• La gota colmó el vaso. El periodista, escritor y guionista, entre otras facetas, Manuel Guisande, toma una dura decisión
  • “He decidido exiliarme intelectualmente de España”. 

 

Supongo que me costará, que habrá momentos en los que tendré muchas ganas de ponerme ante el ordenador para denunciar situaciones que ocurren en este mi querido país llamado España y que está siendo saqueado y vapuleado por sinvergüenzas; pero ha llegado un momento que he decidido exiliarme intelectualmente. No puedo más.

Lo de este país es insoportable. Hemos llegado a la locura de aguantar a radicales nazis que matan a un ser humano por llevar unos tirantes con la bandera española; unos políticos ladrones a los que nadie les mete mano, como mucho un año o dos en prisión y a la calle, o a que todavía sigamos esperando el juicio de Urdangarin mientras este elemento vive de puta madre en Suiza con escoltas que pagamos todos.

Y así podría seguir la lista. Como el insultante dinero que ganan los bancos a los que todos los españoles rescatamos (nos deben 42.000 millones de euros) y aún encima tienen la desfachatez de cobrar comisiones por tener una tarjeta, o paraísos fiscales que son legales para que los ricos paguen menos impuestos en perjuicio de nuestro país.

La auténtica esclavitud en la que viven millones de españoles ganando menos de 800 euros al mes mientras otros multiplican por diez o veinte ese sueldo; a que hayamos llegado al extremo de que unos pasen frío en invierno y otros tenga cuatro o cinco casas con todas las comodidades, o a que los niños se mareen en los colegios porque no pueden comer tres veces al día y que estén rozando la desnutrición.

Hasta nos han quitado nuestra alegría, enfrentándonos unos con otros, para que nos odiemos y ellos vivan de ese odio, cuando siempre ha sido una felicidad recorrer este país porque en todos los sitios eras bienvenido.

Aquí ni dios se preocupa de lo esencial: Educación, vivienda, sanidad y trabajo.  Dicho de otra manera: una vida digna. Aquí, a estos impresentables de políticos que tenemos todo les da lo mismo; el asunto es pensar en «yo yo y yo» y lo de servir al ciudadano… como si te mueres. Y la única esperanza, las bases de esos partidos, los jóvenes que pueden cambiar este país, callados como putas por unas migajas.

Yo no sé si soy de una época pasada o futura; pero de esta, no. Aquí no se puede opinar porque hay auténticos bárbaros que ante lo que dices solo te responden con insultos y no hay contraste de pareces para avanzar entre todos y tener más cultura; aquí  los partidos políticos te encasillan por decir lo que piensas y te conviertes en enemigo; aquí la intelectualidad no dice nada porque vive de subvenciones, y la mayoría de mis colegas periodistas son voceros de partidos políticos, francotiradores de la palabra.

Me exilio hasta que esta pseudodemocracia cambie. Aquí nadie da valor a algo tan simple como salir a la calle. Ya me gustaría que todos estos crápulas pasaran quince días como estuve yo en Monterrey (México) prácticamente en cerrado en un apartamento porque cuando salías a pasear lo hacías con pánico. No sabemos lo que tenemos, lo que están destrozando.

Me exilio, escribiré artículos de humor de vez en cuando y sé que me va a costar no denunciar injusticias porque ante ellas me hierve la sangre, pero luchar contra molinos de vientos siempre fue un imposible. Disculpa que haya utilizado la palabra «intelectualmente» porque la realidad es que soy un simple ciudadano como tú. Nada más.