Hace calor. Estoy cansada. Una y otra vez se repite la misma conclusión en mi cabeza: ‘si vuelvo el año que viene, no traigo tanta ropa’. No me caben las cosas en las tres maletas. No entiendo por qué ocurre esto si no he traído nada nuevo y tampoco he robado botecitos de gel, toallas o sábanas. No lo entiendo. Me siento encima de la maleta y la cierro mientras la gravedad hace su trabajo (ayudada, cómo no, por las croquetas, patatas fritas y desayunos trifásicos que he tenido la suerte de degustar este verano en el buffet). Mientras coloco la maleta debajo del armario cual artificiero manejando material explosivo, me suena el teléfono: ‘¿Tienes el hotel? ¿Tienes los vuelos?’. ‘Sí’, respondo yo como si fuese el mismísimo Rajoy, esto es, sin enterarme de nada. Escucho a mi hermana gritar de alegría al otro lado del teléfono: ‘¡Pues yo ya tengo las entradas!’.

Tengo un problema – ¿cómo me entero yo de a dónde voy a volar con mi hermana y a quién voy a entrar a ver? Whatsapp, claro. Ahí está todo. Me voy a Birmingham a ver a Paramore – y en enero, que me han dicho que hace buena temperatura para que se te congelen los mocos y te los puedas arrancar directamente sin necesidad de tomarte el Fluimucil ese. La cuestión es que llevo muchos años sin escuchar un disco entero de ese grupo y supongo que la lista de canciones del concierto habrá evolucionado desde aquel lejano 2006 en el que los escuché por primera vez.

Así que decido investigar. Han sacado disco nuevo este año – razón, quizás, de que estén haciendo un tour ahora (he llegado sola a esa conclusión). Han cambiado. Tengo entradas para este grupo y lo han cambiado todo. Socorro. Me pongo el disco. No está mal, pero no hay guitarreo. Ayúdenme. Leo el porqué del título del disco nuevo. No me ayuden.

Me gusta. El disco se llama ‘After laughter’ (‘Después de la risa’). El título viene a referirse al momento de aterrizaje después de la carcajada. Al despertar después de la misma y la vuelta al mundo real. A esos segundos de transición en los que cada uno coge su tobogán y desaparece del risotario común para volver a su bola independiente.

 

Al final tengo ganas de que llegue enero. Pero más ganas tengo de terminar las maletas. De bajar a por el último desayuno. Lo de despedirme lo llevo regular, pero la vida ya me ha enseñado que hay que despedirse de vez en cuando (nunca te olvidaré, mi querido Sasafrash, mi único osito convertible en cojín), y se convierte casi en rutina cuando eres un culo inquieto como yo.

Bajo y desayuno. Como aún no me hago a la idea de que mis poderes como animadora ya no tienen efecto sobre los mundanos, bajo a la piscina a despertar al hotel entero a viva voz por última vez (juro que es un gustazo que todo el mundo debería darse al menos una vez en la vida) y a anunciar la primera actividad de la mañana. Aparece uno de mis compañeros vestido de cabaretera y, junto con mi compañera, me enganchan del brazo y me arrastran hacia el baño con urgencia. Mientras intento procesar lo que está pasando, miro atrás de reojo (porque lo primero que te dicen cuando entras al equipo es que ‘nunca mires atrás’ y yo soy una rebelde de la vida) y veo a mi jefe vestido de cura.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy vestida de novia con un mantel por velo, cogida del brazo del socorrista (que va de traje, claro que si), dándole la vuelta a la piscina mientras la gente que está en las tumbonas grita ‘viva los novios’ (sin ser nosotros nada de eso). Supongo que es lo que pasa cuando te pintan las gafas y tu subes a ‘pintada de sillas’, ellos suben a ‘pintada de espalda y piernas a través de red de waterpolo’ y tu escalas a ‘derrame de bote de purpurina en pelo’. Una trama ascendente sólo superable por aquella vez en la que atacamos la vulnerabilidad del jefe a través de una pelea falsa para devolverle aquellas veces que nos había pintado como pitufos, conguitos, gambas o el increíble Hulk – aquello se convirtió en los juegos del hambre y todos nos convertimos en tributos – pero no por gusto, si no por supervivencia.

Me despido. Lloro. Lloramos. Toco las narices (literalmente), cojo las maletas y me voy al autobús. Tras 2 horas de siesta, llego a mi casa, por fin, después de dos meses. Mis sábanas, mi cama, mi leonera. Mis recuerdos repartidos por la pared, mis posters, mis luces led mal puestas. Conecto el móvil al equipo de música y le doy al aleatorio. Todo está tal cual estaba. Y nada me encaja. Apenas me encuentro entre mis cosas. Una sensación de vacío me invade. Por primera vez en mucho, mucho tiempo la casa se me hace grande, insípida e inhóspita. No me ubico, no sé dónde estoy. Tengo una sensación extraña, necesito cambiar todo lo que me rodea. Los dos meses de este verano se han esfumado cual sueño de Resines y no consigo asimilarlo (el hecho de que tenga que cambiar de chip para ensayar en un rato no ayuda).

Me espachurro en el sofá, y miro a través del balcón. Suena una de las canciones nuevas de Paramore. Y yo, que soy muy de unir cosas así porque sí, me doy cuenta de que estoy en uno de esos momentos por los que el disco tiene ese nombre. Estoy aterrizando, pero de emergencia, de manera forzosa, después de unas risas bien largas. Después de una de esas carcajadas que hacen que te duela el estómago y se te salten las lágrimas. De una de esas que te limpian los ojos y te hacen ver las cosas de otra manera.

Y aunque pilotes, te cuesta asimilar que tienes que hacer que el avión toque tierra.

Lo bueno es que sólo hay que coger un poco de aliento para despegar de nuevo.

Que sólo hay que coger aire para reír otra vez.

 

Por Alba Novoa 

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Alba Novoa