• Por Santiago Molina

A primeros de marzo el Presidente Sánchez firmó el Real Decreto de Disolución de las Cortes convocando elecciones para el 28 de abril. Desde ese mismo día (si no antes) comenzó lo que vino a denominarse “la pre-campaña electoral” que resultó ser una campaña electoral avant la date en toda regla. Después, cuando comenzó la campaña (la de verdad) ya nos habíamos dado cuenta de que nombrar los problemas no equivale a proponer soluciones, y de que en Democracia (cuando lo es) las soluciones se construyen; no se imponen.

Así nos hemos encontrado con unos pitonisos que nos decían lo que creían que queríamos oír y que, a la vista de los resultados y sus causas, obviamente no acertaron. Unos relataban los problemas y otros relataban emociones y entre relatos de problemas y de emociones, el resultado ha sido que se ha optado por la protección.

Más tarde, si es que siguen en las mismas y cuando comience el segundo asalto y vuelva la burra al trigo, nos dirán aquello de “no hemos sabido explicarlo”. Pero lo triste es que sí; que lo han explicado y que lo hemos entendido sin lugar a dudas.

Se ha hablado de corrupción, pero no se nos ha garantizado que la corrupción, carcoma que desintegra todo Estado de Derecho que se precie, vaya a ser erradicada. El problema de la corrupción no es solo un problema económico (que lo es) sino que ante todo es síntoma fehaciente de una Crisis Política y de una Crisis de Estado. Como pueblo necesitamos diseñar vacunas eficaces para que no nos ataque, ahora que también se nos habla de “cordones sanitarios”.

Hay una Crisis Social (que tiene que ver con el empleo y con la economía doméstica) y aunque se han mencionado (como para intentar esquivarlos) los problemas de empleo (tanto el de su falta como el de su precariedad) no se han abordado desde la perspectiva de las soluciones. El empleo en los términos en los que lo hemos venido entendiendo está desapareciendo y vemos cada día a trabajadores sin derechos (así declarados mediante sentencia) que ahí siguen, recorriendo nuestras calles en bicicleta cargados de avituallamientos cuales sherpas del consumo a domicilio. Esperemos que no se refieran a esto cuando nos hablan de “nuevo modelo productivo”.

No nos han contado qué piensan hacer en las zonas rurales con Servicios Públicos como la sanidad o la educación; si tienen previsto recuperarlos o si van a seguir vendiéndolos. Servicios Públicos (no nos olvidemos) que no son suyos, son nuestros, y cuyo coste y mantenimiento se soportaría sin problema a través de los impuestos, si cada uno pagara lo que le corresponde. Cuando nos hablan de cambios en el modelo económico tampoco nos han dicho si tienen previsto hacer un reparto justo de la riqueza, en el caso en el que se refieran a un modelo que tenga en cuenta como objetivo prioritario el bienestar de las personas.

No se ha tratado la desigualdad; no ya la que existe entre hombres y mujeres (que ya se están ocupando ellas de dejar claro que no van a seguir permitiendo la continuidad del estado actual de cosas, y que el papel secundario que se les ha asignado se acabó) sino también esas otra discriminaciones por razones sexuales, raciales o culturales que hay que contrarrestar con valores como la libertad, la igualdad y la fraternidad y en sentido amplio, lo que en términos de sociología política se ha venido entendiendo como “valores republicanos”.

No nos han explicado cómo pretenden acabar con la violencia contra las mujeres (inadmisible e intolerable) ni se les ha oído denunciar a esa justicia injusta que cuestiona a las víctimas.

Hay una Crisis Territorial que va más allá de los independentistas catalanes. En otras comunidades (Castilla y León, Extremadura, Castilla La Mancha…) tendremos que ponernos serios a ver qué podemos hacer. No ha habido ni una referencia a las medidas que piensan tomar para acabar con la España vaciada, ni si tienen algo previsto (una estrategia política innovadora, valiente y factible) para atraer a los jóvenes. En otro orden de cosas, tampoco se nos han asegurado soluciones habitacionales para todos.

No nos han dicho que la Cuestión Medioambiental ha llegado al punto de “irreversible” y que tenemos que afrontarlo ni que ya no podemos seguir envenenando al planeta ni extrayendo sus recursos como si fueran inagotables. Tampoco que “las bondades del crecimiento” (del PIB, el demográfico…) que formaban parte del A, B, C de cualquier propuesta político económica que pretendiera labrarse buena prensa, se está volviendo en nuestra contra y que el crecimiento ya no es lo que era. Que hay que cambiar no solo de modelo productivo sino también afrontar la movilidad, aunque nos cueste asumirlo. No nos han contado qué medidas piensan tomar para que, si la despoblación es un problema, nuestros jóvenes puedan tener hijos, ni si se está dispuesto a diseñar y poner en práctica un modelo social en el que quepamos todas y todos, y del que nos sintamos satisfechas y satisfechos.

Y así podríamos seguir; nombrando algunos problemas a los que urge aplicar soluciones si queremos tener futuro en nuestro entorno y exhibir con orgullo que, como pueblo, somos capaces de avanzar, en el siglo XXI, hacia un modelo de país, de Estado, de sociedad y de sistema al servicio de la mayoría. Y la solución a estos problemas tiene un principio básico: no se puede gobernar para todos porque gobernar para todos implica tener que “rebajar” el nivel de exigencia de las medidas a favor de la mayoría, para evitar que se altere quienes tienen la pasta. En la búsqueda del equilibrio siempre gana el que menos tiene que perder, y cuando la política emula al Rey Salomón, termina siempre por partir el bebé en dos.

Tenemos una España tangible que necesita respuestas urgentes en el plano social y en la defensa de las libertades, y otra España emocional llena de símbolos que siendo de todos algunos manejan a su antojo sin que sus propuestas merezcan, ni siquiera por casualidad, la categoría de soluciones.

 

  • Artículo elaborado por Santiago Molina Jiménez

Santiago Molina Jiménez