• Por Juan “El letrastero” desde su sección “Acuéstate y suda”
  • Magnífico repaso a las “apariencias” por parte de nuestro reciente colaborador 

 

Recuerdo que siendo un niño, en casa se solía citar frecuentemente una frase. Se trataba de una forma de calificar cierta conducta social, por decir algo. Con el paso del tiempo, entendí a la perfección qué significaba, puesto que para que una cosa se comprenda, no hay nada mejor que un ejemplo. En este caso concreto, los ejemplos abundan, y a día de hoy, afirmaría sin titubear, que incluso se han multiplicado.

 

La frase a la que me refiero es: “Viven para aparentar”.

 

¿Quiénes? Aquellas personas que quieren ser lo que no son. 

Pudiera ser, que ya desde bien pequeño, me inculcaran unos valores tan sencillos como nada pretenciosos… tal vez. Que la laxitud del aburrimiento, desembocase en emplear el tiempo profundizando sobre cualquier aspecto, por insignificante que fuese. Siempre con el fin de hallar en los pequeños detalles, destellos de sencillez suprema. Simplemente, valorar que los instantes y momentos colmados de felicidad, no tenían que ir ligados necesariamente a lo material.

Por ello y más, un servidor se siente orgulloso de esa humilde y natural forma de ver la vida. Esa esencia de aplomo e integridad que rezuman los satisfechos consigo mismo. Una conducta con la que mis progenitores me impregnaron cualquier espacio de la infancia, sin pretender nunca ser más que nadie.

Aprendí a valorar lo bueno y lo malo, de eso no cabe duda. Aunque tampoco quiero que nadie se imagine que actualmente soy un “japidelavida”, de los que pegan con adhesivo afrutado páginas sueltas en el techo de la habitación con frases de Paulo Coelho. Vamos… ni por asomo; soy más de vinagre de vino casero, con ese punto de acidez que te deja los labios blancos, que de la afable suavidad del de Módena.

 

Me gusta observar. Fijarme detenidamente o de soslayo en lo que sucede alrededor.

 

Estar captando continuamente comportamientos, conversaciones, posturas, etcétera… acerca de todo lo que acontece en el espacio que ocupo. De eso, puede que tenga mucha culpa lo que se define como: “la curiosidad silenciosa” (no cotilleo, que conste). Que es nada más y nada menos, que el mero acto de ver, oír y callar; sumándole la fase de proceso y análisis. No se trata de chafardear, recalco. Es el resultado de la mera acción de observar. Se le puede echar la culpa a los inhibidores latentes y a su mal funcionamiento, sí, pero ya desde una corta edad, sabía que no pasaban ángeles por mis silencios, sino alguna mosca, y sólo su vuelo, ya era motivo suficiente para fijar mi atención, arrojándome a los brazos de las hipnotizadoras musarañas del embobamiento.

Pues eso, a lo que iba antes de escaparme trazando la tangente por las ramas: que no salgo de mi asombro, cuando desde ese faro imaginario, desde el cual diviso a otras personas… caigo en la cuenta del vasto número de ellas que viven por y para aparentar.

 

Que exhiben su vida ficticia sin ningún tipo de complejo, y se enorgullecen sin atisbo de vergüenza.

 

Fotograma del videoclip La Mentira de Dani Martín
https://www.youtube.com/watch?v=Pq7nZ-waDYM

 

Algo va mal, o no va, cuando su estado o nivel social, va condicionado por el hecho de tener un coche de alta gama. Que a saber si lo podrán pagar o no. Pues subrayo, que no dejan de ser de nuestra clase: la trabajadora. Aunque crean estar un escalón por encima, o piso, valga su imperativa ignorancia, nada les salva de ese mundo paralelo. Y luego, es bastante obvio que todos nos vamos a ir cruzando por los rellanos hasta el portal, por lo que… ¿se engañarán ellos?

Mi subconsciente, cuando va embriagado de chupitos de cinismo, se refiere a este sector de población como: “los Sergios y las Pilares” ¡Cuánto daño hicieron los Beckham con su “perfect way of life”! Lo de la oveja Dolly era más… no sé… ¿científico?

