus tragos. ¿A quien de los dos escoge la dama?

 

Los mecanismos de seducción han sido bastante estudiados, hay reglas pero no impiden excepciones.
Básicamente seduce aquello que despierta admiración, o, aquello de lo que se carece.
La mujer admira la fuerza física, y necesita protección. Si bien el feminismo extremo repudia este hecho con violencia, no puede negar la naturaleza macho- hembra existente en las formas de vida más diversas, y es una estructura que va en aras de la continuidad de la especie. Ni más ni menos.
La mujer, guste o no, esta especializada física y psicológicamente para parir y criar su prole, el hombre a su vez, para proveer y proteger.

Existen muchos temas que son políticamente incorrectos, pero antropológica mente ciertos.
Ahora bien, el perpetuar una tipología determinada en cualquier especie depende de la genética triunfante en sucesivas generaciones. La relación e interacción en la conducta macho-hembra humanos, junto por supuesto, a otros factores, permitieron sortear eras y permanecer.
Tal vez este enunciado resulte irritante por su aparente simplicidad, pero de resultado efectivo sin dudas.

Dicho esto, la mujer “procreadora- criadora” y el hombre “protector- proveedor” tienen marcadas sus características.
Tomemos al hombre, a quien estamos analizando. Joven, sano, viril, fuerza física, con un toque de agresividad hacia el afuera de su territorio, valeroso, arrojado, es decir, el héroe por excelencia de tantas épicas, historias, poemas. El estereotipo buscado por su exitosa genética, soñado por princesas, campesinas, mujeres en general.

Sin embargo, con la invención de las armas de fuego, la fuerza física y la valentía dejaron de tener preponderancia. Y con las ametralladoras portátiles la puntería es lo de menos. Las cosas fueron llevadas a un plano tal que nuestro héroe de leyenda inaugura cementerios.
El mecanismo de supervivencia de la especie busca nuevas rutas, y, lentamente el concepto de viejo verde va mutando.
Jovencitas emparejadas con hombres que las triplican en edad son cada vez más comunes. Es de notar en este punto que en la antigüedad esa era una prerrogativa de reyes y nobles, poderosos por si, cualesquiera fuera la civilización, se aceptaba sin más.

Ese derecho se convierte lentamente en algo cada vez más habitual, la ley del más fuerte funciona, y el más fuerte resulta el más añoso.
La joven en pareja con un hombre mucho mayor sigue siendo criticada, se la tilda de interesada.
Pero, esta respondiendo a un mandato ancestral, el señor mayor es más capaz de proteger y proveer que un muchacho, porque en esta era el gran poder lo otorga el dinero, guste o no.
Y a no ser que los jóvenes sean herederos prematuros, son los hombres de edad quienes poseen generalmente ese bien acumulado.
Por lo tanto aseguran eficazmente salud, confort. En otras palabras seguridad y comida.

Se trata de relaciones interesadas, si, claro, pero el hecho es que toda relación humana implica algún rédito de fondo. Sea sexual, estético, compañía. Toda una colección de necesidades.
“Para verme tenía que mirarte”, Cortázar en esa frase explica otra necesidad, el rédito de mensurarse en el otro.
La satisfacción de saberse querido, a veces convierte en objeto de amor al que ama.

Si aceptamos que las relaciones de pareja responden a una conveniencia mutua, el amor entre un anciano y una joven puede no solo ser genuino, además es antropológica y genéticamente correcto.
No se trata de ser feminista o machista, va más allá de una filosofía de vida, ideales o justicia, si el dinero da el poder que en el pasado era brindado por la valentía y la habilidad en la lucha o la caza, los juicios éticos están abiertos.
Pero se debe entender que el comportamiento humano esta guiado por fuerzas a las cuales las ideologías les son ajenas. La genética va seleccionando a los más aptos para asegurar la continuidad de la especie, y el hombre anciano puede procrear.

No así la mujer anciana, pero eso es otro tema.

Sonia Drusila Trovato Menzel