• Hubo hacinamiento en los vagones, temperaturas extremas en su interior y la falta de sincronización con los horarios de la prueba de piragüismo

El tren fluvial no fue este año la mejor opción para hacer un seguimiento del 52 Descenso Internacional del Sil.  Todo comenzó bien, con el reparto de pañoletas a los viajeros, estampadas con los motivos del cartel de la vuelta. Buen humor, ilusión, entusiasmo entre los viajeros y muchas sonrisas que ya no fueron tan amplias a la vuelta.

El pañuelo del Descenso

 

El tren partió hacia Sobradelo (Carballeda de Valdeorras) a la hora prevista, las 17,30 horas. La falta de previsión y control en el número de viajeros se tradujo en personas hacinadas en los vagones. Niños, niñas, personas mayores…  hicieron los trayectos de ida y vuelta de pie. No había plazas de asiento para todos y todas, algo que se hubiese solucionado incorporando algún vagón más.

La salida en Sobradelo

 

Este inconveniente dificultó incluso el trabajo de animación de la charanga contratada para el recorrido , Pándega, que tuvo que moverse (a la ida y la vuelta) por los vagones sorteando los “empujones” naturales de la falta de espacio.

Pándega en un vagón hacinado

 

A la llegada a Sobradelo,  los viajeros pudieron asistir al pistoletazo de salida de las piraguas, en el río Sil. Pero poco más, porque la vuelta en tren hacia O Barco, a las 18,30 horas, se topó con un retraso motivado por un “cambio de agujas”, la espera en la vía para que pasase un tren procedente de Ourense. 

La única estampa que brindó el tren fluvial a través de la ventanilla

Los viajeros, muchos en pie, aguardaron con paciencia, pero lo que no imaginaban es que tuviesen que soportar temperaturas extremas en el interior de los vagones, muy superiores a las que ya de por sí dominaban en el exterior. Parte de los pasajeros sospechan que, incluso, se puso la calefacción por error.

“Cocidos”, en “lata de sardinas” y con la imposibilidad de ver el Descenso, ni a través de las ventanillas del tren, ni al llegar al destino, O Barco, pues el tren fluvial estacionó pasadas las 19,00 horas y ya había concluido casi el Descenso. No hubo tampoco, por tanto, sincronización con los horarios de la prueba.

Los momentos mágicos de ir sobre raíles haciendo un seguimiento a la prueba más importante de piragüismo sobre el río Sil se esfumaron. Ni bellas estampas a través de las ventanas (que además hubieran sido imposibles además por el exceso de “aforo”), ni paradas (sólo hubo una) para observar a través del cristal el Descenso. Lo que sí se produjo fue sudor y más sudor,  jaquecas, algún amago de golpes de calor en los vagones y el alivio de llegar al fin del viaje en O Barco, punto en el que los viajeros recibieron un soplo de aire fresco (pese a ser la temperatura ambiente de unos 30 grados) al posar el pie en la estación barquense.

Un vagón

 

Del “romanticismo” de aquel tren fluvial de antaño que deparaba hermosas vistas, estampas para inmortalizar en la retina y la visualización del Descenso desde otro prisma ya no queda nada. Si cabe, el tren fluvial fue pasar un mal rato. Todo ello invita a una reflexión a la hora de programar el tren fluvial de ediciones posteriores.