Perdón. Se me ha escapado la risa. No le avisé ni a mi carcajada  que iba a escribir de estas personas. He pasado por alto el amarrar mi socarronería a la farola de la contención; bien sujeta, con cuerda de alpinista y doble nudo. Pero… a la ironía, a veces hay que dejarla que corra traviesa por el tartán de la sociedad. Que rompa marcas impuestas, saltándose las reglas en los cien metros vallas del postureo. Y que antes de pasar por meta, se detenga y pivote sobre su pie de apoyo, dando un giro inesperado. De tal manera, que no le quede otra respuesta educada y distanciada, que no sea la de comenzar otra vez la carrera, pero en dirección contraria, con ese espíritu contrapuesto que aprendió del remonte  de los salmones.

Se creen algo, no lo dudo. Se creen algo más… lo dudo menos si cabe. Incluso entre “ellos”, trazan escalas entre arriba y abajo, pero con la mixtura desordenada que acaba cortándose en la batidora mental.

Los observo, pues los veo. Me fijo en sus gestos. En la mimética actitud sobre la que descansan sus banalidades. Pero el momento clave, es cuando le dan vida a la “sinhueso”. Ahí no hay etiqueta, ni marca que les salve, pues entra en juego la vaciedad plena a modo de conversación.

Dejo descansar mi vista, en pro de agudizar el oído, y bueno… si de Guatemala a Guatepeor era ya un descenso de nivel, ahora todo adquiere un tinte muy grisáceo. Producto del toma y daca de frases, soltadas contra las paredes caracoleadas de cualquier oreja. ¿Por qué hablarán con un tono por encima de lo normal? Sinceramente… ¡No lo sé!

Y ya puestos a rizar el rizo; lo peor es corroborar que no están solos, sino que se aventuran a la procreación sin miedo ni piedad. Y de tales palos… saldrán sus descendientes astillados. Espero que no bateen al lenguaje como sus padres, pero guardo pocas esperanzas, lo confieso.

Huelga constatar, que cuando el binomio formado por la ordinariez abrazada a la fanfarronería, crean una alianza común, la cosa se empieza a complicar de manera preocupante. Saltan las alarmas. Se atraganta la sensatez. Devorando el plato combinado de la mala educación, con su altiva guarnición de desplantes, sobre una soberbia base hojaldrada del no saber estar por excelencia. Lo único que requieren sus molares para empezar a triturar, es sazonarlo todo con una sobredosis nada fina de tontería generalizada.

El hábito no hace al monje, y tampoco el burdo detalle de que sus tarjetas de crédito derrapen por todos los “Tepeuves” habidos y por haber. Porque pagar una ronda sin tener que rebuscar efectivo en los bolsillos, o en la cartera… es muy “cool”… eso dicen eh. Tanto, como lo son esos pánfilos razonamientos, que sueltan sin recapacitar. Obviando un paso previo por el filtro cerebral, que separe los sedimentos frívolos de los válidos. Así van: con la ligereza de la idiotez bordada con el logo de alguna marca o bandera, y sin razón de peso en la mochila. Pasando del chándal, o las mallas (leggins con el fucsia trazado) sin rubor palpable a simple vista (a simple eh). Del chaleco verde montería, a la “taconada padre” con vestido “culo prieto”, sacando de su timidez ósea a un cóccix definido, sin caer en la cuenta de lo que caen: el patetismo hecho estandarte de su propia ordinariez.

 

Por lo tanto: cada uno, es cada uno, y cada uno… uno es (que cantaba Evaristo).

 

Pero seguiré aferrándome a ese elogio a la sencillez y la humildad de por vida. Porque ya lo dijo el escritor ruso León Tolstói: “No hay grandeza donde no haya sencillez, bondad y verdad”.

Así que, a esa clase emergente, que ejemplifica el hecho de vivir para aparentar… démosle hoy su disparatada estupidez. Más libremos a nuestra personalidad de su falso rol…

¡Te alabamos Tolstói!

 

  • Por Juan “El letrastero”