Semana Santa. Pascua. A mi me gusta llamarla ‘Semana Houdini’, porque son siete días de escapismo non-stop. La semana santa es esa semana del año en la que todo el mundo sale a la calle para ver una figura en un trono – sin ánimo de ofender o menospreciar, pero es que es lo que es. Es que, al ver un trono, me pasa lo mismo que a Rocío Jurado con aquel amante: hace tiempo que no siento nada. Hace tanto tiempo como el que ha pasado desde que mi madre descubrió que servidora quería hacer la comunión por los regalos (MI REINO POR UNA GAME BOY POCKET. Pero mi madre me pilló y me quedé con el reino y sin Game Boy).

Soy gallega, creo regular y vivo en Málaga. Soy consciente de que en Andalucía, por lo general, la semana santa es algo más grande que un buffet de helados para un niño, sobre todo en las ciudades. Málaga es una ciudad, ergo la semana santa es gorda, ergo huyo al pueblo más pequeño que encuentro a la misma velocidad a la que Trump presiona botones rojos. No le doy tiempo a llegar al viernes previo, ya estoy fuera. Pero este año ha sido diferente, este año tengo trabajo. Este año trabajo en el centro y me tengo que quedar. Pánico. Horror. Olor a incienso. Cera en las calles. Suelas de goma. Equilibrio nulo. Ostia segura (y no de las de comer).

Pero decidí reconciliarme con las tradiciones y darle una oportunidad a una de las procesiones más importantes de la ciudad: el Cautivo (también conocido como ‘el Señor de Málaga’). Después de una siesta eterna y una compra de iguales dimensiones, decido que voy a encontrarme con Jesús a su paso por la calle más cercana a mi casa. Me visto. Me arreglo. Me abrigo. Salgo. Cojo el ascensor. Saco el móvil. ‘Avalancha en calle Carretería al paso del Cautivo’, dice un titular. Para el ascensor. Abro la puerta del ascensor. ‘Aún le dura a Dios el cabreo por lo de la comunión.’, pienso. Cierro la puerta del ascensor. Marco mi piso. Subo de nuevo. Me quito el pijama. Me dejo la mantilla, por lo menos hasta que termino de escuchar las marchas desde mi piso. Me duele que el Señor siga enfadado conmigo y no me quiera ver por una chiquillada. No me parece justo – mi primo hizo la comunión y cuando fue a abrir los regalos, lo primero que dijo fue ‘Un discman, me cago en Dios!’. A él nada y a mí, una avalancha. Muy bonito.

Foto: J. Bravo. En el 75 aniversario

 

Al día siguiente, trabajo en el centro. Cojo un autobús que me deja en la plaza que está al lado de dónde estoy actuando. El autobús cambia de itinerario sin aviso previo, pero no me deja lejos, así que decido cruzar la plaza andando. ERROR. Una multitud apechugada en el bordillo de la acera, expectante, sólo sujeta por un cordón policial, aparece ante mis ojos. La plaza, cortada. Mi sala, al otro lado de la plaza. Llego tarde. Impaciencia, desesperación, globazos en la cara. Decido preguntarle a un segurata. ‘Cruza entre la gente’, me dice. Era el momento en el que demostrar mis habilidades para manejarme entre la multitud. Era el momento en el que desplegar todas las frases ‘abre-caminos’ aprendidas en la discoteca. Me dispongo a emprender mi camino cual Frodo y una señora, quasi histérica, me dice: ‘PERO NO VAYA A PASÁ POR ENSIMA LA VIRGEN’. Me muerdo la lengua ante la imagen mental que ha provocado y decido asentir con la cabeza. Era mejor eso que decirle ‘no tengo ganas de empezar con el parkour tan pronto’ o ‘ah! Que la tela que tiene la virgen encima no cumple la función de trampolín’. Tolerancia, respeto, aunque sangre la lengua.

Llego a la sala. Actúo. Juego al Uno. Hora de volver a casa. Aún no es jueves santo y el centro se ha convertido ya en una pantalla del SuperMario: si andas para la izquierda, nazarenos; para la derecha, calle sin salida; para arriba, pasa Jesús (y yo no estoy lista para volver a hablar con él después de lo de ayer); para abajo, niños con tambor. Ninguna salida, un único objetivo: llegar al castillo de la princesa (esa soy yo, obviamente). Cansancio. Sudor. Pastelerías abiertas hasta tarde por la noche. Punto a favor.

No puedo más. Decido irme al pueblo – allí las aglomeraciones son en los bares y las procesiones, de Bitter Kas. Ahí participa una con gusto. Jueves santo y cojo el autobús al mismo tiempo que la legión desembarca en la ciudad. Llego a casa. Mi madre y yo nos ponemos a desayunar. Ella pone la tele: TVE. Málaga. Una señora gritando ‘Viva la legión!’ a los cuatro vientos. ‘Este año echan por la tele la procesión? Qué bien! La voy a ver entera’, dice mamá.

Houdini, mi reino por escapar como tú.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa