Los que tenemos pueblo

Decía mi admirado Roberto Bolaño en su Manifiesto Infrarrealista que: “El proletariado no tiene fiesta, sólo funerales con ritmo”, y ciertamente no le faltaba razón. Pero además de eso, creo que también tiene, o mejor dicho, tenemos: pueblo. Y eso es algo de lo que todo el mundo debería sentirse orgulloso. Por cierto, que ese orgullo no se entienda con la altivez y soberbia que gastan algunos cuando regresan a la tierra de sus orígenes. Pero eso da para otra entrega de “Acuéstate y suda”.

 

Recuerdo que mi madre me solía recalcar que era un afortunado, ya que a los barceloneses de nacimiento, se nos repetía a menudo eso de que habíamos nacido en el mundo. Por lo de tener puerto, siempre creí. Y si a tal aspecto, le sumabas que en una aldea de la Galicia interior tenías una casiña a la que ir de vacaciones, pues el recopetín oiga. Porque te sentías uno más en la “Prole position” de los que no tenían durante el año apartamento en la playa o la montaña, al que acudir cada fin de semana. Pero ¡ojo! Teníamos pueblo. A más de mil kilómetros, pero era nuestro pueblo.

Porque te sentías uno más en la “Prole position” de los que no tenían durante el año apartamento en la playa o la montaña, al que acudir cada fin de semana

 

En el grupo de chavalería de mi calle, todo el mundo contaba con un pueblo al que acudir en verano. Galicia, Castilla León, Andalucía, Aragón, Extremadura, y hasta Ceuta. Aquello era el mestizaje de por sí, fruto de la migración. Si nos llega a ver Manu Chao… nos monta una banda: “Charnegos Sound System”, fijo. Pero a lo que iba; en cuanto asomaba por la esquina la sombra del mes de agosto… allí, en esa avenida, no quedaba ni Perry. En mi caso, llegaron a ser dos meses en el pueblo durante unos años. Con el abuelo. Y recuerdo aquellos años como un manantial rebosante de felicidad. De BH arriba, BH abajo. De gastar cajas de parches reparando pinchazos. De partidos en un lameiro que tenía las dimensiones de juego de un Wembley elevado al cuadrado. De un grupo de amistades que llegó a sobrepasar las dos docenas de caras sonrientes y rodillas mercrominadas. Dejábamos a la pandilla del “Valle secreto” y a la de “Verano azul” en una mera comparsilla.

Los que tenemos pueblo, hemos visto como el número de vecinos en la actualidad apenas llega a veinte. Cuando antes… uf, no sé, pero mi pueblo llegó a tener dos tiendas-cantinas. Sí, en A Pena Folenche. Y eso es señal de que cada casa tenía vida… y las gargantas sed.

En esa Barcelona de barrios, preolímpica, sin tanto turismo, y en la que todo cerraba en agosto, y la única diversión que te quedaba era que te llevasen a ver la fuente de Montjuic

 

Sin embargo, hubo un verano en el que servidor no pudo ir al pueblo. A mi abuelo le vino a visitar la parca un 31 de julio, y ya se saben esas cosas del luto y demás. Entonces, ese mes de agosto, con doce años, me tocó asfalto y urbe. Y nada tiene que ver la Barcelona de ahora con la de antes. En esa Barcelona de barrios, preolímpica, sin tanto turismo, y en la que todo cerraba en agosto, y la única diversión que te quedaba era que te llevasen a ver la fuente de Montjuic: unos chorrazos de agua que subían y bajaban al compás de la quinta sinfonía de Beethoven… En esa ciudad, mi ciudad, iba a pasar los treinta días más aburridos de mi vida. Ese estío fue clave en mi existencia. Aprendí el valor de tener pueblo, y sentirlo tuyo. Y visto que yo, que era más callejero que los semáforos, y en aquellas postrimerías de la década de los ochenta, no disponía ni de un triste video juego o cosa similar… Pues eso, que llegado a esa encrucijada, cual Robert Johnson en su cruce de caminos, le entregué mi alma al Rock. Gasté cabezales con AC/DC, Deep Purple y Def Leppard. Estos últimos no me gustaban. Me compré su disco porque figuraba como el más votado en una revista de Rock que tenía más que releída. Pero con la venía que me otorga mi tozudez baturra por parte materna, y el signo del zodiaco (Tauro); aquellas mil doscientas setenta y cinco pesetas que me gasté, y que estaban reservadas durante un año para “autos-locos/futbolines/Coca colas” en las fiestas de Trives, tenían que dar su resultado. Y cierto es, que el “Hysteria”, a base de insistir por entonces, es uno de mis discos a día de hoy de cabecera.

Aquellas mil doscientas setenta y cinco pesetas que me gasté, y que estaban reservadas durante un año para “autos-locos/futbolines/Coca colas” en las fiestas de Trives

 

Al llegar el 31 de agosto de ese año, y antes de acostarme, en un acto cargado de simbolismo personal; me juré a lo Scarlett O´Hara, que siempre que pudiese, aunque fuesen cuatro días, agotaría mi tiempo de asueto vacacional en el pueblo. Y años más tarde, me he visto en muchas conversaciones de esas de: “Este año nos vamos a Indonesia”. “Ah, pues nosotros a Nueva York”. “Yo estuve, pero prefiero Los Ángeles”. “¿Y tú?” “¿Yo?… al pueblo”. Solía responder con esa media sonrisa socarrona del que sabe bien la dirección a la que debe dirigirse. La misma sonrisa con la que de niño miraba de reojo el “Puente del diablo” en Martorell, al ver que éste no salía a mi encuentro, ni me robaba el alma, tal y como se recordaba en la leyenda. Pero esa épica viajera rumbo a Galicia, la rompía mi padre mientras se encendía un Ducados al volante de aquel R-5, ya que según él, lo que sí era un robo en Martorell era el peaje. Y qué razón tenía.

Así que, aunque haya que pasar el mal trago que significa a la vuelta de vacaciones, comerse ese ahora blando trozo de empanada, que encargamos el día anterior en Trives; en el merendero de cualquier área de descanso de la meseta… vale la pena seguir acudiendo al pueblo, a tu pueblo. Porque los que lo tenemos, sabemos de esa suerte. Aunque no te libres de ver como se aleja una vez al año por el retrovisor, vale la pena, sí.

Vale la pena seguir acudiendo al pueblo, a tu pueblo

 

Porque siempre, algo de ti, se quedará allí: en el pueblo… tu pueblo.