• Por Juan “El letrastero” desde su sección “Acuéstate y suda”

 

Qué inusual va a ser este verano. Entre otras muchas cosas, hay un aspecto en el que pienso desde hace unos días, y ahora que se acerca su momento, todavía más. Se trata del instante concreto de la llegada al pueblo o aldea. En mi caso una pequeña parroquia  que no superará los veinte vecinos. Pocos, sí. A pesar de que durante el mes de agosto se triplique el número, motivado por los que pasamos nuestros días de vacaciones allí. Lo de bien avenidos… dejémoslo suspendido en el aire, con un halo de retranca, y  para que cada uno lo remate de volea si se tercia. El caso es que aunque por unas circunstancias muy desafortunadas, se acaba de cumplir un deseo de infancia, que no es otro que el llegar después de un año, y saludar a ese séquito de conocidos (los amigos son arena de otro costal), con un movimiento de mano, dejando al desnudo la palma. Ni besos, ni estrechar manos.

Con los años, todo hay que decirlo, aprendes a perfeccionar la técnica del saludo. Acabas cogiendo tablas en eso de la cordialidad de rigor, puliendo tu cortesía pública. Y te sientes un Scottie Pippen de la vida que salta a la cancha chocando las manos al resto de compañeros, aunque sean algunos de ellos los que le releguen a la suplencia. Pero lo cortés… no quita la titularidad.

A mí siempre me ha parecido un gesto más leal y expresivo el de saludar con la palma al aire, o con una sonrisa sincera. Reconozco que he puesto mejillas en filas interminables, y conforme ibas coordinando el avance con los pies, caías en la cuenta de lo poco cercano que se estaba convirtiendo el saludo.

 

Somos de una generación, en la que cuando recalabas en tu querido pueblo, te encontrabas a todo el mundo aguardando la aparición de los que acababan de llegar

 

Ante todo, que nadie crea que estoy haciendo apología de la antipatía. Al contrario. Simplemente, que me parece más cercano el mero gesto de un: “hola”, con un ensanchar de labios incluido, que cualquier “besuqueo-mejilla” interminable.

Pero claro, somos de una generación, en la que cuando recalabas en tu querido pueblo, te encontrabas a todo el mundo aguardando la aparición de los que acababan de llegar. Y eso después de un año, en según qué casos, no deja de ser un compendio de anécdotas que dan para llenar muchas páginas.

Así, a grosso modo, comentaré que por ejemplo un servidor; lleva creciendo desde que nació a los ojos de una vecina. Por lo que si de su apreciación se tratase… no pasaría a estas alturas, nunca mejor dicho, ni por el pórtico de la gloria. Y no hay una altura sin anchura, esa es otra. Y aquí, hay visitantes que se pueden llegar a enojar. Argumentar, que en este aspecto, al sector masculino se le suelen dar dos toques en la tripa con un: “estás sacando tripiña eh”. Y…  prácticamente te quedas igual, porque eso significa que ya no luces pellejo de soltería, y has vuelto a reencontrarte con sabores y platos de cuchara que creías olvidados. Pero también, he sido testigo de sentencias, resultantes de análisis físicos que no dejaban títere con cabeza. En mi caso, por ejemplo, ya pasé la etapa de: “te estás quedando sin pelo”. Que me resultaba muy curiosa, pues cuando te lo dicen es como si tú… durante once meses ejercieras de Drácula y no te reflejaras en el espejo nunca. Pobre del que tenga complejos, pensaba yo. Aunque para esto, me quedo con lo que solía decir mi amigo Xosé Manuel (Hermanager):

-Ahora ya existe una cosa que funciona con la alopecia: la resina.

-¿Sí? No me digas…

-Sí, la “resinación”.

Pero ojo, que si un año apareces con esos kilos de más perdidos, el veredicto físico deriva a un: “Estará enfermo/a. No ves qué delgadiño/a está”. He asistido a gestos torcidos por algún: “Este año estás más gorda”, que haría temblar a cualquier tertuliana feroz de esos programas del famoseo.

Tampoco es asunto baladí, el hecho de que te presentes a principios de agosto más pálido que el culo de una monja. Porque ahí ya te ves argumentando el hecho de no haber pisado la playa ni un día. No digas que has estado hospitalizado porque te han operado, que entonces ya… te pueden poner fecha. Acertadísima la recurrente estrofa que se pasea por mi  lóbulo temporal  en esas circunstancias: “Radio cotilla informa…”, que cantaban los siempre presentes Heredeiros da crus.

 

Te veo bien. No estás ni más gordo, ni más delgado que el verano pasado… te veo bien, sí

 

En mi caso, me quedo con el examen que me hizo una vecina hace cosa de unos años, nada más bajar del coche. Tras poner el pie en la calle y quedarme cual estafermo recién colocado, me dijo con una contundencia perdonavidas lo siguiente: “Te veo bien. No estás ni más gordo, ni más delgado que el verano pasado… te veo bien, sí”. Mientras seguía repasándome; ansiando apreciar alguna tara inédita pasada por alto. A pesar de que los que ya vamos trepando la cuerda de los cuarenta, y vemos más próximo el nudo de unión con la liana de los cincuenta… deberíamos ir ya pasando capítulo. Mentalizarnos para que el análisis físico, se centre principalmente en las arrugas (marcas de expresión). Que vayan dibujando el envejecimiento en su reptar por el calendario. Aunque confieso que sienta muy bien ese: “haces muy buena cara desde que te has casado”.

 

Pero sin duda, llegaremos a la casa del pueblo, nuestro pueblo; con esa mistura de felicidad y recuerdos haciéndonos cosquillas en las tripas

 

Por lo tanto, volveremos; más gordos o más delgados. Con el mismo pelo, o menos.  Bronceados, o tal vez pálidos. A saber. Pero sin duda, llegaremos a la casa del pueblo, nuestro pueblo; con esa mistura de felicidad y recuerdos haciéndonos cosquillas en las tripas. Saludaremos con el codo a las amistades. Amagando en este caso sí, esos espontáneos besos y abrazos. Debemos ser más responsables que nunca ante esta pandemia, por la cuenta que nos trae. Y a los conocidos… pues se cumplirá mi deseo de infancia: movimiento de mano y sonrisa. Insisto, lo mío era por timidez, no antipatía, que conste.

Porque no hay nada como la sinceridad de un niño, sin lugar a dudas. Y ahora recuerdo la anécdota de otro amigo justo en su antesala de la pubertad: el actor Alberte Montes, y la despedida de su pueblo, muy marca de la casa, cuando se volvía a Barcelona con un: “Para el año que viene… vendré ya con vello púbico en los testículos”*. Al año siguiente no sabemos si le debieron pasar el control, o no.

 

*Demos por supuesto que la frase de Alberte era más coloquial… y no hace falta echarle mucha imaginación.

 

 

  • Por Juan “El letrastero”