Así en la Música como en la Tierra

  • Por Juan «El letrastero» desde su sección “Acuéstate y suda”

 

Está más que probado el poder que la música ejerce sobre el cerebro humano. Su influencia en nuestra mente se traduce en un estímulo, activándonos diferentes áreas. El simple hecho de escuchar música, mejora nuestra creatividad, a la vez que aumenta la felicidad. De siempre se ha dicho eso de que: “La música amansa a las fieras”. Pero también está probado que calma los estados de ansiedad, así como el dolor. Y también sirve de gran ayuda a la hora de tratar desórdenes neurológicos: Parkinson, Alzheimer, autismo, etcétera. Las ondas cerebrales se ven afectadas por la música, ya que impacta directamente en la velocidad que estas adquieren. Existe un estudio que apunta datos acerca de los ciclistas que escuchan música mientras entrenan. Dictaminando que requieren alrededor de un 7% menos de oxígeno respecto a los que lo hacen en silencio. La memoria permanece más activa con música, está contrastado. Así mismo, los recuerdos viltrotean libres de desdén por los pasadizos del hipocampo; siendo ubicados con unos movimientos rítmicos de marioneta nerviosa en la corteza prefrontal.

La memoria permanece más activa con música, está contrastado

Hay también patrones tonales que van ligados a determinadas reacciones emocionales por parte de la persona que los oye. Según Schopenhauer, la música es el arte que expresa de forma más directa la verdadera naturaleza interna de la realidad. Tratándose de manera diferenciada a otras artes, puesto que trasciende las ideas.

Otro filósofo que se dejó empapar por la música, fue Friedrich Nietzsche. El alemán creía que la música era una de las partes que más incidía en el propio sentido de ser partícipes de la vida en sí. Para Nietzsche, el arte musical no sólo hacía posible la existencia, sino que nos la presentaba preñada de impulsos emocionantes.

En mi caso, que me reconozco poco ducho en la técnica musical; más bien formo parte de la escuela de ejecución interpretativa bautizada como: “Ramones style”…sencillo y sin complicaciones. Y no por ello fácil. Pero obviando el virtuosismo, admiro mucho a esos oídos que captan notas con una facilidad pasmosa. A mi, sin embargo, me ocurre algo que se denomina sinestesia. Veo una paleta de colores en una canción… repentinamente. Es un acto de instintivo alumbramiento sensorial. A la par, que aparecen imágenes pululando en paralelo a los sonidos, igual que si fuesen emociones saliendo del túnel de vestuarios y con rumbo fijo al centro del campo. La peculiaridad de la sinestesia, es que no está considerada como una patología, al contrario. Yo siempre la he metaforizado; comparándola con ese toque de pimentón picante que hace del “pulpo á feira” un manjar todavía más digno si cabe, en lo que dura su entrechocado patinazo por el paladar.

Existen musicalidades que se consideran celestiales. Pero me seduce mucho eso de analizar el vilipendiado “diabolus in musica” (diablo en la música). Se trata de la ejecución del tritono del diablo: Si-Fa-Si. Se considera así, entre otras cosas, por su dificultad de cara a la entonación. Pero hay que decir que queda bien evidenciado su sonido siniestro y sombrío; alejándose de toda tonalidad divina y pura. Por tal motivo estaba mal visto en la Edad Media, siendo evitado. Apuntar que el grupo Black Sabbath, usó a propósito el tritono en la canción de título homónimo de los cuatro de Birminghan. Creando con ese detalle una atmósfera de halo terrorífico, bajo la que esconderse en un viaje sin billete de vuelta a los confines del averno, de la mano de los dedos protésicos de Tony Iommi. Ese fue el precio que tuvo que pagar por haber trabajado en la industria metalúrgica antes de triunfar en la industria musical.

Existen musicalidades que se consideran celestiales

Por lo tanto, creo que jamás encontraré los porqués a muchas cosas, ni tampoco una explicación exacta por la cual las notas del Canon de Johan Pachebel, me colman tanto el espíritu, el alma… o lo que sea. Y a continuación, ceder sin vergüenza ante la guitarra de Chuck Berry, cuando  enfila ese electrizante “Johnny B. Goode”.

Vivimos tiempos duros. De pandemia. De injusticias sociales (qué novedad ¿no?). De una clase política que ningunea al pueblo y no lo tiene en cuenta. De corruptelas. De “paga el último”. De “mientras estemos bien”. De etcéteras infinitos que son multiplicados por… a saber.

En estos tiempos disponemos de un analgésico que se llama música. Ayer por la noche, sin ir más lejos, me tomé un “Estrelas e sereas” de los incansables Ruxe Ruxe, que me alivió de tanto ardor estomacal provocado por ver el hemiciclo como un patio de ¿colegio?… ¡Qué va!  La chavalada se comporta mejor, sin duda. Graciñas Vituco & cia.

En estos tiempos, disponemos de un analgésico que se llama música

Y hoy tras despertar, mientras desayunaba, he encendido la radio. Me he dejado empapar de cifras y más cifras, todas con aire funesto. Todas con un destinatario principal: la clase obrera. Nosotros: “Los Nadies” que así nos definió el gran Eduardo Galiano. Y… ¿Qué he hecho? Pues me he puesto los auriculares, y he sucumbido al primer compás de esos parientes australianos que llevan desde que tengo noción musical (criterio no lo sé), acompañándome con sus riffs. Me he tragado mis: “Deberían dejarlo ya eh… están mayores”, y lo he sustituido por un: “Que Angus me perdone, ya quisieran otros sonar así”. Y si, he vuelto a mover lo pies con su nueva composición, como siempre ha ocurrido; disco a disco.

El movimiento se demuestra andando. No lo hagamos como los cangrejos. Los retrovisores se empañan con facilidad, no lo olvidemos. Qué menos que poder ver con exactitud el precipicio.

¡Subid el voltaje!

  • Por Juan «El letrastero»