Durante el siglo XX el mundo cambió más rápido y de manera más brusca que nunca. Cambios sociales, demográficos y culturales dieron forma a una nueva organización del trabajo (el trabajo fabril – y también febril-) lanzando al mundo un nuevo tipo de trabajador (el obrero industrial) y consolidando un modelo económico-social que por no meternos en mucho berenjenal denominamos bajo el nombre genérico de “capitalismo”.

En este contexto y aunque destinada en origen a “capear” las fases regresivas de los ciclos económicos, hacia los años ‘70 aparece conceptualmente la Sociedad Laboral (anticipo y definición del modelo de empresa del siglo XXI) llamada a convertirse en la fórmula de emprendimiento de vanguardia y, a la vista de que casi el 99% de las 23 millones de empresas de la Unión Europea son Pymes que emplean a las dos terceras partes de la mano de obra, en el mejor invento del siglo XX.

Forma parte de nuestra historia que la Sociedad Laboral (si no de manera espontánea sí “desregularizada”) surge a finales de los 70 con la misión de “coordinar” el relevo en la toma de decisiones en las empresas en crisis (al convertirse los trabajadores de la antigua empresa en socios trabajadores de la nueva) aprovechando la experiencia de quienes habían desarrollado sus funciones como trabajadores por cuenta ajena para sumarlo al compromiso implícito en el hecho mismo del emprendimiento, revelándose la peculiaridad de su comportamiento anti cíclico al ser la característica fundamental de la Sociedad Laboral que sea precisamente durante los periodos de crisis económica cuando más Sociedades Laborales se constituyen.

A día de hoy, tras la primera regulación del modelo (1986) y la actual Ley de Sociedades Laborales y Empresas Participadas (2015) la filosofía va más allá del “relevo en la toma de decisiones” y en tanto que legalmente puede tratarse de una decisión adoptada “ex novo” y no necesariamente vinculada con una situación de cierre anterior, sustituyéndolo por el “desplazamiento del centro de toma de decisiones” del capital al trabajador que, aunque reúna esa doble condición de trabajador y socio y se mantenga (como en todo proyecto de emprendimiento) el aprovechamiento tanto de su experiencia previa como de su formación e inquietudes junto con sus ganas, no se va a regir exclusivamente por la regla del beneficio sino que va a tener en consideración la concurrencia de otras variables como el esfuerzo, la vinculación con el territorio, el compromiso con los trabajadores y el arraigo personal.

Participar es formar parte, formando parte se construye la principal herramienta para abordar los problemas comunes (ya sean empresariales ya de otro calado -despoblación, sanidad, educación, nuevos empleos, desigualdad…-) y si la falta de solución a muchos de estos problemas tiene que ver con la falta de participación, hemos podido comprobar que participando se pueden, si no resolver inmediatamente sí debatirlos como paso previo a la construcción de alternativas.

Desde la perspectiva de los valores éticos aplicados a la economía, la Sociedad Laboral se asienta sobre la confianza, la cooperación, la solidaridad y la voluntad de compartir, es decir: sobre los mismos valores que garantizan el éxito en las relaciones personales y que pueden sin duda significar una ventaja competitiva para las empresas, en tanto que “democratizarlas” implica un “compromiso social” en la línea de esas variables que entran en juego y a las que hacíamos referencia.

 

Como en los demás modelos mercantiles en las Sociedades Laborales también se participa a través de la aportación al capital social pero además (y es el matiz vanguardista de este modelo empresarial) mediante la “dimensión humana” del trabajo, materializada a través de la participación en la toma de decisiones.

Y aunque cuando hablamos de Sociedades Laborales también nos estamos refiriendo a eso tan promocionado por un lado pero tan controvertido por otro que denominamos “emprendimiento”, en ningún caso nos referimos al emprendimiento que se fomenta desde una concepción neoliberal de la economía sino a su antimateria (que según la perspectiva que apliquemos podría ser o bien su antídoto o su criptonita) puesto que la Sociedad Laboral fomenta el emprendimiento colectivo en un contexto que recupera la economía para ponerla al servicio de las personas dando primacía por tanto al capital humano mediante la participación en la empresa porque “emprendimiento” y “empresa” en el siglo XXI sólo pueden entenderse como proyectos compartidos y no restringidos a quienes aporten capital social, sino extensibles a los grupos de interés y a su vinculación con el entorno.

Después de lo acontecido durante la última década y con el blanqueamiento de las crisis al otorgarles naturaleza de “oportunidad” (tan neocon todo) “recuperar la economía” no pude consistir solamente en recuperar y cuantificar los beneficios. Recuperar la economía es democratizarla.

 

  • Artículo elaborado por Santiago Molina Jiménez

Santiago Molina Jiménez