Esta semana cumplo 28 (nada de rima si no es con ‘bizcocho’, por favor). Cuanto más se acerca la fecha, más parezco una de esas personas rancias y amargadas que sólo pueden recordar cosas y decir ‘ay, cada vez voy más vieja’. Ese es mi estado emocional últimamente y así será hasta el próximo domingo. Ya he subido de nivel – con estas edades la vida te suele dar una lección bastante importante: Bridget Jones no era más que un cuento de hadas moderno y se aleja mucho de tu vida actual.

 

Es triste, pero cierto: había algo de encanto en el hecho de que las películas se transfiriesen a mi vida y terminase todo como termina en la ficción. Algunas pensaréis que me he pegado un golpe en la cabeza, pero es que la señora Jones, ahí donde la vemos tan penosilla, tiene un trabajo estable, un piso en el Borough Market de Londres (ZONA UNO, señores. ZONA UNO. En el centro, al lado del London Bridge), la mandan de viaje por ahí en el curro (a gastos pagados, obvio) y tiene dos pretendientes del calibre de Hugh Grant y Colin Firth. Muchachas, así también lloro yo.

Pero no soy Bridget: tengo dos trabajos (pero ninguno me va a dar para jubilarme), el tiempo libre es un horrocrux que solo puede encontrar Harry Potter (y no lo conozco), vivo en un pisazo a las afueras, los viajes son al pueblo de al lado (aunque estamos trabajando en eso) y los únicos que se pelean por mí son mis alumnos cuando pregunto si había mandado deberes para el fin de semana (DING DING DING: A un lado, con 25kg de peso y el apoyo de sus compañeros, Javier, que afirma que no había nada marcado – en el extremo opuesto, Julián, con 28 kg de peso, que está convencido de que si porque su madre le ha ayudado a hacer los deberes. QUE EMPIECEN LOS JUEGOS DE LA POPULARIDAD EN EL AULA).

A ver, que no estoy diciendo con todo esto que me guste que se peleen por mí, porque no me gusta. Yo soy de esas personas que ven la escena del reloj de arena de Aladdín (recapitulo rápidamente, Jasmine en el reloj de arena ahogándose, Jafar petándolo, Aladdín se enfrenta a Jafar), y se raya pensando en que el pobre Jafar tiene sentimientos también – ¿nadie se ha parado a pensar que el carácter de mierda que tiene es consecuencia de la inmensa falta de cariño que sufre? ¿No pueden hablarlo y ya? ¿Tienen que liar el pifostio ese con tanto mal rollo? ¿Me dices que no se arreglaría todo mejor con una tilita en unas tazas de Mr. Wonderful? ¡Vamos, hombre, ya son ganas de empeorar las cosas!

Que cumplo 28, y me he dado cuenta de lo de todos los años – algo que, realmente, me llena de orgullo y satisfacción como buena reina de mi cuarto que soy: he cambiado. He crecido. He aprendido mil y una cosas nuevas (como, por ejemplo, que los pimientos nacen verdes, evolucionan a amarillos y luego se ponen rojos. Vaya, que no es que planten tres tipos de pimiento diferentes para meter en la bolsita, que es que son pimientos en diferente estado de maduración. Me quedé chalá en el Mercadona ese día). No ha sido un año en vano, ha sido muy aprovechado.

¿Podría haber escrito todo esto en un artículo en diciembre, rollo fin de año? Podría. Pero me habría quedado un mes y poco para completar el ciclo. Creo que lo de que hay un solo fin de año es muy relativo: unos defienden que la Tierra es plana, yo defiendo que hay dos fines de año – el de celebrar todo el mundo a la vez, el de las uvas; y el nuestro particular, el de la tarta.

A mi me vienen los dos muy juntos. Al principio molaba, porque podía celebrar el cumple con los de la clase (no como los de junio – julio – agosto, que no podían porque todo el mundo se piraba). Pero ahora me viene regular, porque algo que no te avisan cuando te acercas a la treintena es que las resacas se alargan, y cuando termino de una, me meto en otra.

Eso sí, con la movida de la resaca de mi cumple cuando me quiero dar cuenta estoy en mayo.

Y eso es muy TOP.

Feliz año a vosotros, que este año no os dije nada.

Feliz año a mi también.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa