Drusila

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Mariana cumplió sus quince años, y, junto con sus padres y hermano menor, viajaron a Disneyland como festejo. Disfrutaron de diez días maravillosos, de todos los juegos, una experiencia inolvidable.

Luego de dos meses de volver a la rutina en Buenos Aires, Mariana tuvo un extraño accidente nocturno, orinó dormida en su cama.
Tanto ella como sus padres se sorprendieron, no es para menos, sin embargo, a pesar de la vergüenza, con el paso de los días la anécdota se olvidó.
Hasta que volvió a suceder.

Pidieron cita con un urólogo, análisis de sangre y orina, todo normal.
El accidente se repitió, Mariana estaba cada vez más avergonzada, los padres preocupados, y el hermano no dejaba pasar oportunidad sin burlarse.
Al tiempo, se orinó encima en medio de la clase de matemáticas, frente a todos sus compañeros de escuela, vergüenza, risas, Mariana lloró todo el día.
Otra vez batería de estudios, otra vez todo normal.
Alguien le recomendó a los padres que llevaran a Mariana a terapia.

Los ansiosos padres dieron con un prestigioso profesional del barrio de Palermo, cuyos honorarios daban idea de su gran capacidad.
El terapeuta le dio tres turnos semanales, y comenzó a estudiar la mente de la niña.
En dos sesiones de cuarenta y cinco minutos cada una, la conclusión irrefutable del profesional era que la adolescente experimentaba una voluntaria regresión a la niñez, ya que sufría de complejo de Electra, no deseaba dejar de ser la nena de papá.

El viaje Disneyland había, según el psicólogo, sido altamente perjudicial, porque la adolescente eligió el mundo infantil, además, estaba claramente enamorada de su padre, la culpa al sentirlo se canalizó en odio hacia su madre, contra la cual no podía competir como mujer, pero si como niña, ni hablar del sentimiento hacia su hermano, literalmente un intruso.

Mariana seguía orinándose encima, pero eso ya parecía un problema menor.
Ella amaba a su padre, claro, pero no como el psicólogo pretendía que entendiera. El hermano era un poco molesto, y su madre era cascarrabias, si, pero Mariana creyó que el profesional tenía que tener razón, “debía trabajar en ello”. La adolescente se sentía más abrumada por esa tormentosa y perversa revelación que por sus micciones involuntarias.

El psicólogo siguió adelante, hurgando más y más en los primeros recuerdos de su paciente, le explicó cuánto sufrió a los tres años, al encerrarse sus padres en su habitación y dejarla afuera, y seguro, aunque la niña no recordaba, se filtraban ruidos sexuales. Y ella se sentía dejada de lado.

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Mariana sentía que su mente colapsaba. La escuela era una tortura, no podía ni mirar a su padre sin sentir que su cara ardía, cambiaba monosílabos con su madre, intencionalmente la ignoraba.
Las micciones involuntarias, tanto diurnas como nocturnas empeoraban, y mal día perdió control de esfínteres, y se hizo caca. Silenció las carcajadas de su hermano con dos buenos cachetazos, en terapia se le recomendó no reprimiera la ira.

El psicólogo decidió que hicieran terapia de familia.
Ahí si, la cosa se puso espesa, los padres debían aceptar sus culpas respecto a lo que le pasaba a la adolescente,repasaron desde que nació, hecho por hecho. La familia estaba obsesionada, avergonzada, las palabras del psicólogo eran rudas, los padres se sentían como insectos repugnantes bajo un microscopio. No estaban de acuerdo con casi nada de lo que decía el profesional, pero la retórica de este era imbatible.
De familia común y corriente pasaron a ser un miserable revoltijo de complejos, traumas, sexualidad expuesta, los padres creían cumplir debidamente con sus amados hijos, pero resultaba que no, que eran poco menos que psicópatas.

Mariana se quejaba de debilidad en las piernas, sus días eran extraños,aislada, huraña, decía sentir dolores sin poder precisar donde, “somatiza”,”depresión”, dictaminó el alto profesional, y consideró que había llegado el momento de antidepresivos.

A las diez de la noche la adolescente se desmayó, los padres la internaron de urgencia en un hospital, los médicos le hicieron una resonancia a la medianoche, cerca de las dos de la mañana un neurocirujano la estaba operando de cuatro hernias lumbares.

En sólo un detalle el psicólogo tenía razón, el problema se había desencadenado durante el viaje a Disneyland, al trepar en una monstruosa y violenta Montaña Rusa, la columna de Mariana sufrió una torción. Se lesionó. Las dolencias de columna suelen transitar caminos inexorables, muchas veces solo presentan síntomas, ningún dolor local. Pero un médico razonablemente perspicaz las capta sin demasiado esfuerzo.

Mariana regresó a su casa a los dos días de la intervención, salvo algunos detalles respecto a cuidarse de determinados esfuerzos o posturas, su vida volvió a ser como antes del infortunado viaje a Disneyland, la familia olvidó lentamente los seis meses de tormentosa terapia.

Hasta que llego la demanda por cuenta impagada del afamado terapeuta, más intereses. Se habían olvidado de anular las tres sesiones semanales, de cuarenta y cinco minutos, las cuales el afamado profesional había reservado durante seis meses meses.

Sonia Drusila Trovato Menzel (Texto e ilustración)